miércoles, 30 de marzo de 2022

A la finca llegó un muchacho - parte 3

 


Capítulo 3

El corredor de la casa se veía muy diferente desde que había empezado a sembrar el jardín. Carmen sabía lo que hacía y él se dejaba guiar. Amarraba materas en donde ella le indicaba. Cortaba cabuya o alambre, dependiendo del tamaño de la matera que tuviera que asegurar de la chambrana. Cuando por fin Carmen dijo que ya no hacían falta más matas, Simón descansó. Antes de empezar subestimó la tarea, luego se dio cuenta que no era fácil. Le costó sudor y uno que otro rasguño lidiar con el alambre y las materas improvisadas con ollas vieja. Al final valió la pena, la casa se veía colorida y lucía menos abandonada que antes.

Además de las matas y sus flores los arreglos en el piso y las paredes eran notorios, principalmente porque ni Simón ni Alcides eran carpinteros y aunque los trabajos si se habían hecho eran más funcionales que estéticos. De lo hecho por ambos lo que peor lucía eran las bancas que armaron con la madera que les sobró y que dejaron ubicadas en el corredor.

Hasta pena da verlas, dijo Alcides cuando las terminaron, pero bueno, por lo menos para sentarse sirven. Simón le dijo que luego las pulían y sonó bien cuando lo dijo, aunque nunca lo hizo y ahí estaba sentado el muchacho en esa banca choneta desgranando frijol.

Esa era la segunda cosecha que desgranaba sentado en esas mismas bancas. La primera intentó venderla en los graneros del pueblo y como le había dicho Alcides desde un principio, no era fácil comercializar algo que no fuera café. No importaba la calidad del frijol, los graneros seguían ofreciendo poco. Ellos quieren que usted se los regale, decía Alcides y como era cierto Simón prefirió comprar un par de canecas de plástico para almacenar el frijol en su casa hasta que se lo terminaran de comer.

Por eso esa segunda cosecha la estaba desgranando toda para enviársela a Mario. Él verá si se la come, si la vende en la tienda, si la ofrece en la galería, él que haga lo que quiera con esto, dijo Simón. Iba a aprovechar que uno de los amigos de Mario estaba de paseo en La Soledad para mandar los bultos con él.

Además de aprovechar que el café estaba pequeño para sembrar el frijol Simón también sembró maíz. Tiene que lograr ahora porque cuando ya el café este grande no queda tanto espacio para sembrar, le recomendó Alcides. Todo el maíz lo cogieron niñito y comieron arepas y tortas de chócolo durante semanas. Desgranar el chócolo no era tan fácil, tocaba usar cuchillo y ayudarle a Carmen a moler para que no le tocara todo a ella sola.

Esa mañana mientras Simón vaciaba vaina tras vaina, Alcides cargaba leña y Carmen pelaba una gallina en el lavadero.

-Por qué una gallina, es que viene visita, preguntó Alcides.

-Cuál visita, no señor, esta es para nosotros para celebrar el aniversario.

-Aniversario de qué.

-Cómo qué de qué, mire a ver si se pone pilas. Aniversario de casados, mijo, de qué más.

-Aniversario de matrimonio, vea pues, pa más usted que se acuerda de esas cosas todavía.

-Hasta Carmen, me deseo feliz aniversario hace rato que hablamos, imagínese, hasta ella se acuerda.

-Bueno, menos mal traje harta leña pa que le meta candela sin miedo a esa gallina, que no vaya a quedar dura.

Más tarde mientras almorzaban los tres Simón quiso saber cómo era que sus vecinos se habían conocido y como resultaron en matrimonio.

-Venga le cuento yo, porque si le cuenta Alcides le sale con que ni se acuerda. Cómo le comenté antes, en la casa mía, siempre se pensó que las hermanas mías y yo estábamos para ser buenas esposas, portarnos bien y saber hacer oficio, pero, aunque pensaban eso igual todas nos graduamos el colegio. Nos decían mucho que estudiar era importante porque así íbamos a saber escoger marido. Un buen marido decía la mamá mía, un buen marido según ella era un hombre que no fuera jornalero. Para que vea usted y ni dándome estudio consiguieron que yo eligiera un marido al gusto de ellos, porque vea terminé con Alcides, uno de los tantos jornaleros de la finca de papá.

Las hermanas mías y yo comíamos adentro, nunca nos dijeron por qué, aunque todas sabíamos que era dizque para cuidarnos. Mamá era rara, quería que todas consiguiéramos marido y tuviéramos hijos, pero nos escondían de los poquitos hombres con los que nos podíamos terminar casando. Es como si ella y papá creyeran que nosotras, sus hijas, éramos mejores que el resto de la gente de por acá, una bobada.  Mamá estaba convencida de que hasta la finca iban a llegar doctores o ingenieros que se iban a enamorar de nosotras y nos iba a llevar a vivir a la ciudad.

-Es que esa debe ser la ilusión de todos los papás y las mamás, que a los hijos les vaya bien. Que no sufran, seguro por eso su mamá creía que con un doctor o un ingeniero iba a estar mejor.

-Puros cuentos, Simón, mijo, eso son puras telenovelas. El hombre rico que salva a la muchacha pobre, meras mentiras. Igual sí, mamá creía que eso funcionaba.

-Yo no me acuerdo mucho de la mamá de ella en esa época, casi ni la veía. Con el papá era distinto porque con él si trabajamos en cafetal y todo. Un tipo verraco. Hablaba mucho de sus hijas, estaba orgulloso de ellas. Por él, les hubiera dado universidad a todas, voluntad tenía, plata no. Era buen tipo. De ese tiempo también me acuerdo que Carmen me miraba y me sonreía con picardía. Me gustaba ella, aunque en esa casa uno no sabía a quién mirar, Simón, hermano, todas esas muchachas bonitas yendo y viniendo por esos corredores pelando porque la una había agarrado la peineta de la otra o porque las otras le habían embolatado el lapicero

-Dizque le gustaba, pero los fines de semana cuando yo subía al pueblo con las hermanas mías, por allá lo veía con una vieja diferente cada vez, un mujeriego desesperado, dijo Carmen en son de reproche.

-Pues es que uno no se puede quedar ahí montado en la sonrisa de una muchacha bonita y pensar que con eso ya tiene algo con ella, por ahí nos mirábamos, muy linda ella, pero ni siquiera habíamos hablado ni nada. Me gustaba Carmen, claro que sí y también me gustaba las muchachas del pueblo y con ellas si hablaba. O usted qué dice, Simón.

-Pues si no habían hablado ni nada, usted hasta tiene la razón, no se lo vaya a tomar a mal doña Carmen.

-Entre los hombres se dan la razón, eso es normal, dijo Carmen sonriendo, mejor le sigo contando. Alcides siguió trabajando con papá y pues ahí seguimos viéndonos de lejos y de a poco empezamos por lo menos a saludarnos. Por esa época también iba a la casa un agrónomo que se inventaba lo que fuera para justificar sus visitas que tenían más que ver conmigo que con las recomendaciones técnicas del comité de cafeteros. Mi mamá andaba feliz, atendía a ese muchacho como si fuera el sacerdote. Un ingeniero agrónomo, eso sí es lo que se llama un buen partido decía mi mamá. Usted no se imagina el problema cuando le dije que a mí no me gustaba ese así fuera estudiado que a mí el que me gustaba era Alcides. 

-Pero usted le dijo eso a su mama, doña Carmen sin haber hablado todavía con don Alcides, preguntó Simón.

-No, él y yo ya habíamos hablado, varias veces, no mucho, porque casi que tocaba a escondidas, pero claro, ya sabíamos una que otra cosa el uno del otro.

-Y quién dio el primer paso, preguntó Simón.

-Pues quién iba a ser, yo, me tocó a mí.

-Con esas muchachas tan bonitas y uno todo mugroso y sudado, con el papá al lado, no había posibilidad de que yo me arriesgara, otros sí, otros se tiraban el aventón, pero el domingo los veía uno buscando trabajo en otra finca porque los sacaban ventiados de allá.

-Puras excusas, le daba pena, pero a mí no me dio pena. Le hablé un día por la tarde, antes de comer, lo tenían empacando y café y yo fui y le pregunté por el nombre de una canción que él cantaba, yo sabía cómo se llamaba la canción, pero igual era una buena excusa. Yo me había dado cuenta de que le gustaba cantar, en el cafetal mientras trabaja, cantaba vallenatos y cantaba lo más de lindo, me gustaba oírlo. Así fue como empezamos a hablar. Esa misma semana hasta un casete me trajo, meros vallenatos.

 -Oiga, don Alcides, pero usted ya no canta vallenatos, yo no lo he oído, dijo Simón.

-Eso era cosas de palao, a uno viejo ya se le olvida todo, pero en esa época si me sabía muchos vallenatos, estaban de moda y sonaban en todas las emisoras, la gente del tiempo de nosotros oyó baladas y vallenatos al mecho. Ahora no, ahora es mero dizque reguetón, aunque bueno también música de cantina porque esa no pasa de moda, pero ya ni ponen la música vieja sino puras canciones de esos cantantes nuevos que no tienen canciones tan buenas como las de antes, puras recochas, dijo Alcides.

-A mí es la verdad que el vallenato no me gusta.

-Lo que le digo, los jóvenes escuchan pura música maluca.

-Ojalá la discusión hubiera sido por música, eso se soluciona fácil, porque a la hora de la verdad cada cual oye lo que le gusta. Lo difícil no fue eso, fue mamá. Ella se puso muy brava y no solo se enojó conmigo sino también con las hermanas mías, dizque porque ellas sabían que yo hablaba con ese arrancando y ella sabían y me hacían cuarto. Era verdad, pero igual, pobrecitas ellas aguantados regaños por nada.

-No, mijo y el problema no fue solo para ella, para mí también. Eso no fue sino que ella le dijera a la mamá que yo le gustaba y ahí mismo me sacaron de allá. Al otro día me dijo el papá que no volviera, me pagó los dos días de trabajo y listo. Fue muy amable. Yo no tenía ni idea de porque me estaba sacando. Yo con usted no tengo ningún problema, usted es berraco, pero eso sí, la mujer mía no lo quiere ver, pero no se aburra hermano, no se aburra que lo que es pa uno es pa uno, me dijo el papá de ella.

-Así fue, y pasaron muchas más cosas, pero no se lo voy a alargar porque que pereza empezar a parecernos a una telenovela. Lo que sí es que nos seguimos viendo, aunque a mí mamá no le gustara. Yo seguía tragada de él y así hubiera más hombres por ahí yo quería era estar con él. Luego nos pusimos serios porque así tenía que ser, nos fuimos a vivir juntos, aunque mamá hiciera un escándalo y a Alcides le tocó aprender a comportarse como un señor comprometido y le tocó tomar menos y olvidarse de las viejas con las que se la pasaba, luego nos casamos, cuando yo sentí que sí, que si podíamos hacer una vida juntos y de eso hace hoy 20 años.

-Ni parece que hubiera pasado tanto tiempo. Aunque ella exagera, no fue mucho el cambio para mí, tampoco es pues que yo viviera de borrachera en borrachera. Cuando empezamos a vivir juntos nos fuimos a administrar una finca. La mamá de ella estaba furiosa, que darle estudio a una hija para que terminara por ahí de agregada, decía. Se demoró un montón de tiempo en ir a visitarnos y todo. Tocó comer mierda en esa finca, quedaba en la puta mierda, igual tiramos aguante y de allá salimos con unos pesos que nos sirvieron para comprar acá, dar la primera parte por lo menos. Si ve, mijo, 20 años de casados, trabajando y jalando pa delante juntos. Hace falta tener con quien. Usted en cambio sigue ahí de cusumbo solo, sin hacer el intento, dejando las cosas a medias. A la muchacha del almacén allá en el pueblo no le volvió a salir, yo no sé esa mujer que le hizo, no hace sino preguntar por usted cada que me ve. A la hija de doña Gladis nada que la invitó a algo. Muy dormido.

-Es que no hay afán, don Alcides, no hay afán. Algo tiene que resultar, no dice pues usted que su suegro le dijo que lo que es pa uno es pa uno. Si hay algo para mí, por ahí tendrá que aparecer.

-Ah bueno, eso sí es verdad, dijo Carmen, aunque quién sabe cuánto tiempo haga falta.

-Y hablando de tiempo, lo malo del aniversario es que sea cada año no más, dijo Simón, porque este sancocho está muy rico.

-Resultó gallinero también el berraco, dijo Alcides, esta gente de ciudad, si quisiera es comer gallina a toda hora.

-Pues si le gusta debería tener unas gallinitas usted también, dijo Carmen divertida por el comentario de Alcides.

-Oiga sí, sí mija sí, tiene razón, Simón debería hacer un gallinero allá en el patio, un cajón, o algo así con esos orillos que tiene, pa que se engorde unos pollitos gigantes y unas gallinas también, ahí tiene para que comamos y para que venda, así gasta ese maíz que va a coger, porque yo ya no quiero volver a comer arepa de chócolo todos los días. La cosecha pasada nos la comimos toda nosotros y no dejamos secar ni un grano.

-Un gallinero con cuáles orillos, preguntó Simón.

-Cómo que cuáles orillos, pues esos que tiene allá en el patio tapados con unos plásticos. Eso hay que gastarlo antes de que se dañe.

-Yo creí que eso ya era leña, que eso ya no se construía nada.

-Pues trabajar con tablas es mejor, pero viendo que ya están esos orillos ahí, pues se pueden usar, con eso hacen de todo, hasta muebles y cabañas ve uno hechas con eso en Pensilvania.

-A mí no me suena como mucho la idea de ponerme a tener animales, pero si usted me ayuda a hacer el gallinero hasta me animó, dijo Simón.

-Bendito, mijo, yo no le ayudo otra vez, de pronto le indico como tiene que comenzar y no más, como me fue de mal ayudándole a arreglar esas goteras. Usted es muy ordinario para trabajar, si esa vez hubiera amarrado bien esas guaduas yo no me hubiera enredado y caído así, de puro de buenas fue que no me jodí.

Esa caída a la que hacía referencia Alcides le dejó un dedo descompuesto y un día sin meterse al cafetal.

-Qué le pasó, gritó Carmen cuando sintió el estruendo y salió apresurada de la cocina para ojear la casa de su vecino.

-Me enredé y me golpie, dijo Alcides disimulando el dolor para restarle importancia al incidente, como si la rabia por el golpe no le hubiera obligado a gritar hijueputa con tanto enojo.

-Muestre a ver, dijo Carmen.

Alcides le mostró el dedo que se ponía morado y empezaba a hincharse

-Cómo fue que se pegó pues, se dio con el martillo.

-Nada, no le digo pues que me enredé, este marica dejó flojas esas guaduas, dijo Alcides, señalando a Simón que había dejado lo que estaba haciendo para mirarle el dedo a su vecino.

Llegadas las ocho de la noche el dedo de Alcides parecía un trozo de morcilla y Carmen le hacía pañitos con agua de caléndula para que le bajara la hinchazón.

-Eso seguro está descompuesto, si fue así como usted dice que puso la mano para no caerse y que el dedo se le volteó de para atrás, eso debe ser que se descompuso. Ahora a buscar quién lo sobe.

Simón escuchaba a su vecina, pero no entendía muy bien de que hablaba, descocía el término que utilizaba. Según ella Alcides no tenía ni una fractura, ni un desgarre, ni un esguince sino una descompostura.

-Cómo así que descompuesto, entonces es grave, doña Carmen, voy y pido el caballo prestado para que llevemos a don Alcides al hospital, preguntó Simón.

-No, mijo, cuál hospital, los médicos no saben de descompostura, ellos hasta lo regañan a uno porque visita a los sobanderos, dizque porque es peor, dicen ellos, pero puro cuento, si uno está descompuesto con una sobada tiene.

-Y entonces dónde consigue uno un sobandero, preguntó Simón.

-Sobanderos mijo, eso es lo que hay, vaya usted a La Soledad y pregunte por un sobandero y verá que todos le recomiendan a uno distinto porque a todos les sirvió más uno que él otro, vaya donde don Pacho, no mejor donde don Pompilio, no mejor donde don Lisandro, no mejor donde don Querubín y así todos tiene un hombre distinto, dijo Alcides, todos tienen un sobandero de confianza.

-Bueno, pero entre eso tantos cuál lo va a sobar a usted don Alcides, es que mire como tiene ese dedo, está hinchada la mano completa.

-Donde cualquiera, mijo, yo voy donde cualquiera, ahí en la soledad hay uno, él ya me a sobado a mi varias veces, don Eliberto, ese señor es un berraco para eso. Él me arregla espere y verá, tranquilo mijo que esto no es nada grave, dijo Alcides, yo sé que usted se preocupa porque si hubiera amarrado bien las guaduas de ese parapeto no estaríamos en estas, pero no importa, tranquilo que  el sobandero sabe.

-Deje de decirle eso, mijo, no sea así, no hay necesidad de hacer sentir mal a Simón, dijo Carmen.

-Pues no es para que se sienta mal, es para que sepa que amarró mal las guaduas, que las tienen que amarrar bien si no se quiere aporrear también él.

-Lástima que ya no esté don Efraín, dijo Carmen.

-Quién es don Efraín, preguntó Simón

-El mejor sobandero de todos estos pueblos por acá, a ese señor venía a buscarlo gente desde Manizales, con eso le digo todo, un berraco ese señor, tan berraco que cuando él se aporreaba el mismo se componía.

- ¿El mismo? ¿cómo así?

-Claro mijo, en vez de ir donde otros sobanderos él se sobaba y no le digo mentiras, porque yo lo vi una vez, respondió Alcides.

-Pero cómo iba a hacer eso, es que no le dolía o qué, o es que eso no duele.

-duele, eavemaría mijo, duele como un putas, es que una cosas es lo que yo le diga y otra cosa sentir, eso más de una persona berraca que yo he conocido se desmaya y todo cuando la están sobando, dijo Alcides mientras se miraba el dedo hinchado, Carmen hacia lo mismo, mirar la mano de su esposo.

-Entonces como hacia el señor para sobarse y aguantarse el dolor, yo si lo quiero ver, ojalá tuviera una cámara para grabarlo, dijo simón, pensado que por primera vez en mucho tiempo empezaba a sentir que la tecnología le hacía falta.

-Eso si ya no se va a poder Simoncito, ese señor quien sabe para dónde se habrá ido, quién sabe dónde estará, dijo Carmen lamentándose, primero dijeron que se había ido para Tuluá, pero yo no creo, ese como que los hijos se lo llevaron para Estados Unidos.

-Un señor que se compone a él mismo cuando se aporrea, el autosobandero, me dejaron con las ganas de ver eso. Pero entonces, el otro señor don Eliberto, lo encontramos ahora, vamos de una vez a buscarlo o qué.

-No, hoy ya no, ya está muy tarde, a esta hora ya está dormido ese señor, dijo Carmen, ya será que vaya mañana madrugado, de momento mejor nos acostamos a dormir, eso con estos pañitos de caléndula le deshincha.

Al otro día buscaron al sobandero y como Alcides lo había dicho le arregló el dedo sin mayor dificultad, le recomendó no trabajar ese día para que no se lastimara y Alcides hizo caso a medias, porque, aunque no cogió café se pasó el día revisando que Simón si arreglara bien el techo de la casa

-Yo ya ni me acordaba de eso, don Alcides, créame, pero no, usted tiene razón lo mío no es la carpintería, ni la construcción, ni criar gallinas tampoco, dejemos así mejor, con la gallina cada año por aniversario estamos bien.

Además del sancocho de gallina, el día, aunque de aniversario, fue un día ocupado como cualquier otro. Carmen lavó un tendido. Alcides desyerbó y Simón abonó. La cosecha estaba cada vez más cerca y ya empezaban a aparecer las complicaciones propias de ese momento. Según su vecino iba a tener que contratar trabajadores porque él no iba a ser capaz de coger el café solo. Cuando ese café se madura no da tiempo de nada, decía, Alcides. Las heldas eran otro asunto, según su vecino, le iba a tocar secar el café en silo. Por la noche sentados en el corredor Alcides le explicó a simón que construir heldas le iba a salir muy caro. Mano de obra, materiales, buscar el lugar porque sí la hacía en el patio se tenía que quedar sin patio, y eso lo iba a tener que consultar con Mario.

-Buenas noches, qué se dice pues. El saludo venía desde la carretera, Alcides se puso de pie para ver de quién se trataba. Se había movido con brusquedad espantando si querer a las polillas que revoloteaban alrededor del bombillo del corredor.

-Entonces, guama, mijo, cómo va todo, venga, éntrese y toma tinto pues, hágale sin miedo que el perro no muerde, dijo Alcides.

-Cuál perro, don Alcides si acá no hay perro, reparó Simón en voz baja.

-Es un decir, un decir no más, él me entiende.

Guama, se llamaba Camilo, pero en todas partes le decían guama y a él parecía gustarle el apodo, si no era así tampoco le incomodaba.

-Yo antes de llegar al patio de cualquier casa, mejor saludo así de lejos porque uno no sabe en donde tiene perros bravos, dijo guama animado, además a mí como me ha ido de mal con los canchosos, ya hasta perdí la cuenta de todos los que me han mordido. 

-No, mijo, tranquilo que aquí hace tiempo que no hay perro, pero lo que usted dice es verdad, es mejor avisar porque por acá hay unas fincas en las que tienen es puras fieras. Es que sí uno se empendeja se lo comen vivo.

-Es verdad, don Alcides, los Gorgona no más, allí abajo, yo no sé si usted se dio cuenta lo que les paso con el perro que consiguieron. Una cosa horrible.

-Los Gorgona, claro, yo se quiénes son, pero qué pasó, cuente a ver que yo no sé, no me conozco el chisme. Pero siéntese, mijo, que usted no crece más, y qué más va a crecer este berraco, vea eso, casi dos metros, verriondo tan largo. Carmen, mija, sírvale tintico a guama. 

-Deje yo le traigo, dijo Simón y se fue para la cocina.

-Qué pena, hombre ponerme a molestarlo, dijo guama.

-No, mijo, cuál molestia, a Simón le encanta la cocina, uste tranquilo, eche el cuento mejor, qué fue lo qué pasó, dijo Alcides.

-Bueno, le cuento pues: Don Juan Gorgona se fue para las ferias en Marquetalia a vender una vaca y allá en lugar de negociar la vaca terminó comprando un perro, un pulgoso ahí que no era ni de raza ni nada, dizque el que se lo vendió se lo garantizó, le dijo que ese animal para el cuidado de la casa era lo que había, que con ese animal podía dejar el café en el corredor y la herramienta en el patio y que no se le perdía nada, que con ese perro podía dejar las puertas sin tranca y que nadie se le iba a meter. Don juan se vino con el perro todo contento, que ahora sí no se les iba a volver a perder una gallina más, a ver qué cara van a poner los malparidos gallineros cuando se estén encaramando al gallinero, decía don Juan en la casa, orgulloso de su perro.

-Pilas se quema que está caliente, dijo Simón interrumpiendo a guama.

-Dios le pague, respondió guama y puso el pocillo sobre la mesa.

Carmen estaba en la cocina vigilando la olla en la que hervía leche y por eso no había salido.

-Bueno le sigo contando, en esa casa andaban todos contentos con el perro que porque muy ladrador y que no se le pasaba nada, que no se habían vuelto a perder las gallinas y hasta buena para la cacería había resultado el chandoso, el problema es que la dicha no duró ni un mes. Resulta que una tarde cuando don Juan llegó del cafetal y fue a echar el café en la tolva ese animal sin darle tiempo de nada se le fue encima y se le colgó de un brazo, encarnizao, la cosa más horrible, y no lo soltaba y don juan bregándoselo a quitar se fue al suelo y pues peor porque el animal hecho una bestia le tiró fue a la cara y ahí fue donde uno de los trabajadores, ese pelao James, uno de los Mejías, el menor, sacó el machete de la cubierta y se lo puso en la nuca al perro y ustedes no me va a creer pero la cabeza voló a la puta mierda y pues ahí quedó, a mí me tocó hacer el hueco para enterrar al perro y don Juan pues por allá adentro con la mujer que le estaba limpiado esa herida en el brazo y en los dedos.

-Yo no me sabia esa, dijo Alcides, si ve Simón y usted que no cree que los perros son bravos, son capaz de matarlo a uno mijo.

-Eso dizque fue un tapao porque según me dijeron a mí el señor vendió el perro fue por eso, por bravo dizque ya le había matado unos terneros y todo al señor, pero eso no se lo dijeron a Juan cuando compró el animal, lo cierto fue que ahí perdió la plata y ahí está yendo al médico por esa mordedura, porque eso como que no está sanando.

-Pero lo mordió en el brazo no más, o alcanzó a morderle también la cara, preguntó Simón.

-Solo el brazo, la herida no era grande, pero si estaba muy fea, pues le estoy hablando de ese día que yo la vi, porque yo no he vuelto a verme con don Juan, yo trabajé allá esa semana y ya me fui otra vez a trabajar con papá. Pero me dijeron que igual lo tienen tomando pastas y le pusieron inyecciones o vacunas, no sé, cosas de esas.

-Bravo el perro, pues, que hijuputa, pero bueno, mijo, usted qué hace pues por ahí, de noche y sin linterna ni nada. 

-Y paqué linterna con esta belleza de luna que está haciendo don Alcides, además con lo caras que están las pilas, toca es hacerlas rendir.

-Compre una de esas recargables, salen buenas, acá tenemos una y funciona lo más de bien, eso sí, no la puede dejar caer porque hasta ahí llegan, dijo Alcides.

-Por eso es que no me gustan, por delicadas, dijo guama, pero bueno igual la linterna es lo de menos, lo importantes es que ando repartiendo invitaciones pal matrimonio, don Alcides.

-Cómo qué matrimonio, mijo, eso de quién.

-Pues mío, de quién más va a ser, ya me llegó la hora, respondió el muchacho.

Cuando la leche por fin hirvió Carmen salió al corredor, saludó a guama y se sentó al lado de Alcides, le quitó de las manos la invitación y la ojeo con cuidado.

-Ay mijo, tan bueno, felicitaciones, Dios los guardé, vea lo curioso, nosotros justo hoy estamos de aniversario.

-Dios le pague, doña Carmen, por allá la esperamos, si Dios quiere, bueno y sigo porque todavía me falta repartir un poco, hasta mañana y feliz aniversario.

Guama se marchó y Simón y sus vecinos quedaron en el corredor observando las invitaciones y comentado la visita.

-Ah comprar regalo, mijo, dijo Alcides.

-No, yo no compro, yo meto uno billetes en un sobre y listo.

-No, Simón, eso es muy feo, el regalito es mejor, más bonito.

-Feo no, doña Carmen, practico, así es mejor, eso es lo que se usa ahora.

-Allá son varios hermanos, todos solteros, espere y verá que los otros al ver que este se organizó van a casar también. Antes de que ser termine el año van a estar casados todos. Lo que vamos a tener es fiestas.

-Yo no sabía que eran varios, además de guama solo conozco a Gabriel, son muy parecidos.

-Claro, son cinco, en esa casa no supieron que fue tener una hija, todos son así parecidos, altos y pajilientos, yo ni sé a quién le salieron tan altos, viendo que el papá es bajito y la mamá también.

-Pero vea lo querido ese muchacho, si ve, le trajo invitación a Simón también, cualquier otro nos hubiera invitado a nosotros no más, dijo Carmen.

-No, mija, es que ellos se conocen, han hablado y todo, el otro día en el combite pa arreglar las carreteras se la pasaron echando cuento y no hicieron nada.

-Verdad, Simón, vea pues, yo no sabía, yo creí que no lo distinguía por ahí de vista no más.

-Yo había hablado con él una vez allá en el billar en La Soledad, una noche que me quedé esperando a que don Alcides terminara un chicho, me cayó bien, es muy charlador. Habla de gallos, de cacería, de fútbol, es entretenido escucharlo.

-Ah sí, a ese le gustan mucho los gallos, en la casa tiene varios, eso ha ido a galleras al Fresno y La Dorada y hasta a Manizales, explicó Alcides.

-Pobrecita la muchacha con la que se va a casar entonces, porque si va a seguir así entonces esa muchacha va a sufrir mucho. Cómo es de horrible eso, uno fines de semanas enteros en una casa dizque porque el marido anda buscando lo que no se ha perdido en quién sabe dónde y con un gallo debajo del brazo.

-Tan exagerada, mija, eso no es así, las galleras grandes y lejos no son todos los días, eso es de vez en cuando.

-Claro, por eso era que usted antes vivía perdido todos los fines de semana.

-Eso fue hace mucho, ya tiene tiempo de ser mentira.

-Si, hágase el bobo que así se queda, menos mal que a mí no me han temblado las piernas para nada, porque si no me le planto en serio y le pongo su tatequieto ahí seguiría jodiendo con gallos.

-Uy, don Alcides, cómo así.

-La vida de casado tampoco es fácil, mijo, tiene sus compliques, pero de todas formas lo ayuda a uno a poner los pies en la tierra y le sirve para ponerse metas, es más lo bueno que lo malo, por eso es que yo le digo, usted tiene que ir pensando en organizarse, ir buscando novia y casarse, así como guama. Casado es más fácil. Con decirle que a un soltero no le dan una finca para que la administre.

 -No, yo no creo que me vaya a convencer, yo todavía no quiero casarme. Es que casarme es algo que yo nunca he considerado. Además, yo no estoy buscando finca, ya estoy con esta, que tampoco es mía. Bueno además si yo estuviera seguro de que me voy a quedar acá siendo un agricultor hasta lo consideraría, pero yo todavía no sé, yo no sé qué va a pasar luego, ahora estoy de caficultor, pero no sé hasta cuándo.

-Lo de la finca es lo de menos, mijo, si usted quisiera quedarse con esta finca no es sino que le diga a Mario que con la plata de esta cosecha le paga la cuota inicial y listo, dígale que se la deje que usted la va pagando. Las primeras tres cosechas de esas mejoras van a ser buenas, luego empieza a mermar, pero no importa, usted se pone juicioso y se mentaliza hasta que termine de pagar. Pero como le digo, usted solo la tiene difícil, le hace falta una mujer, aunque claro, si usted está pensando en irse, en volver a la ciudad, si es mejor que no se acelere.

-Vamos a ver qué pasa, don Alcides, vamos a ver, dijo Simón, de todas formas, cuando me vaya a casar hasta la confirmación me va a tocar hacer.

-Cómo así papito, cómo así que usted no se ha confirmado, eavemaría mijo, eso sí es el colmo, uno no puede ser tan dejado, como dejan pasar algo tan importante, bendito Dios, menos mal me está diciendo, este mismo fin de semana hablamos con el cura, según entiendo a la gente así descuidada como usted tiene que hacer como tres o cuatro días de cursillo, una catequesis acelerada y después lo confirman el mismo día que confirman al resto de pelaitos que si fueron a catequesis cada ocho días.

Simón escuchó con atención lo que le decía su vecino, se imaginó por un instante bien vestido en medio de adolescentes haciendo fila en una iglesia de pueblo repleta de gente esperando a que el obispo con gorro gracioso y bastón en mano le tocara con un dedo la frente. El muchacho lo imaginaba y no descartaba del todo la posibilidad de hacer lo que su vecino recomendaba.

-De pronto hasta me animo, don Alcides, si es con catequesis resumida, mucho mejor, aunque usted no dice pues que ya está que se viene el café y que durante los días de cosecha no queda tiempo de nada.

-No mijo, no me venga con esos cuentos, para lo importante siempre hay tiempo y la confirmación es una cosa de una sola vez, para eso no hay es excusa, mejor dicho, el domingo que el cura baje a dar misa hablamos con él. No importa que usted no se quiera quedar a vivir por acá, o que no se quiera casar, no importa, para eso hay tiempo, lo urgente es que se confirme, eso sí para mañana es tarde.

-Tan urgente tampoco es, don Alcides, no es algo de vida o muerte.

-Es algo serio, mijo, es algo que importa, si me hubiera dicho eso desde que llegó ya estuviera confirmado.

-Hágale don Alcides, averigüemos a ver qué pasa, de momento me voy a dormir.

El muchacho entró a la pieza y le dio las buenas noches a Carmen que estaba sentada en la cama viendo televisión.

-Oiga, mijo, antes de que se vaya, hoy llamó Mario y dijo que por ahí dizque va a venir un amigo suyo.

-Cuál amigo.

-Ese con él que uste ha hablado, uno que se la pasa yendo allá a la tienda de Mario a preguntar por usted.

-ah, David, el escritor, puro cuento, a ese le gusta hablar mucho, pero ese no viene por ahí. Estamos muy lejos. Aunque sí sería bueno verlo.

-Yo cumplo con decirle, porque Sara me dijo muy convencida que viene, dizque ellos le explicaron cómo llegar, hasta apuntó en un papel las indicaciones, me dijo Sara.

-Ah bueno, ojalá sí venga, así lo pongo a coger café, dijo Simón riéndose.

El muchacho se acostó en el catre y revisó el libro de María Mercedes Carranza un rato antes de quedarse dormido. Le hacía ilusión ver a su amigo, ya habían pasado muchos meses sin saber de él, sin saber de ningún otro.

Días después en el cafetal Alcides y Simón estaban en el cortando unos racimos de plátanos que le habían vendido a un comerciante de La Victoria. Simón no tenía ni idea de dónde quedaba ese pueblo y Alcides le explicó en donde quedaba.

-Se acuerda donde compramos los colinos, por esa misma carretera sigue uno y agarra la vía para La Victoria, por ahí mismo sale uno a La Dorada, a Honda y a Mariquita, eso es bueno por allá, tierra caliente, nos hace es falta una moto o un carro para que vayamos y usted conozca, ahora no se puede, porque si nos vamos quien coge el café, pero en esos tiempos malos que se meten, por allá en julio, apenas es el tiempo para ir por allá.

-Entonces va tocar comprar moto, don Alcides, tenemos que aprovechar la cosecha a ver si queda algo.

-No, mijo, usted si es pendejo, no ha entendido nada, deje de hacerse ilusiones, mucha plata no queda, además, usted tiene es que pensar en usar esa plata pa comprar la finca, pa comenzar a comprarla.

-Si me voy a ganar poquita plata, así como dice usted, entonces es más fácil comprar una moto que una finca.

-Es verdad, motos hay de muchas, se consiguen baratas y buenas, pero si usted se pone a ver nosotros con una moto no hacemos nada porque, si nos vamos a ir a pasear por allá en la tierra caliente usted y yo entonces en donde llevamos a Carmen. Ese el problema de las motos, en cambio un carro es otra cosa, un carrito es el preciso, ahí si nos íbamos los tres y hasta podíamos llevar a más gente, pero pa comprar un carro toca vender la finca.

-Usted que tiene finca, porque yo que voy a vender si ni finca tengo.

-Estamos en la olla, hermano, por eso dicen que al pobre y al feo todo se le va en deseos.

Alcides iba cortando los racimos de plátano y Simón los iba sacando hasta el camino, luego los iban a tener que cargar hasta la carretera donde el comprador acostumbraba a recogerlos.

-Oiga, don Alcides y si usted nunca ha tenido carro cómo fue que aprendió a manejar, o usted quiere el carro es para aprender.

-Cómo qué para aprender, no señor, yo sé manejar, es que uno puede saber manejar así nunca vaya a tener carro. Yo aprendí a manejar con Mario, cuando éramos pelaos y andábamos por ahí pegados de los choferes haciendo de ayudantes, por acá más de uno hace eso, se cuelga de esos carros a meter el hombro y bajar y subir carga, dispuesto pa lo que sea por cualquier moneda, tirando aguante por nada hasta que los choferes terminan soltándole a uno el carro y enseñándole a manejar. Imagínese uno bien afiebrado, eso apenas agarra uno esa cabrilla ya se siente el putas y sin darse cuenta ya está uno manejando solo y listo, a los choferes les sirve porque uno está ahí metiendo el culo y duro sin cobrar y cuando ya aprende a manejar ellos se emborrachan sin problema y saben que uno lleva el carro. Así aprendimos nosotros.

-Pero cómo así, o sea que ustedes en ese tiempo no trabajan cogiendo café ni nada, sino que se la pasaban por ahí en esos jeeps.

Mientras hablaban Alcides seguían cortando racimos y Simón cargándolos hasta el bordo del camino. Entre esos cafetales y mejoras Simón había aprendido a charla a los gritos con un interlocutor a metros de distancia.

-Uno si trabajaba, pero en los tiempos malos, a veces hasta dos y tres meses se la pasaba uno sin conseguir trabajo entonces ahí estaban los carros, esa época es buena porque las cosas no se piensan mucho y sin que perder uno se arriesga. A uno a los 15 o 16 años le dice, vamos pal Putumayo a raspar coca, uno sale y se va. Mario estuvo por allá, casi lo mata una diarrea y le tocó volverse y por eso yo no me anime. Pero como le digo, uno pelao es sin miedo, Mario no se caga por allá y seguro otra sería la historia porque yo de una me hubiera ido a raspar coca y quién sabe dónde estaría ahora. Lo de los carros por acá es normal, así aprenden a manejar muchos, por eso es que usted ve tanto pelao de ayudante en esos jeeps.

-A mí nunca me han gustado los carros, papá intentó enseñarme más de una vez a manejar y yo le presté poquita atención, igual aprendí, pero soy como chambón. Con las motos me pasa lo mismo, las manejo, pero en carretera no paso de 60 kilómetros por hora.

-Igual, así a uno no le gusten las motos, o no le guste andar rápido, siempre hace mucha falta una, es que es casi como una herramienta más de trabajo.

-Eso sí es verdad, es mejor tener moto que tener ir pegado de un carro.

-Si uno es así flojo como usted hace todavía más falta, pero mejor que moto sería tener carro, una camioneta, imagínese usted que yo tuviera una camioneta, o que la tuviera usted, podríamos cargar este plátano y llegar hasta la victoria y venderlo allá, venderlo bien vendido.

-Lo único que tenemos es la certeza de que para camioneta no alcanza.

-Más claro no lo pudo decir usted y yo creo que vendiendo plátano tampoco vamos a conseguir con que comprar la camioneta, por eso mejor seguimos, empiece a ir bajando lo que está cortado para que no nos coja tanto la tarde, yo voy a ir allí al placito a cortar un par de bananos a ver a cómo lo están pagando. Si está muy barato nos los comemos nosotros.

Simón, asintió con la cabeza, agarró el costal que usaba para evitar mancharse y se lo acomodó en el hombro, cargó con dos racimos y empezó a bajar, eran más de 30 racimos y no podía bajar más de dos en cada viaje porque si los aporreaba o desgajaba ya no los compraban.

Por la noche después de un pesado día de trabajo, Alcides se quejó porque le habían pagado muy poco por el plátano. Simón por su parte pasó un largo rato estregándose con un estropajo para sacarse la mancha del cuello y los brazos. Según Carmen a Simón le iba a tocar comprar ropa nueva porque toda la que tenía ya estaba rota o rasgada, manchada o muy percudida. Para Alcides el error del muchacho había sido meter la ropa buena pal trabajo, lo que si quedaban demostrado según él era que los gomelos compraban ropa fina. En palabras de Simón, que insistía, no era ningún gomelo, nadie le avisó que la ropa duraba tan poquito cuando se trabajaba con ella en el cafetal. Si Mario le hubiera dejado claro ese detalle se habría aparecido en ese lugar con un costalado de ropa de segunda.

-Es que no tiene una sola pinta que le sirva para hacer la confirmación, dijo Carmen.

-No importa, así tuviera, es que para hacer la confirmación tiene que comprar ropa nueva, tiene que estrenar, no solo él, nosotros también, eso no es cualquier cosa. Igual ahí aprovecha y compra un par de chiritos más, pa que tenga con que cachaquear, afirmó Alcides.

-Es que le está haciendo falta, esa ropa que tiene para salir al pueblo ya se la conoce todo el mundo por acá, parece una fotografía a toda hora con esa misma cajoneada verde y negra, menos mal que es de colores así serios y pasa más disimulada, imagínense que fuera naranja.  

-A mí me gusta andar bien vestido, pues, comprar ropa bonita, de marca si es posible, pero la verdad es que estando por acá ya no le veo como sentido a eso, es que para qué uno ropa fina o bonita por acá, uno todo bien acicalado y pegado de un jeep tragando polvo o limpiado barro, es que no aguanta.

-No, mijo, no, no importa eso que usted dice, así el transporte le parezca chimbo es importante organizarse, dijo, Carmen, si no fuera importante yo le plancharía a Alcides todo lo que se pone.

-De todas formas, si es verdad lo que dice don Alcides, si lo de la confirmación se concreta, claro que voy a comprar ropa.

-Cómo que sí se concreta, claro mijo, claro que sí, eso es un hecho.

-Sí es así entonces el domingo mismo vamos y compramos, vamos con doña Carmen para que ella también se busque la pinta, dijo Simón.

-No, el domingo no, mejor dicho, este fin de semana no, mejor el otro, comento Alcides.

-Por qué, este no, preguntó Simón.

-Porque este fin de semana celebran el día del campesino y ese pueblo se pone que no hay por dónde.

-Claro, el día del campesino, mijo, yo ya ni me acordaba.

-Yo no sabía nada de día del campesino.

-Pues claro, mijo, el día del campesino lo celebran cada año, a veces lo hacen acá en La Soledad y otras veces allá, en Bolivia. El año pasado fue en La Soledad y no hubo tanta gente, por eso usted ni se enteró, pero cuando es en Bolivia eso es otra cosa, toda la gente de todas las veredas se junta. A mí me parece que eso es una pendejada, cada año es lo mismo, rifas y concursos en los que siempre dan los mismo premios: machetes, cocos, botas, palas, picas, casi siempre herramienta, puras pendejadas, nada que valga la pena, nada que justifique ir por allá y mamarse el día parado en la plaza al pie de la tarima que arman. Además de eso traen cantantes, buscan por ahí a cualquier repelador de por acá mismo que no le dé pena el micrófono y lo ponen a cantarse unas cuantas canciones, a veces hacen reinados y las muchas más bonitas de las veredas se arman unos vestidos de fantasía todos estrambóticos y sonríen y saludan, pero al final nada serio pasa, nada que nos deje contentos a todos.

-Es que dejarlos contentos a todos es muy complicado, don Alcides.

-Pues sí, eso verdad, igual si nos arreglaran las carreteras, si las mantuvieran buenas, con eso todos quedaríamos contentos.

-Ah bueno, por ese lado sí, usted tiene razón. Esa informidad que usted está expresando ahí es por la que los universitarios terminamos metidos en protestas.

-Pura mierda, a mí no me va a enredar usted, ya dijo pues que me le iba a tragar ese cuento, no señor, a mí no me joda con eso que me hace enojar.

-Es molestando don Alcides, molestando no más, no se lo tome tan a pecho, sigamos mejor con lo del día del campesino.

-Sí, mejor, entonces como le venía diciendo, además de eso también reparten almuerzo y refrigerios, ponen a la gente a hacer cola con una ficha para que reclamen sancocho, imagínense pues, dizque sancocho, cómo si no fuera sancocho lo que uno traga todos los días, si por lo menos repartieran lechona pues hasta tendría sentido hacer la fila, porque lechona no se ve todos los días, pero nada, ni eso.

-Yo creyendo que el día del campesino era una fiesta buena, dijo Simón, pero ya con eso usted me desanimo.

-A mí si me gusta ver a las muchachas que participan en el reinado y las comparsas, dijo Carmen.  

-A mí no me gusta, usted si quiere vaya para que vea que no le estoy diciendo mentiras, de todas formas, eso es siempre lo mismo, uno todo el día por allá parado como chimbo aparando sol a ver si de pronto se gana un machete y una lima, no hombre, uno no está pa miserias.

-Él no entiende que eso es una actividad cultural, dijo Carmen, algo así como un carnaval. Cuando yo estaba en el colegio siempre salía en las comparsas.

-Nada, ese día del campesino no sirve sino para que la gente del pueblo se burle de los de la finca.

-Esas bobadas, eso no tiene que ver con eso, tiene que ver con compartir e integrarse y sentirse orgulloso de ser del campo.

-No, mija, usted tampoco me va a enredar con eso.

-Es que usted es muy porfiado.

-Porfiado no, es que es la verdad ese día del campesino cuando es una payasada es una repartiera de limosnas. Vea el año pasado la presidenta de la junta de acción comunal del Higuerón recibió unos baldes y unos machetes, pero no los finos, no señor, de los más malos, se los hicieron llegar para que ella se los repartiera a la gente que fuera a la celebración del día del campesino ahí en la plaza del caserío y la señora cogió todo eso y apenas lo vio lo devolvió y les dijo que ni ella ni la gente de la vereda estaba mendigando. Luego se metió en un problema el malparido con la gente porque más de uno quedó puto porque ella no repartió eso y le tocó gestionar por ahí con el comercio y conseguir otra vez unas menudencias de esas para rifar ahí entre la gente en un bingo y calmarles la joda.

-Pero cómo así, armaron alboroto por algo que usted dice que parecía más una limosna que un regalo.

-Pues nada mijo, que así como a uno le parece que esas cosas que dan no sirven para nada a otros les parece que son la putería, gente resignada o buenos pobres que dicen, así que ni modo, todos no somos iguales y aunque claro que yo tampoco recibiría las maricadas que dan, tampoco las hubiera devuelto porque pues uno piensa en uno, pero hay que pensar en los otros, igual como le digo, yo me gano un puto machete de esos y lo boto mejor.

-Entonces todos los años es así ¿nunca hace un día del campesino que sea memorable?  Algo así con cantantes de primer nivel y no sé, premios calidosos, cosas, así como lavadoras, neveras, cosas así.

-Bendito, mijo, nunca, eso yo creo que nunca va a pasar. Pal montañero lo único que ahí es herramienta. Sería bueno que por lo menos uno dijera que vio a un cantante de esos famosos, Luis Alberto Posada, por ejemplo, pero igual celebrar el día del campesino sigue siendo una mentira, porque uno que orgulloso va a estar de ser campesino, de pasar necesidades, vivir por allá como en el olvido y tener que asolearse pa comer. Uno es campesino porque nació por acá y hace lo que hay pa hacer, porque qué más, eso fue lo que hubo pa uno, y yo no creo que uno tenga que estar orgulloso de lo que le tocó.

Simón quiso decir algo, pero se dio cuenta que no tenía nada que decir. Carmen a su lado también se quedó en silencio. A veces las conversaciones tenían de dónde tirar, siempre podían ir adelante, pero en ese momento Simón sintió que no, que era mejor cambiar de tema o no hablar más.

-Voy a dejar una ropa remojando a ver si lavo mañana, dijo Simón y se dirigió a la puerta de la chambrana, que duerman, mañana nos vemos.

-Mañana temprano lavamos el café que tenemos ahí en ese tanque, no se le olvide.

-Claro que sí, don Alcides, de una.

En la mañana, el canto de los gallos se confundía con los golpes que Alcides le daba con un palo a una hoja de zinc para despertar a Simón. El tanque estaba lleno de café pelado y baboso, Alcides abrió la llave para que el agua callera sobre los granos después de ponerle un tapón al tuvo de desagüe, mientras eso pasaba le dio un par de golpes más a la hoja de zinc.

-Yo no sé porque es tan bulloso, don Alcides, yo estoy levantado hace rato, hasta bañado y todo.

-Madrugador, que bueno mijo, que bueno, que bueno que no se le peguen las cobijas, igual la bulla no sobra, de pronto ya despertamos a alguien que sí se estaba retardando en limpiarse esas lagañas.

-Deben es estar mentándole la madre por no dejarlos dormir.

-Eso seguro, no le busque por otro lado que así es, eso para madriarlo a uno siempre hay alguien, igual si madrean es que están despiertos.

-Madrugar no es chévere, don Alcides.

-Uno se acostumbra y después no es capaz de dormir hasta tarde, espere a que se acostumbre y vera, aunque con todo el tiempo que lleva por acá ya debería estar carreterito.

-Me sigue costando mucho.

-Yo sé, yo sé, pero estoy hay que hacerlo temprano, espéreme le doy una juagada más a ese café y listo, a subir a las heldas y a zarandear.

-Listo, hagámosle pues.

-Vaya traiga el radio pa que oigamos los resultados de la lotería a ver si me gané ese chance, hace tiempo que no me gano nada.

Simón agarró el radio que estaba en la mesa del corredor, lo prendió y no le gustó la emisora y estaba sonando una ranchera que no le gustaba, movió la perilla del dial y buscó otra emisora.

-Si me gano el chance, no trabajamos hoy.

-Qué hacemos entonces.

-Tomamos cerveza.

-Bueno, igual no pasará.

-De pronto, mijo, de pronto, uno nunca sabe, dijo Alcides mientras movía el café en el tanque con un revolvedor de madera.

-Sacar ese café de ahí con estos cocos y cargarlo al hombro hasta la helda es muy chimbo, don Alcides, esto debería tener algún mecanismo que facilitara las cosas.

-Cuál mecanismo, mijo, esto no es nada, en comparación a lo que es sacar el café de esos cañones sin caballo, todo al hombro, una finca por allá tan lejos de la carretera yo no la recibo ni regalada.

-Ah claro, con esas comparaciones cualquier otra cosa parece fácil.

-Pues mijo, es que usted se está quejando por nada, dizque porque toca sacar el café del tanque, una bobada, hágale mejor, vaya subiendo está caneca mientras yo le lleno está otra.

Mientras zarandeaban el café y llenaban una de las canecas con la pasilla que quedaba en la zaranda el locutor dio los resultados de la lotería que Alcides estaba esperando.

-Entonces, ganó, nos vamos pal pueblo.

-Nada, ni mierda, no cogí ni un húmero.

-Yo nunca me he ganado un chance en la vida.

-Qué va a ganar si nunca lo hace.

-Usted lo hace casi todos los días y yo tampoco lo he visto ganar nada.

-Pero he ganado, he ganado, a veces tengo rachas, me gano tres y más en una semana.

-Me quedan mis dudas.

-Pregúntele a Carmen y verá y mire a ver si agarra duro esa zaranda, hágale con ganas, tiene más estilo Carmen para hacer esto que usted.

-Ahora se va a desquitar conmigo porque no ganó.

La conversación la interrumpió Carmen que los llamó a tomar tragos, Alcides le dijo que ya iban, que ya iban a terminar. Simón acercó un coco y en el Alcides echó la cacota.

En la carretera un carro negro se detuvo y empezó a pitar. Desde la helda ninguno de los dos alcanzó a identificar al conductor que no dejaba de pitar. Alcides y Simón se miraban el uno al otros sin entender.

-Si necesita algo se tiene que bajar, dijo Alcides.

-Mira ese marica, fue verdad que vino, dijo Simón.

-Quién, el amigo suyo, ese es, comentó Alcides.

-Sí señor, ese es, respondió Simón al cuando lo vio bajarse del carro.

Simón bajó apresurado de la helda y fue hasta el patio a donde ya había llegado su amigo.

-Este güevón, cómo fue que vino a dar por acá, y dizque en carro, por fin se dio cuenta que ser escribir no sirve y consiguió trabajo, dijo Simón dándole un abrazo a su amigo.

-Para qué vea parce, aunque casi me devuelvo, esto está en la puta mierda.

-Pero por qué tan temprano por acá, a qué hora salió de Tuluá pues.

-Nada, no vengo de Tuluá, estaba en Manizales y salí madrugado de allá.

-En Manizales haciendo qué.

-Tengo una noviecita ahí.

-Ah, vea pues, que verraco usted.

Después del saludo caminaron juntos hasta el corredor desde donde miraban Carmen y Orlando.

-Doña Carmen, don Alcides, les presentó a David, mi amigo, el escritor, este es el tipo intenso que estaba yendo a la tienda de Mario a preguntar por mí y con el que hablé por celular un par de veces, dijo Simón, señalado a David. Alcides le estrechó la mano con cierta reserva, Carmen hizo lo mismo, conmovida por la alegría que se le notaba a Simón.

-Quiere tintico, preguntó Carmen, sonriendo.

-Sí señora, le agradezco mucho.

Alcides después de saludar al escritor se sentó de nuevo en una de las bancas del corredor y le preguntó por el viaje.

Carmen regresó con el café y se lo entregó al escritor.

-Todo bien, si señor, mucha curva y la carretera de Manzanares para acá está muy mala, mucho hueco. Muy rico este tinto, señora, muchas gracias.

-Pero ese carro es alto, eso no sufre con los huecos, dijo Alcides señalando el carro.

-Es verdad, pero de todas formas, con eso huecos le toca a uno andar lento.

-Oiga, David, y ese carro qué, de dónde lo sacó, fue que verdad consiguió plata.

-Para que vea mijo, los que en vez de andar en la calle reclamando maricadas nos dedicamos a trabajar conseguimos.

-En serio, marica, sea serio, no me venga con cuentos, usted es un escritor, qué más vago quiere.

-ja, duro, me pegó duro ahí, dijo el escritor soltando una carcajada.

-Ese es de mamá, cómo la ve pues, ahora papá tiene carro y mamá también tiene. Casi ni lo usa, dizque la estresa manejar, dice, entonces cuando le conté que iba a venir por acá en moto me dijo que me trajera el carro y yo pues ni corto ni perezoso, ahí mismo me monté.

-Pero ahí no lo puede dejar, tiene que moverlo un poquito, bajarlo hasta ahí donde está el guamo, ahí le queda bien orillado y no le estorba a la ruta, comentó Alcides.

-Ah bueno, de una vez lo voy a acomodar, es que como vi a este desde la carretera por allá encaramado me emocioné, dijo el escritor poniendo la mano en el hombro de Simón. Si no lo hubiera visto ahí, seguro sigo derecho.

Después de acomodar el carro el escritor bajó su maleta y sacó de ella una bolsa con parva, leche, queso, embutidos y hasta aguardiente que le entregó a Carmen, Mario le había dicho lo mismo que a Simón en su momento, que no se fuera a aparecer con las manos vacías.

-Y usted qué hermano, cómo va todo, cómo ha hecho por aquí, preguntó el escritor poniendo su maleta sobre el catre de Simón, oiga y en donde me va a acomodar, no me diga que nos toca dormir a los dos acá, muy chimbo, fue que no le avisaron que yo venía.

-Sí, sí avisaron, pero yo no creí que era en serio. No hay problema ahora pasamos un colcho de allí de donde Alcides, hasta una cama si quiere.

-No, tampoco, cualquier colchoneta está bien. María Mercedes Carranza, este fue el unió libro que se trajo, poesía, muy duro, enterrarse por acá y no traer novelas, mucha cagada.

-La poesía se presta más para leer y releer, aunque tampoco es que me hubiera traído ese libro por eso, fue más bien lo que primero tuve a mano cuando empaque.

-Toda esa gente que estuvo con usted en la calle en esos días de paro está en Tuluá como si nada, varios de los que se fueron cuando empezaron a aparecer los pelaos muertos en el río ya volvieron, mucho incluso están trabajando en fundaciones de esas de derechos humanos y todas esas maricadas. Todo se normalizó, o bueno por lo menos no aparecieron más muertos, usted ya puede volver, yo no sé qué hace por acá todavía.

-Ando trabajando, eso he hecho desde el primer día que llegué.

-Pero es que usted no es campesino, usted así se sienta cómodo sigue siendo ajeno a esto, debería estar en la universidad haciendo el trabajo de grado.

-Yo no me puedo ir, no ahora, la cosecha ya llegó y yo tengo que cogerla, llevo meses cuidando ese café, la plata que tenía me la gasté acá.

-El primero que conozco que se gasta la plata en una finca sin tener idea de cómo funcionan las fincas.

-Los vecinos me han ayudado mucho, esa gente prácticamente me adoptó.

-El hijo bobo.

-No tienen hijos, no tuvieron.

-Entiendo, un solo hijo, adoptado y bobo.

-No pues, tan chistoso, en serio, no ponga a joder con eso que el tema es delicado. Bueno y usted qué, a qué está dedicado, sigue escribiendo, consiguió trabajó, sigue montando en bicicleta, cuente a ver.

-Claro, la bicicleta siempre, ahí traje una, me tocó desarmarla porque no tenía el soporte para amarrarla atrás, esta nueva, una Specialized brutal, cuando la armé le van a dar ganas de irse pedaleando de aquí hasta Manizales.

-Si trajo bicicleta es que viene sin afán, debería quedarse  y ayudarme ahora en la cosecha, trabajar de verdad de vez en cuando no le caería mal.

-Tan bobo, yo que voy a quedar, si yo nunca he cogido café ni nada, yo es que no sé cómo se aguanta usted por acá, la finca está bien para pasear y estás trochas y caminos aguantan para montar en bicicleta, pero nada más. por acá no es la vida.

-Deje de ser exagerado, quédese para que vea que no es como usted lo pinta.

-Muy chévere el ofrecimiento, muy querido usted, pero así quisiera quedarme más de un par de semanas no puedo, tengo que estar en Tuluá a final de mes para renovar unos contratos de unos talleres de escritura que estoy dictando, en eso ando trabajando ahora y también tengo un libro que está que sale, yo creo que un mes o un mes y medio lo estamos presentando.

-No pues, que haremos con la agenta apretada, el sólido itinerario de la celebridad literaria.

-Para que vea, parce, para que vea que si trabajo. Ahí le traje un libro, una novela que publiqué el año pasado y le traje también un par de libros de Emmanuel Carrère, un autor francés que me dio por leer hace poquito, me tiene agarrado, me gusta mucho lo que hace.

-Entonces no se anima a quedarse trabajando.

-No, ni loco, parce, por acá no, además mire esa cocina suya, ni ollas tiene, fijo ni come, con razón está tan flaco.

-Equivocado, papi, muy equivocado, no cocino, pero comida es lo que sobra, camine y verá vea el desayuno que le van a servir, dijo Simón saliendo al corredor para volver a la casa de sus vecinos.

Mientras los demás comían gustosos y el escritor repetía que él estaba acostumbrado a desayunar cafecito con galletas sin saber por dónde meter la cuchara en el plato.

-Coma, coma sin miedo, que le sirvieron poquito, dijo Alcides.

-Hágale tranquilo que se queda con hambre puede repetir, es que como le parece doña Carmen, ahora en la casa se estaba quejando porque me vio la cocina desocupada.

-Ah, no señor, no se preocupe por eso, es que Simón no cocina, él come con nosotros y usted también mientras esté por acá.

-Muchas gracias, mi señora, muy amable usted, pero para el almuerzo me puede servir más poquito, es que yo como poquito.

-Pero qué más poquito, no va comer es nada, dijo Carmen.

-No le pare bolas, doña Carmen, él es así, cansón, usted no le de importancia, dijo Simón. Oiga don Alcides y dizque no se va a quedar para la cosecha, que porque él no sabe coger café.

-Cómo así hombre, anímese que es fácil, si quiere hasta Carmen le enseña, ella es buena cogedora, casi no se mete al cafetal porque obviamente le toca estar acá en la casa, pero si hubiera alguien más para cocinar ella cogería café. Por acá hasta los niños cogen café.   

-Simón, parce, no sea así, deje de estar haciéndome quedar mal con la gente, dijo el escritor, lo que pasa don Alcides es que tengo que está en Tuluá a fin de mes porque tengo unas clases que dar y estoy que presento un nuevo libro, sino hasta me quedaba.

-Puro cuento, cosas que se inventa él, ahora quiere dárselas de importante y ocupado acá.

-Oiga, joven, ahora que hablamos de eso, explíqueme, eso de escribir sí da plata o qué, es que yo no conozco a ningún escritor, ni a nadie que se quiera meter en eso, preguntó Alcides.

El escritor soltó una carcajada y miró a Simón que también se estaba riendo.

-Qué pena, don Alcides, no es por usted que me reí, es que es gracioso porque la verdad es que no, con la escritura no se consigue un peso, consigue más un tipo vendiendo chontaduros en una bandeja plástica en el centro que uno escribiendo, y le va mejor porque tiene que invertir menos. Yo escribo, pero de lo que de verdad vivo es de los cursos que doy y de los proyectos con los que me gano convocatorias del estado, pero sobre todo me doy la vida que me doy porque papá y mamá no me desamparan.

-Este sí es un gomelo, don Alcides, dijo Simón.

-Cómo así, hermano, qué eso es así, muy verraco, yo creía que eso era bueno, que servía.

-No don Alcides, nada, vender libros es difícil, la gente dice dizque que, porque en este país no leen, pero es cuento, la gente sí lee y sí compra libros, lo que pasa es que no compran libros de los que yo escribo.

-Pero usted qué escribe pues, usted escribe cosas de verdad o de mentiras, por que vea que yo trabajé en una finca y el muchacho que vivía en esa casa leía una cosa donde un muchacho se convertía en un bicho, yo me acuerdo porque él me contó, dizque se lo había puesto a leer en el colegio, a mí me pareció una maricada porque uno que se va convertir en un bicho, increíble que los pongan a leer esas bobadas en el colegio, dijo Alcides.

-No, yo no escribo así, yo no podría escribir nunca un libro así como ese del que usted habla, hay que tener genio para conseguir algo así, yo escribo novelas, ficción, cosas que le pasaron a otros o a mí y que acomodó para tengan algún sentido, para que fluyan y entretengan y den cuenta de algo. Las dos novelas que he publicado en los últimos años son basadas en cosas que han pasado, entonces le podría decir que escribo cosas de verdad.

-Ah bueno, me parece bueno eso, yo no leo, no me gusta, pero creo que si los pelaos van a estar leyendo cosas en el colegio que por lo menos sean serias y de verdad, que aprendan algo o se enteren de algo.

-Doña Carmen, cuénteme usted, tampoco le gusta leer.

-No leo mucho ahora, pero cuando estudié, imagínese hace cuánto, en ese tiempo sí leí varios libros. Me acuerdo de Vargas Vila, me gustó mucho.

-Ah bueno, ahí le traje a Simón unos libros, entre esos uno mío, de pronto se anima y lo lee, aunque no sé parece a Vargas Vila, igual y hasta le gusta.

-Pues sí, si Simón me lo presta lo leo.

-Venga le preguntó otra cosa, hombre, escritor, usted que sabe, que conoce a Simón desde hace tiempo, dígame usted, por qué a un pelao de la ciudad que vive bien, que no le duele una uña, que toma leche de bolsa y no tiene ni idea de cómo se cuida una vaca, si me entiende, alguien así como ustedes, termina dizque en la calle protestando y reclamando maricadas viendo que ni saben que es pasar necesidad y cómo es que aun así terminan dizque metiéndole candela a una edificio, cómo es que terminan en eso, por qué les da por eso estando en la universidad, si allá van es dizque a aprender, qué es lo que aprenden entonces, yo no entiendo, se lo digo porque vea, acá está este dizque sembrado café porque le da miedo volver.

Carmen masticaba incomoda, sin entender porque Alcides debía hablar de ese tema pudiendo referirse a cualquier otra cosa. Simón le dio un par de sorbos largos a su taza de chocolate, escuchaba atento y esperaba la respuesta de su amigo, no decía nada porque esa charla ya la había tenido una y otra vez con su vecino y al parecer sin resultado positivo porque su vecino seguía creyendo que era un atronado incendiario.

-Uy don Alcides, una pregunta envuelta en un reproche que podría interpretarse como una acusación o lo que es peor, un insulto. Interesante el asunto, le voy a responder, usted está hablando de Simón, está muy claro, y para que no le quede duda está hablando solo de él porque yo no participo en esas protestas callejeras, no creo que sirvan para algo. Usted trabaja duro acá, se levanta todos los días y le pone la espalda al sol y al agua, ve el noticiero en el televisor, se queja, seguro se queja, todos nos quejamos, pero sigue acá haciendo lo mismo, mañana podría irse para Tuluá como hizo Mario y no lo hace. El campesino pasa muchas necesidades, no debería ser así. Simón también cree que no debería ser así, por eso le come cuento a cualquier que le diga que las cosas pueden cambiar y que hay que salir a la calle a protestar, muchos como él están las mismas, creyéndole a cualquiera. Eso es normal, usted también lo sabe, usted debe acordarse lo que contaban los abuelos de la Violencia, esos problemas entre conservadores y liberales, pura gente que no hacía más que creer en lo que les decía alguien. Eso hizo este, eso hacen los estudiantes y la gente que usted juzga, cree, cree en lo que le dice un profesor, en lo que le dice un compañero, cree en lo que pasa en otra parte. El problema que veo yo es que usted juzga a los que protestan y nunca ha estado en una protesta, no sabe cómo es, no sabe que se siente estar ahí entre la gente, no sabe que es sentir el gas lacrimógeno, no sabe que es tener a los antidisturbios encima, no sabe cómo se siente la papa bomba que estalla a los pies, no sabe cómo es correr con miedo a esconderse o como es sentirse envalentonado por la multitud, no sabe eso.

El escritor hablaba en esa mesa como si estuviera en una exposición en clase, buscaba con la mirada a cada uno de sus interlocutores, incluso a Simón que había clavado el rostro en el plato.

-Este marica no quemó nada en ese desorden, don Alcides, pero si lo hubiera hecho no sería diferente. En ultimas, véalo acá, escondido, con miedo de volver porque lo pueden matar, aunque ya no estén matando a nadie. Imagínese usted don Alcides, estaban matando a pelaos como este, por ser pendejos. Ahí en esas protestas había hijueputas criminales, siempre los ahí, pero mataron a puros pelaos muy similares a Simón. Si usted se pone a ver, todo es mucho más complejo de lo que parece. ¿Quién los estaba matando? No sabemos todavía, nadie nos ha dicho.

La respuesta del escritor se había alargado, todo en la mesa lo había escuchado en silencio, Simón no intervenía y Carmen tampoco, Alcides había estado moviendo la cabeza de arriba abajo y de un lado a otro mientras escuchaba.

-Por eso es que es escritor, porque es así habla mierda, se pone serio y todo, que verraco, de todas formas le digo una cosa, una persona seria, responsable y con obligaciones no va a estar por ahí en la calle gritando maricadas y agarrándose con la policía, puede que yo no haya estado en una protesta de esas, si pudiera, si eso fuera por acá, yo tampoco estaría ahí metido, y no necesito haber estado para saber que eso es una alcahuetería, cualquiera con sentido común lo ve. Y le digo más, a mí un hijueputa me quema la casa a mí y así sea joven y crea y reclame y lo que usted quiera, yo lo persigo y le casco y nos matamos si toca porque con lo que es mío no se va a meter nadie.

-Y así es siempre, David, mejor no darle largas a la charla y dejarla ahí, porque usted no va a ser capaz de convencerlo de nada.

-Porque ni yo, ni yo que ni siquiera terminé la primaria estaría metido en esas protestas, imagínese usted dizque universitario y vea donde está, voleando machete como yo.   

-Pero la protesta era por causas justas, buscaba un cambio, dijo David.

-Pues cambio sí tuvo, porque mire, de universitario a montañero, respondió Alcides.

David soltó una gran carcajada y hasta un trago de chocolate se le escapó de la boca, Carmen también se rio al ver al escritor casi ahogado y como la risa es contagiosa los cuatro terminaron riéndose.

-Bueno, muy rico el desayuno mi señora, muy amable, ahora sí, vamos pues y me muestra la finca, yo necesito ver qué es lo que ha hecho por acá.

Simón y el escritor salieron del corredor y bajaron a la carretera para dirigirse a los tajos. Alcides permaneció en la casa al lado de Carmen.

-Don Alcides, vamos, dijo Simón.

-No, mijo, vayan ustedes, yo tengo que trabajar, vayan que más tarde seguimos hablando.

Simón y David se alejaron y Alcides agarró el sombrero y empezó a organizarse para irse también al tajo.  

-Yo creo que ese tal escritor si lo va a convencer de irse, de volver a estudiar, es que eso es lo tiene hacer, dedicarse a lo de él, eso de venir por acá a sembrar café es un arrebato de muchacho no más.

-No, mijo, yo no creo que se vaya, él vive contento por acá, ya se acostumbró.

-Qué tan contento podrá estar, yo no creo, él debe estar es resignado, eso, dado al dolor.

-Nosotros estamos contentos o resignados.

-Usted qué cree, mija.

-Que estamos contentos, que vivimos bien y decir que no será ser desagradecidos.

-Ah bueno, entonces así es, estamos contentos, pero estamos hablando es de Simón no de nosotros, y él es un pelao de ciudad que es universitario y se nota que quiere cosas diferentes a estar por acá.

-Me da pesar que se vaya, yo ya me acostumbré a tenerlo acá, me va hacer mucha falta, dijo Carmen, con cierto lamento.

La mujer permaneció en silencio mirando a su marido, esperando que asintiera, que estuviera de acuerdo con ella, que dijera lo mismo, que a él también le iba a hacer falta. Pero Alcides no respondió, se mantuvo inexpresivo, agarró una estopa la metió en el coco que tenía en el patio, le dio un beso a Carmen y se alejó.

En las mejoras el escritor subía por el camino observando asombrado todo lo que Simón le mostraba que había sembrado.

-Yo creí que usted tenía acá cualquier 500 a 1000 mil matas sembradas. Usted se vino por acá fue a expiar las culpas a punto de trabajo, eso o que don Alcides lo cogió de cuenta y lo exprimió.

-Un poco sí, con él es trabajando, lo otro sí es una maricada, ningunas culpas, nada de eso, simplemente me tomé el asunto en serio. Usted hubiera visto esto cuando llegué, era un monte, me tocó tumbar palos de café viejo y desyerbar para poder sembrar, es que ni le cuento todo lo que me ha tocado voltear para levantar estas mejoras porque usted no me creería, todo a punta de las indicaciones y las orientaciones de don Alcides.

-Increíble, parce, muy verraco usted, yo no sería capaz, es que sí a mí un día me tocara esconderme ni loco me vendría para el campo, yo pegaría para el extranjero de una vez. Aunque me resulta más sorprendente que usted sea capaz de entenderse con su vecino, cómo ha hecho, es que a leguas se nota que ese señor es todo lo que usted ha considerado intolerable.

-Usted lo dice por lo que dijo ahorita al desayuno, pero es una impresión engañosa, yo que he tenido tempo con él sé que es más complejo, de hecho, tiene mucho de parecido a su papá, con él seguro sí se llevaría mejor.

-sí señor, es como papá, por eso le digo, cómo hizo usted con él, porque con papá nunca fue capaz.

-Tendría que preguntarle lo mismo a él, cómo ha hecho para aguantarme y enseñarme a trabajar y ser como un papá para mí sin dejar de creer que en el fondo soy un malandro incendiario.

-Las relaciones humanas con una cosa muy rara, uno no termina de entenderlas, aunque eso es lo bueno, en parte vine por eso, desde que usted se metió en todo ese royo y le dio por venirse para acá he venido estudiando la posibilidad de novelar esto, hasta he tomado notas.

-La relación sería más rara si no existiera Mario, es por él que yo estoy acá, don Alcides le cree a Mario, en parte es por eso que me han ayudado con todo, porque si Mario confía en mí entonces se supone que ellos también lo pueden hacer.

-Entiendo lo que dice, Mario tiene que ver, eso es obvio, pero igual hay algo más, no es solo eso, si usted le hubiera caído mal a esta gente si no les hubiera generado nada de confianza seguro no lo estarían ayudando.

-Pues sí, eso también es cierto, todo es más complejo.

-Oiga y entonces, cuando empiece a coger la cosecha, esa plata que resulte es para usted solo o le toca partir con Mario o con don Alcides.

-La plata que quede, si es que algo queda, porque don Alcides dice todo el tiempo que no queda nada, es mía, Mario no ha puesto un peso y los vecinos tampoco, por eso le digo que no me puedo ir si coger la cosecha, tengo que recuperar lo que me gasté. Lo que metí sembrando acá, lo que me he gastado en la casa, en comida.

-Cuál comida si ni nevera tiene en esa cocina.

-Tan bobo, parce, que no cocine no quiere decir que no coma, obvio me he gastado plata en comida, yo pago lo que me como en la casa de los vecinos.

-Yo nunca me lo imagine a usted en estás, dizque con una finca, es que, parce, a usted hasta ir de campamento le daba pereza. Muy loco todo, si usted fuera de esos tipos que todo el tiempo está hablando de las matas que tiene en la casa sería más fácil de creer.

-Para que vea, parce, uno nunca sabe en dónde va a terminar. Anímese y se queda cogiendo la cosecha conmigo.

-Nada, ni viendo todo lo que sembró y así me diga que es fácil me pienso quedar a trabajar, vine a saludarlo, a ver con mis propios ojos en que se metió, a montar en bicicleta y a escribir, ahí traje el computador porque tengo que adelantar algunas cosas.

-Usted debería dejarme esa bicicleta, yo creo que a mí me sirve más por acá, hace tiempo que no monto.  

-Tan pendejo, no le digo pues que es una Specialized nueva, yo no le voy a dejar a usted una máquina de ese precio por acá, no tiene cuando, me hubiera dicho con tiempo y le hubiera traído una viejita que tengo en la casa que para hacer vuelticas por acá si aguanta.

-Entonces yo no me merezco nada bueno según usted, me toca es contentarme con los sobrados, muy chimbo usted. Es más, esa bicicleta debería es dejármela de regalo de confirmación.

-Cuál confirmación. Confirmación de qué.

-Cómo que de qué, pues de la iglesia.

-Usted no había hecho la confirmación, cómo así, yo hice eso cómo a los 12, un amigo de mi papá fue el padrino, un personaje ese señor, usted hasta lo debe conocer.

-Mi padrino va a ser don Alcides.

-En serio, parce, usted se vino por acá fue a jugar a la familia.

-Tan marica, cuál jugar a la familia, no se ponga a molestar con eso que se enoja mi mamá.

-Usted se trajo las cenizas de su mamá para acá.

-No, están el cementerio, allá en Tuluá.

-Bueno, pues muy lindo y todo lo que usted quiera el arrebato ese de hacer la confirmación, pero yo la bicicleta no se la pienso dejar.

-Usted no era así, David, qué le pasó, ser tacaño no es lo suyo.

-No, papí, no, conmigo no, así me diga tacaño la bici no se la dejo.

-Quédese entonces, espere a que haga la confirmación y me acompaña.

-Cuándo es, ya le dije que tengo cosas por hacer en Tuluá

-Debe ser por ahí dentro de tres semanas.

-Tengo que hacer un par de llamadas para correr unas fechas, igual fresco que si no me puedo quedar de todas formas yo vengo, mientras este saliendo con la muchacha de Manizales es posible que siga viniendo.

-De veranadero si le sirve, pero para quedarse a trabajar si no, que verracos los escritores.

-No me joda, Simón, diga mejor cuánto tiempo más me va tener caminando, ya estoy aburrido, camine para la casa otra vez, ya vi que sembró café y yuca y plátano y que ha trabajado mucho, ya le creo, vamos mejor y bajamos la bicicleta y la armamos y nos damos una vuelta, o vamos pal pueblito y nos tomamos unas cervezas.

-Entonces no trabajo hoy, pues.

-Parce, no tiene afán, priorice, está volviendo a ver a un amigo después de un montón de meses, eso es lo importante, eso es lo primordial.

-Tramador, parce, siempre queriendo ganar de labia.

-Pero entonces, vamos o no.

-Pues sí, camine.

Caminaron de regreso, David adelante y Simón atrás. David se miraba los tenis y se quejaba porque los había ensuciado. Simón recordó su primer día en ese lugar, se vio también pisando con cuidado, como si el suelo estuviera hecho de algo más que tierra y piedras. Recordó la cara de Alcides, esa mirada descalificadora, ese pesar que era casi desprecio. Entendió, solo ahí entendió cuan ridícula era la imagen y que tan comprensivo había sido su vecino que llamaba a todos los muchachos de ciudad gomelos perezosos.

En la casa Carmen vio a su vecino y a su amigo reírse como niños mientras armaban una bicicleta. Ella adelantaba el almuerzo y como siempre hacía les grito desde el corredor que si querían tinto. Ambos aceptaron el ofrecimiento. Carmen lo veía distinto, su amigo llevaba ahí un par de horas y ella veía en Simón otro semblante, veía a otra persona. Era verdad lo que decía Alcides, el muchacho no estaba hecho para quedarse en una finca.

-Doña Carmen, mañana vamos a ir al pueblo a comprar la ropa para la confirmación, David nos va a llevar en el carro, entonces podemos ir por la tarde, después del algo, hay que aprovechar que tenemos carro disponible, dijo Simón.

-A ver qué dice Alcides, si dice que sí, claro, porque acuérdese que el dijo que está semana no, que mejor la otra.

-Pues qué va a decir, que sí, él lo que quiere es evitarse los tumultos del día del campesino y vamos a ir es antes, o sea que sí, lo dejamos que maneje y todo a ver si todavía se acuerda, dijo Simón y de paso nos tomamos unas cervezas que quiere gastar el escritor.

En la expresión de David se notaba que la sugerencia de su amigo de estar soltándole el carro a otros no le gustaba mucho, disimuló tomándose un trago de tinto y dejó que Simón siguiera hablando.

-Y cómo vio las mejoras de Simón, sí se animó a quedarse trabajando con él, preguntó Carmen.

-Se nota que el hombre ha estado trabajando mucho, eso es innegable, yo de fincas y de cultivar no tengo ni idea, pero con lo que él me cuenta y con lo que se ve me quede sorprendido, es que yo a este de cafetero no me lo imagine nunca. Imagínese usted ese salto, mi señora, este si es verdad que dejó la universidad y se fue pal monte, Camilo Torres le quedó chiquito.

-Deje de decir bobadas y respóndale mejor a doña Carmen lo que ella preguntó, qué si se va a quedar o no.

-Pues eso hago, le voy a responder, pero si usted no me deja hablar entonces como hago.

-No, pues, tan sufrido el escritor, dijo Simón.

-Vea doña Carmen, no me voy a quedar, yo no estoy hecho para coger café, lo mío es escribir, por eso le doy la primicia de una vez, voy a escribir una novela que hable de un universitario que pasa de las calles y las protestas a sembrar café y ser un campesino trabajador.

-Así es el todo el tiempo doña Carmen, hablador y mentiroso, no le pare bolas.

-Pues es buena idea escribir un libro que ocurra por acá, para que otra gente sepa que existimos.

-Vea, sí ve, doña Carmen me da la razón, no es ninguna mentira, o es que usted cree que yo no soy capaz de escribir una novela partiendo de esto que estoy viendo acá y de su experiencia.

-Seguro sí es capaz, tiene que ser capaz, porque a eso es a lo que se dedica usted, lo raro sería que le quedara grande.

-Pero si se queda a trabajar va a estar más empapado del tema para luego escribir, dijo Carmen.

-Oiga, si oye, trabajo de campo, papi, eso sí creo yo que le puede quedar grande.

-No lleva dos años por acá y ya se cree duro, no parce, no, si me tocara trabajar por acá tampoco me le correría, pero el punto es que no me toca, lo que dice doña Carmen es cierto, por eso me voy a quedar dos semanas y puede que me meta al cafetal un día o dos.

-Será una novela mala, no le busque.

-Usted qué va a saber, espere y verá, yo me doy mis mañas.

-Al que no le va a gustar esa novela es a su papá, le va a decir que escribió un libro solo para lavarle la cara a ese puto terrorista urbano de mierda que lo único que hace es acabar con el país.

-Eso es poquito, papi, ese señor quedó putisimo con ese desmadre que ustedes armaron, ese edificio que quemaron parece que hubiera sido de él porque cuando lo menciona se apasiona y termina hecho un energúmeno.

-A los ojos de su papá todos lo que salen a la calle con una pancarta en la mano o gritan una arenga son criminales.

-Pues sí, pero acá el tema no es mi papá, el tema es la novela y si le gusta o no le gusta es lo de menos, ya ha leído otros libros míos que tampoco le han gustado.

Carmen volvió a la cocina y dejó a Simón y al escritor hablando de sus asuntos mientras armaban la bicicleta. No recordaba cuando había montado en una bicicleta por última vez. Cuando Alcides llegó a almorzar los muchachos ya estaban en la carretera probando los frenos que según decía Simón estaban desajustados.

Alcides dijo que él nunca había tenido una bicicleta, contó que aprendió a montar en una monareta que tenían unos vecinos. Para Carmen fue la misma historia, en su casa el papá nunca compró una bicicleta y ella sus hermanas montaban en la de un primo que las visitaba en vacaciones, él les había enseñado a todas. Simón les explicó a sus vecinos que además de escritor David tenía un almacén de bicicletas y se la pasaba montando. Alcides agarró la bicicleta y la miró de cerca, la levantó y el peso de la misma lo dejó boquiabierto, le preguntó al escritor si podía montar y este asintió. Alcides se subió y pedaleó con cierta dificultad, como si le estorbaran las botas o le pasara factura la falta de práctica. Subió hasta La Soledad y volvió a bajar, estaba haciendo calor, le entregó la bicicleta a Simón y se limpió el sudor de la frente. El escritor le preguntó a Carmen si ella también quería probarla, Carmen se negó y le dijo que la guardaran mejor y se sentaran a almorzar y entró a la cocina para empezar a servir.

-Mijo, Simón dice que mañana vamos por la tarde a comprar la ropa para confirmación.

-Yo no tengo plata, ese café todavía no está seco, dijo Alcides.

-No importa, don Alcides, vamos con el escritor, él nos va a regalar el estren para ese día, afirmó Simón, mirando divertido a David.

-Entonces él es el padrino, dijo Alcides, serio.

-No señor, el padrino es usted, yo ya no le había dicho pues que iba a ser usted.

-Cuándo, yo no me acuerdo.

-Claro, el mismo día que hablamos con el cura.

-Ah bueno, vamos pues, no le adelantamos al día del campesino, pero si yo voy a ser el padrino yo compro la ropa.

Simón ya sabía que su vecino era terco y no quiso intentar convéncelo de otra cosa, siguieron comiendo y hablando del escritor y sus impresiones después de ver las mejoras que su amigo había sembrado.

-Pues yo de fincas no entiendo nada, pero oyendo hablar acá al personaje mientras le seguía el paso por esa loma me quedó claro que trabaja con gusto. Y para que vea usted Simón, en eso si estarían de acuerdo mi papá y usted y don Alcides seguro también, es mejor si se trabaja con gusto.

-Pero no todo el mundo puede.

-No me explique maricadas, Simón, yo ya sé que muchos hacen lo que les toca y que para sentir gusto no hay espacio. Solo digo que usted trabaja acá con gusto y que eso es más de lo que yo hubiera podido esperar.

Alcides no dijo nada, pero asintió, a veces estaba incomodo, la plata no alcanza, la cosecha no era suficiente o la pagaban mal, sin embargo, lo que hacía le gustaba, la tierra le importaba y sentía que la entendía. Tal vez Simón había empezado a sentir eso que sentía él, sí era así el muchacho no estaba perdido, no estaba en el lugar equivocado.

Siguieron comiendo en silencio hasta que Carmen les ofreció dulce de guayaba. El postre comentó el escritor, animado, diciendo que sí quería. Alcides y Simón también aceptaron. Según Carmen cuando la cosecha comenzará no iba a quedar tiempo de estar haciendo dulces. La cosecha ya iba a llegar, faltaba poco.

En la casa con el colchón tirado al lado del catre y las cobijas dobladas a lado de un par de almohadas David se acomodó y sacó el computador del maletín, le pidió a Simón que le conectara el cargador.

-Quiere que le lea las notas que tengo de la novela, son corticas. He pensando en él orden de los capítulos que serían tres, comenzando con la llegada del muchacho de la ciudad al monte y terminando con el regreso del muchacho a su día a día.

-Por qué volvería el personaje, porque no se queda.

-No sé, parce, como le digo, de momento son notas solamente. Por ejemplo, si el personaje se fuera a quedar tendría que tener un motivo, algo que lo haga quedar.

-Quedarse no será un motivo en si mismo. Es decir, el muchacho se queda en el monte porque no quiere volver a la ciudad, de momento no le provoca, no siente que deba volver, no cree que eso es un motivo.

-Podría ser, claro que para eso habría que empezar a escribir, aunque a mí me gusta más la idea de que el muchacho vuelve, no la ciudad de la que se fue, pero sí a otra.

-Usted no tiene más de qué escribir.

-Siempre tengo mucho de qué escribir, tengo libretas llenas de notas, temas muy variados, entre tantos este me interesa.

-Comprendo, parce, pero igual no me lea nada mejor. Luego mejor si de verdad la escribe entonces la leo, me voy a cepillar.

-hágale, yo voy a terminar de revisar un texto que tengo que enviar mañana. Yo creo que me toca ir al pueblo a buscar internet.

Simón fue al patio y se cepillo en el lavadero, caminó de un lado a otro y con la mano que tenía libre bajó de la cuerda el par de camisetas y los pantaloncillos que tenía colgados. Estaba grande la luna y el cielo despejado.

-Oiga, Simón, venga, quiere ver fotos del edificio que quemaron. Eso lo hicieron de nuevo y quedó irreconocible, parce, acá tengo varias.

Simón entró al cuarto y dejó la ropa en un baúl viejo que también le había prestado Alcides.

-Muestre.

David se levantó del colchón sosteniendo el computador en la mano izquierda mientras con la derecha movía el cursor. Simón observo la pantalla en silencio. Tenía tan clara la situación de esa noche que viendo esa fotografía se podía ver a él corriendo de un lado a otro.

-Sí ve, quedó mil veces mejor que como estaba. Y las fotos de eso quemándose, si se acuerda. Esas las están usando todavía. Por ahí hay un pelao haciendo campaña al concejo y usa esa imagen.

-Qué dice, para que la usa.

-Dizque la llama de la esperanza sigue viva.

David esperó que Simón dijera algo y no dijo, siguió observando las pantallas del computador.

-Vemos una película acá tengo varías, o qué, o ya se quiere acostar. Vivir acá sin televisor ni nada, yo no sería capaz, muy aburridor.

-Pero qué películas tiene, algo bueno o esas vainas aburridas y lentas en las que no pasa nada, yo no sé a usted porque le gusta eso.

-Tengo comedias.

-Hágale, ponga una de esas, pues.

-Eso, parte, espere y vera.

Simón se acomodó en el catre y David se sentó al lado, se recostaron en la pared y pusieron en el computador en medio de los dos.

-Quién hizo esas fotos del edificio.

-Las saqué yo.

-Traiga esa cámara el día de la confirmación, para que nos quede la foto de ese día.

-De una, parce, de una.

En la casa del frente Carmen y Alcides apagaban las luces de la casa para acostarse a dormir.

-Será que le pasamos muy poquitas cobijas a ese muchacho, de pronto le da frío.

-No creo, Simón le preguntó que si necesitaba más y él dijo que no.

-Yo creo que lo van seguir visitando, si ya vino este seguro vendrán más.

-Pues sí sigue ahí seguro sí, hay que armarle otra cama allá. 

-Que pesar cuando diga que se va a ir, dijo Carmen acomodando la cabeza en la almohada y cerrando los ojos.

-Sí, da pesar, pero bueno, así es. dijo Alcides, en tono muy bajito.

Carmen no respondió, se quedó si saber sin lo había escuchado.

Fragmentos 2

La futilidad de las risas en ciertos espacios particulares, tan difíciles de clasificar y casi siempre imposibles de aprehender. ¿Quién pod...