Capítulo
3
El
corredor de la casa se veía muy diferente desde que había empezado a sembrar el
jardín. Carmen sabía lo que hacía y él se dejaba guiar. Amarraba materas en
donde ella le indicaba. Cortaba cabuya o alambre, dependiendo del tamaño de la
matera que tuviera que asegurar de la chambrana. Cuando por fin Carmen dijo que
ya no hacían falta más matas, Simón descansó. Antes de empezar subestimó la
tarea, luego se dio cuenta que no era fácil. Le costó sudor y uno que otro
rasguño lidiar con el alambre y las materas improvisadas con ollas vieja. Al
final valió la pena, la casa se veía colorida y lucía menos abandonada que
antes.
Además
de las matas y sus flores los arreglos en el piso y las paredes eran notorios,
principalmente porque ni Simón ni Alcides eran carpinteros y aunque los
trabajos si se habían hecho eran más funcionales que estéticos. De lo hecho por
ambos lo que peor lucía eran las bancas que armaron con la madera que les sobró
y que dejaron ubicadas en el corredor.
Hasta
pena da verlas, dijo Alcides cuando las terminaron, pero bueno, por lo menos
para sentarse sirven. Simón le dijo que luego las pulían y sonó bien cuando lo
dijo, aunque nunca lo hizo y ahí estaba sentado el muchacho en esa banca
choneta desgranando frijol.
Esa
era la segunda cosecha que desgranaba sentado en esas mismas bancas. La primera
intentó venderla en los graneros del pueblo y como le había dicho Alcides desde
un principio, no era fácil comercializar algo que no fuera café. No importaba
la calidad del frijol, los graneros seguían ofreciendo poco. Ellos quieren que
usted se los regale, decía Alcides y como era cierto Simón prefirió comprar un
par de canecas de plástico para almacenar el frijol en su casa hasta que se lo
terminaran de comer.
Por
eso esa segunda cosecha la estaba desgranando toda para enviársela a Mario. Él
verá si se la come, si la vende en la tienda, si la ofrece en la galería, él
que haga lo que quiera con esto, dijo Simón. Iba a aprovechar que uno de los
amigos de Mario estaba de paseo en La Soledad para mandar los bultos con él.
Además
de aprovechar que el café estaba pequeño para sembrar el frijol Simón también
sembró maíz. Tiene que lograr ahora porque cuando ya el café este grande no
queda tanto espacio para sembrar, le recomendó Alcides. Todo el maíz lo cogieron
niñito y comieron arepas y tortas de chócolo durante semanas. Desgranar el
chócolo no era tan fácil, tocaba usar cuchillo y ayudarle a Carmen a moler para
que no le tocara todo a ella sola.
Esa
mañana mientras Simón vaciaba vaina tras vaina, Alcides cargaba leña y Carmen
pelaba una gallina en el lavadero.
-Por
qué una gallina, es que viene visita, preguntó Alcides.
-Cuál
visita, no señor, esta es para nosotros para celebrar el aniversario.
-Aniversario
de qué.
-Cómo
qué de qué, mire a ver si se pone pilas. Aniversario de casados, mijo, de qué
más.
-Aniversario
de matrimonio, vea pues, pa más usted que se acuerda de esas cosas todavía.
-Hasta
Carmen, me deseo feliz aniversario hace rato que hablamos, imagínese, hasta
ella se acuerda.
-Bueno,
menos mal traje harta leña pa que le meta candela sin miedo a esa gallina, que
no vaya a quedar dura.
Más
tarde mientras almorzaban los tres Simón quiso saber cómo era que sus vecinos
se habían conocido y como resultaron en matrimonio.
-Venga
le cuento yo, porque si le cuenta Alcides le sale con que ni se acuerda. Cómo
le comenté antes, en la casa mía, siempre se pensó que las hermanas mías y yo
estábamos para ser buenas esposas, portarnos bien y saber hacer oficio, pero,
aunque pensaban eso igual todas nos graduamos el colegio. Nos decían mucho que
estudiar era importante porque así íbamos a saber escoger marido. Un buen
marido decía la mamá mía, un buen marido según ella era un hombre que no fuera
jornalero. Para que vea usted y ni dándome estudio consiguieron que yo eligiera
un marido al gusto de ellos, porque vea terminé con Alcides, uno de los tantos
jornaleros de la finca de papá.
Las
hermanas mías y yo comíamos adentro, nunca nos dijeron por qué, aunque todas
sabíamos que era dizque para cuidarnos. Mamá era rara, quería que todas
consiguiéramos marido y tuviéramos hijos, pero nos escondían de los poquitos
hombres con los que nos podíamos terminar casando. Es como si ella y papá
creyeran que nosotras, sus hijas, éramos mejores que el resto de la gente de
por acá, una bobada. Mamá estaba
convencida de que hasta la finca iban a llegar doctores o ingenieros que se
iban a enamorar de nosotras y nos iba a llevar a vivir a la ciudad.
-Es
que esa debe ser la ilusión de todos los papás y las mamás, que a los hijos les
vaya bien. Que no sufran, seguro por eso su mamá creía que con un doctor o un
ingeniero iba a estar mejor.
-Puros
cuentos, Simón, mijo, eso son puras telenovelas. El hombre rico que salva a la
muchacha pobre, meras mentiras. Igual sí, mamá creía que eso funcionaba.
-Yo no
me acuerdo mucho de la mamá de ella en esa época, casi ni la veía. Con el papá
era distinto porque con él si trabajamos en cafetal y todo. Un tipo verraco.
Hablaba mucho de sus hijas, estaba orgulloso de ellas. Por él, les hubiera dado
universidad a todas, voluntad tenía, plata no. Era buen tipo. De ese tiempo
también me acuerdo que Carmen me miraba y me sonreía con picardía. Me gustaba
ella, aunque en esa casa uno no sabía a quién mirar, Simón, hermano, todas esas
muchachas bonitas yendo y viniendo por esos corredores pelando porque la una
había agarrado la peineta de la otra o porque las otras le habían embolatado el
lapicero
-Dizque
le gustaba, pero los fines de semana cuando yo subía al pueblo con las hermanas
mías, por allá lo veía con una vieja diferente cada vez, un mujeriego
desesperado, dijo Carmen en son de reproche.
-Pues
es que uno no se puede quedar ahí montado en la sonrisa de una muchacha bonita
y pensar que con eso ya tiene algo con ella, por ahí nos mirábamos, muy linda
ella, pero ni siquiera habíamos hablado ni nada. Me gustaba Carmen, claro que
sí y también me gustaba las muchachas del pueblo y con ellas si hablaba. O
usted qué dice, Simón.
-Pues
si no habían hablado ni nada, usted hasta tiene la razón, no se lo vaya a tomar
a mal doña Carmen.
-Entre
los hombres se dan la razón, eso es normal, dijo Carmen sonriendo, mejor le
sigo contando. Alcides siguió trabajando con papá y pues ahí seguimos viéndonos
de lejos y de a poco empezamos por lo menos a saludarnos. Por esa época también
iba a la casa un agrónomo que se inventaba lo que fuera para justificar sus
visitas que tenían más que ver conmigo que con las recomendaciones técnicas del
comité de cafeteros. Mi mamá andaba feliz, atendía a ese muchacho como si fuera
el sacerdote. Un ingeniero agrónomo, eso sí es lo que se llama un buen partido
decía mi mamá. Usted no se imagina el problema cuando le dije que a mí no me
gustaba ese así fuera estudiado que a mí el que me gustaba era Alcides.
-Pero
usted le dijo eso a su mama, doña Carmen sin haber hablado todavía con don
Alcides, preguntó Simón.
-No,
él y yo ya habíamos hablado, varias veces, no mucho, porque casi que tocaba a
escondidas, pero claro, ya sabíamos una que otra cosa el uno del otro.
-Y
quién dio el primer paso, preguntó Simón.
-Pues
quién iba a ser, yo, me tocó a mí.
-Con
esas muchachas tan bonitas y uno todo mugroso y sudado, con el papá al lado, no
había posibilidad de que yo me arriesgara, otros sí, otros se tiraban el aventón,
pero el domingo los veía uno buscando trabajo en otra finca porque los sacaban ventiados
de allá.
-Puras
excusas, le daba pena, pero a mí no me dio pena. Le hablé un día por la tarde,
antes de comer, lo tenían empacando y café y yo fui y le pregunté por el nombre
de una canción que él cantaba, yo sabía cómo se llamaba la canción, pero igual
era una buena excusa. Yo me había dado cuenta de que le gustaba cantar, en el
cafetal mientras trabaja, cantaba vallenatos y cantaba lo más de lindo, me
gustaba oírlo. Así fue como empezamos a hablar. Esa misma semana hasta un
casete me trajo, meros vallenatos.
-Oiga, don Alcides, pero usted ya no canta
vallenatos, yo no lo he oído, dijo Simón.
-Eso
era cosas de palao, a uno viejo ya se le olvida todo, pero en esa época si me
sabía muchos vallenatos, estaban de moda y sonaban en todas las emisoras, la
gente del tiempo de nosotros oyó baladas y vallenatos al mecho. Ahora no, ahora
es mero dizque reguetón, aunque bueno también música de cantina porque esa no
pasa de moda, pero ya ni ponen la música vieja sino puras canciones de esos
cantantes nuevos que no tienen canciones tan buenas como las de antes, puras
recochas, dijo Alcides.
-A mí
es la verdad que el vallenato no me gusta.
-Lo
que le digo, los jóvenes escuchan pura música maluca.
-Ojalá
la discusión hubiera sido por música, eso se soluciona fácil, porque a la hora
de la verdad cada cual oye lo que le gusta. Lo difícil no fue eso, fue mamá.
Ella se puso muy brava y no solo se enojó conmigo sino también con las hermanas
mías, dizque porque ellas sabían que yo hablaba con ese arrancando y ella
sabían y me hacían cuarto. Era verdad, pero igual, pobrecitas ellas aguantados
regaños por nada.
-No,
mijo y el problema no fue solo para ella, para mí también. Eso no fue sino que
ella le dijera a la mamá que yo le gustaba y ahí mismo me sacaron de allá. Al
otro día me dijo el papá que no volviera, me pagó los dos días de trabajo y
listo. Fue muy amable. Yo no tenía ni idea de porque me estaba sacando. Yo con
usted no tengo ningún problema, usted es berraco, pero eso sí, la mujer mía no
lo quiere ver, pero no se aburra hermano, no se aburra que lo que es pa uno es
pa uno, me dijo el papá de ella.
-Así
fue, y pasaron muchas más cosas, pero no se lo voy a alargar porque que pereza
empezar a parecernos a una telenovela. Lo que sí es que nos seguimos viendo,
aunque a mí mamá no le gustara. Yo seguía tragada de él y así hubiera más
hombres por ahí yo quería era estar con él. Luego nos pusimos serios porque así
tenía que ser, nos fuimos a vivir juntos, aunque mamá hiciera un escándalo y a
Alcides le tocó aprender a comportarse como un señor comprometido y le tocó
tomar menos y olvidarse de las viejas con las que se la pasaba, luego nos
casamos, cuando yo sentí que sí, que si podíamos hacer una vida juntos y de eso
hace hoy 20 años.
-Ni
parece que hubiera pasado tanto tiempo. Aunque ella exagera, no fue mucho el
cambio para mí, tampoco es pues que yo viviera de borrachera en borrachera.
Cuando empezamos a vivir juntos nos fuimos a administrar una finca. La mamá de
ella estaba furiosa, que darle estudio a una hija para que terminara por ahí de
agregada, decía. Se demoró un montón de tiempo en ir a visitarnos y todo. Tocó
comer mierda en esa finca, quedaba en la puta mierda, igual tiramos aguante y
de allá salimos con unos pesos que nos sirvieron para comprar acá, dar la
primera parte por lo menos. Si ve, mijo, 20 años de casados, trabajando y
jalando pa delante juntos. Hace falta tener con quien. Usted en cambio sigue
ahí de cusumbo solo, sin hacer el intento, dejando las cosas a medias. A la
muchacha del almacén allá en el pueblo no le volvió a salir, yo no sé esa mujer
que le hizo, no hace sino preguntar por usted cada que me ve. A la hija de doña
Gladis nada que la invitó a algo. Muy dormido.
-Es
que no hay afán, don Alcides, no hay afán. Algo tiene que resultar, no dice
pues usted que su suegro le dijo que lo que es pa uno es pa uno. Si hay algo
para mí, por ahí tendrá que aparecer.
-Ah
bueno, eso sí es verdad, dijo Carmen, aunque quién sabe cuánto tiempo haga
falta.
-Y
hablando de tiempo, lo malo del aniversario es que sea cada año no más, dijo
Simón, porque este sancocho está muy rico.
-Resultó
gallinero también el berraco, dijo Alcides, esta gente de ciudad, si quisiera
es comer gallina a toda hora.
-Pues
si le gusta debería tener unas gallinitas usted también, dijo Carmen divertida
por el comentario de Alcides.
-Oiga
sí, sí mija sí, tiene razón, Simón debería hacer un gallinero allá en el patio,
un cajón, o algo así con esos orillos que tiene, pa que se engorde unos
pollitos gigantes y unas gallinas también, ahí tiene para que comamos y para
que venda, así gasta ese maíz que va a coger, porque yo ya no quiero volver a
comer arepa de chócolo todos los días. La cosecha pasada nos la comimos toda
nosotros y no dejamos secar ni un grano.
-Un
gallinero con cuáles orillos, preguntó Simón.
-Cómo
que cuáles orillos, pues esos que tiene allá en el patio tapados con unos
plásticos. Eso hay que gastarlo antes de que se dañe.
-Yo
creí que eso ya era leña, que eso ya no se construía nada.
-Pues
trabajar con tablas es mejor, pero viendo que ya están esos orillos ahí, pues
se pueden usar, con eso hacen de todo, hasta muebles y cabañas ve uno hechas
con eso en Pensilvania.
-A mí
no me suena como mucho la idea de ponerme a tener animales, pero si usted me
ayuda a hacer el gallinero hasta me animó, dijo Simón.
-Bendito,
mijo, yo no le ayudo otra vez, de pronto le indico como tiene que comenzar y no
más, como me fue de mal ayudándole a arreglar esas goteras. Usted es muy
ordinario para trabajar, si esa vez hubiera amarrado bien esas guaduas yo no me
hubiera enredado y caído así, de puro de buenas fue que no me jodí.
Esa
caída a la que hacía referencia Alcides le dejó un dedo descompuesto y un día
sin meterse al cafetal.
-Qué
le pasó, gritó Carmen cuando sintió el estruendo y salió apresurada de la cocina
para ojear la casa de su vecino.
-Me
enredé y me golpie, dijo Alcides disimulando el dolor para restarle importancia
al incidente, como si la rabia por el golpe no le hubiera obligado a gritar
hijueputa con tanto enojo.
-Muestre
a ver, dijo Carmen.
Alcides
le mostró el dedo que se ponía morado y empezaba a hincharse
-Cómo
fue que se pegó pues, se dio con el martillo.
-Nada,
no le digo pues que me enredé, este marica dejó flojas esas guaduas, dijo
Alcides, señalando a Simón que había dejado lo que estaba haciendo para mirarle
el dedo a su vecino.
Llegadas
las ocho de la noche el dedo de Alcides parecía un trozo de morcilla y Carmen
le hacía pañitos con agua de caléndula para que le bajara la hinchazón.
-Eso
seguro está descompuesto, si fue así como usted dice que puso la mano para no
caerse y que el dedo se le volteó de para atrás, eso debe ser que se
descompuso. Ahora a buscar quién lo sobe.
Simón
escuchaba a su vecina, pero no entendía muy bien de que hablaba, descocía el término
que utilizaba. Según ella Alcides no tenía ni una fractura, ni un desgarre, ni
un esguince sino una descompostura.
-Cómo
así que descompuesto, entonces es grave, doña Carmen, voy y pido el caballo
prestado para que llevemos a don Alcides al hospital, preguntó Simón.
-No,
mijo, cuál hospital, los médicos no saben de descompostura, ellos hasta lo
regañan a uno porque visita a los sobanderos, dizque porque es peor, dicen
ellos, pero puro cuento, si uno está descompuesto con una sobada tiene.
-Y
entonces dónde consigue uno un sobandero, preguntó Simón.
-Sobanderos
mijo, eso es lo que hay, vaya usted a La Soledad y pregunte por un sobandero y
verá que todos le recomiendan a uno distinto porque a todos les sirvió más uno
que él otro, vaya donde don Pacho, no mejor donde don Pompilio, no mejor donde
don Lisandro, no mejor donde don Querubín y así todos tiene un hombre distinto,
dijo Alcides, todos tienen un sobandero de confianza.
-Bueno,
pero entre eso tantos cuál lo va a sobar a usted don Alcides, es que mire como
tiene ese dedo, está hinchada la mano completa.
-Donde
cualquiera, mijo, yo voy donde cualquiera, ahí en la soledad hay uno, él ya me
a sobado a mi varias veces, don Eliberto, ese señor es un berraco para eso. Él
me arregla espere y verá, tranquilo mijo que esto no es nada grave, dijo
Alcides, yo sé que usted se preocupa porque si hubiera amarrado bien las
guaduas de ese parapeto no estaríamos en estas, pero no importa, tranquilo que el sobandero sabe.
-Deje
de decirle eso, mijo, no sea así, no hay necesidad de hacer sentir mal a Simón,
dijo Carmen.
-Pues
no es para que se sienta mal, es para que sepa que amarró mal las guaduas, que
las tienen que amarrar bien si no se quiere aporrear también él.
-Lástima
que ya no esté don Efraín, dijo Carmen.
-Quién
es don Efraín, preguntó Simón
-El
mejor sobandero de todos estos pueblos por acá, a ese señor venía a buscarlo
gente desde Manizales, con eso le digo todo, un berraco ese señor, tan berraco
que cuando él se aporreaba el mismo se componía.
- ¿El
mismo? ¿cómo así?
-Claro
mijo, en vez de ir donde otros sobanderos él se sobaba y no le digo mentiras,
porque yo lo vi una vez, respondió Alcides.
-Pero
cómo iba a hacer eso, es que no le dolía o qué, o es que eso no duele.
-duele,
eavemaría mijo, duele como un putas, es que una cosas es lo que yo le diga y
otra cosa sentir, eso más de una persona berraca que yo he conocido se desmaya
y todo cuando la están sobando, dijo Alcides mientras se miraba el dedo
hinchado, Carmen hacia lo mismo, mirar la mano de su esposo.
-Entonces
como hacia el señor para sobarse y aguantarse el dolor, yo si lo quiero ver,
ojalá tuviera una cámara para grabarlo, dijo simón, pensado que por primera vez
en mucho tiempo empezaba a sentir que la tecnología le hacía falta.
-Eso
si ya no se va a poder Simoncito, ese señor quien sabe para dónde se habrá ido,
quién sabe dónde estará, dijo Carmen lamentándose, primero dijeron que se había
ido para Tuluá, pero yo no creo, ese como que los hijos se lo llevaron para
Estados Unidos.
-Un
señor que se compone a él mismo cuando se aporrea, el autosobandero, me dejaron
con las ganas de ver eso. Pero entonces, el otro señor don Eliberto, lo
encontramos ahora, vamos de una vez a buscarlo o qué.
-No,
hoy ya no, ya está muy tarde, a esta hora ya está dormido ese señor, dijo
Carmen, ya será que vaya mañana madrugado, de momento mejor nos acostamos a
dormir, eso con estos pañitos de caléndula le deshincha.
Al
otro día buscaron al sobandero y como Alcides lo había dicho le arregló el dedo
sin mayor dificultad, le recomendó no trabajar ese día para que no se lastimara
y Alcides hizo caso a medias, porque, aunque no cogió café se pasó el día
revisando que Simón si arreglara bien el techo de la casa
-Yo ya
ni me acordaba de eso, don Alcides, créame, pero no, usted tiene razón lo mío
no es la carpintería, ni la construcción, ni criar gallinas tampoco, dejemos
así mejor, con la gallina cada año por aniversario estamos bien.
Además
del sancocho de gallina, el día, aunque de aniversario, fue un día ocupado como
cualquier otro. Carmen lavó un tendido. Alcides desyerbó y Simón abonó. La
cosecha estaba cada vez más cerca y ya empezaban a aparecer las complicaciones
propias de ese momento. Según su vecino iba a tener que contratar trabajadores
porque él no iba a ser capaz de coger el café solo. Cuando ese café se madura
no da tiempo de nada, decía, Alcides. Las heldas eran otro asunto, según su
vecino, le iba a tocar secar el café en silo. Por la noche sentados en el
corredor Alcides le explicó a simón que construir heldas le iba a salir muy
caro. Mano de obra, materiales, buscar el lugar porque sí la hacía en el patio
se tenía que quedar sin patio, y eso lo iba a tener que consultar con Mario.
-Buenas
noches, qué se dice pues. El saludo venía desde la carretera, Alcides se puso de
pie para ver de quién se trataba. Se había movido con brusquedad espantando si
querer a las polillas que revoloteaban alrededor del bombillo del corredor.
-Entonces,
guama, mijo, cómo va todo, venga, éntrese y toma tinto pues, hágale sin miedo
que el perro no muerde, dijo Alcides.
-Cuál
perro, don Alcides si acá no hay perro, reparó Simón en voz baja.
-Es un
decir, un decir no más, él me entiende.
Guama,
se llamaba Camilo, pero en todas partes le decían guama y a él parecía gustarle
el apodo, si no era así tampoco le incomodaba.
-Yo
antes de llegar al patio de cualquier casa, mejor saludo así de lejos porque
uno no sabe en donde tiene perros bravos, dijo guama animado, además a mí como
me ha ido de mal con los canchosos, ya hasta perdí la cuenta de todos los que
me han mordido.
-No,
mijo, tranquilo que aquí hace tiempo que no hay perro, pero lo que usted dice
es verdad, es mejor avisar porque por acá hay unas fincas en las que tienen es
puras fieras. Es que sí uno se empendeja se lo comen vivo.
-Es
verdad, don Alcides, los Gorgona no más, allí abajo, yo no sé si usted se dio
cuenta lo que les paso con el perro que consiguieron. Una cosa horrible.
-Los
Gorgona, claro, yo se quiénes son, pero qué pasó, cuente a ver que yo no sé, no
me conozco el chisme. Pero siéntese, mijo, que usted no crece más, y qué más va
a crecer este berraco, vea eso, casi dos metros, verriondo tan largo. Carmen,
mija, sírvale tintico a guama.
-Deje
yo le traigo, dijo Simón y se fue para la cocina.
-Qué
pena, hombre ponerme a molestarlo, dijo guama.
-No,
mijo, cuál molestia, a Simón le encanta la cocina, uste tranquilo, eche el
cuento mejor, qué fue lo qué pasó, dijo Alcides.
-Bueno,
le cuento pues: Don Juan Gorgona se fue para las ferias en Marquetalia a vender
una vaca y allá en lugar de negociar la vaca terminó comprando un perro, un
pulgoso ahí que no era ni de raza ni nada, dizque el que se lo vendió se lo
garantizó, le dijo que ese animal para el cuidado de la casa era lo que había,
que con ese animal podía dejar el café en el corredor y la herramienta en el
patio y que no se le perdía nada, que con ese perro podía dejar las puertas sin
tranca y que nadie se le iba a meter. Don juan se vino con el perro todo
contento, que ahora sí no se les iba a volver a perder una gallina más, a ver qué
cara van a poner los malparidos gallineros cuando se estén encaramando al
gallinero, decía don Juan en la casa, orgulloso de su perro.
-Pilas
se quema que está caliente, dijo Simón interrumpiendo a guama.
-Dios
le pague, respondió guama y puso el pocillo sobre la mesa.
Carmen
estaba en la cocina vigilando la olla en la que hervía leche y por eso no había
salido.
-Bueno
le sigo contando, en esa casa andaban todos contentos con el perro que porque
muy ladrador y que no se le pasaba nada, que no se habían vuelto a perder las
gallinas y hasta buena para la cacería había resultado el chandoso, el problema
es que la dicha no duró ni un mes. Resulta que una tarde cuando don Juan llegó
del cafetal y fue a echar el café en la tolva ese animal sin darle tiempo de
nada se le fue encima y se le colgó de un brazo, encarnizao, la cosa más
horrible, y no lo soltaba y don juan bregándoselo a quitar se fue al suelo y
pues peor porque el animal hecho una bestia le tiró fue a la cara y ahí fue
donde uno de los trabajadores, ese pelao James, uno de los Mejías, el menor,
sacó el machete de la cubierta y se lo puso en la nuca al perro y ustedes no me
va a creer pero la cabeza voló a la puta mierda y pues ahí quedó, a mí me tocó
hacer el hueco para enterrar al perro y don Juan pues por allá adentro con la
mujer que le estaba limpiado esa herida en el brazo y en los dedos.
-Yo no
me sabia esa, dijo Alcides, si ve Simón y usted que no cree que los perros son
bravos, son capaz de matarlo a uno mijo.
-Eso
dizque fue un tapao porque según me dijeron a mí el señor vendió el perro fue
por eso, por bravo dizque ya le había matado unos terneros y todo al señor,
pero eso no se lo dijeron a Juan cuando compró el animal, lo cierto fue que ahí
perdió la plata y ahí está yendo al médico por esa mordedura, porque eso como
que no está sanando.
-Pero
lo mordió en el brazo no más, o alcanzó a morderle también la cara, preguntó Simón.
-Solo
el brazo, la herida no era grande, pero si estaba muy fea, pues le estoy
hablando de ese día que yo la vi, porque yo no he vuelto a verme con don Juan,
yo trabajé allá esa semana y ya me fui otra vez a trabajar con papá. Pero me
dijeron que igual lo tienen tomando pastas y le pusieron inyecciones o vacunas,
no sé, cosas de esas.
-Bravo
el perro, pues, que hijuputa, pero bueno, mijo, usted qué hace pues por ahí, de
noche y sin linterna ni nada.
-Y
paqué linterna con esta belleza de luna que está haciendo don Alcides, además
con lo caras que están las pilas, toca es hacerlas rendir.
-Compre
una de esas recargables, salen buenas, acá tenemos una y funciona lo más de
bien, eso sí, no la puede dejar caer porque hasta ahí llegan, dijo Alcides.
-Por
eso es que no me gustan, por delicadas, dijo guama, pero bueno igual la
linterna es lo de menos, lo importantes es que ando repartiendo invitaciones
pal matrimonio, don Alcides.
-Cómo
qué matrimonio, mijo, eso de quién.
-Pues
mío, de quién más va a ser, ya me llegó la hora, respondió el muchacho.
Cuando
la leche por fin hirvió Carmen salió al corredor, saludó a guama y se sentó al
lado de Alcides, le quitó de las manos la invitación y la ojeo con cuidado.
-Ay
mijo, tan bueno, felicitaciones, Dios los guardé, vea lo curioso, nosotros
justo hoy estamos de aniversario.
-Dios
le pague, doña Carmen, por allá la esperamos, si Dios quiere, bueno y sigo
porque todavía me falta repartir un poco, hasta mañana y feliz aniversario.
Guama
se marchó y Simón y sus vecinos quedaron en el corredor observando las
invitaciones y comentado la visita.
-Ah
comprar regalo, mijo, dijo Alcides.
-No,
yo no compro, yo meto uno billetes en un sobre y listo.
-No,
Simón, eso es muy feo, el regalito es mejor, más bonito.
-Feo no,
doña Carmen, practico, así es mejor, eso es lo que se usa ahora.
-Allá
son varios hermanos, todos solteros, espere y verá que los otros al ver que
este se organizó van a casar también. Antes de que ser termine el año van a
estar casados todos. Lo que vamos a tener es fiestas.
-Yo no
sabía que eran varios, además de guama solo conozco a Gabriel, son muy
parecidos.
-Claro,
son cinco, en esa casa no supieron que fue tener una hija, todos son así
parecidos, altos y pajilientos, yo ni sé a quién le salieron tan altos, viendo
que el papá es bajito y la mamá también.
-Pero
vea lo querido ese muchacho, si ve, le trajo invitación a Simón también,
cualquier otro nos hubiera invitado a nosotros no más, dijo Carmen.
-No,
mija, es que ellos se conocen, han hablado y todo, el otro día en el combite pa
arreglar las carreteras se la pasaron echando cuento y no hicieron nada.
-Verdad,
Simón, vea pues, yo no sabía, yo creí que no lo distinguía por ahí de vista no
más.
-Yo
había hablado con él una vez allá en el billar en La Soledad, una noche que me
quedé esperando a que don Alcides terminara un chicho, me cayó bien, es muy
charlador. Habla de gallos, de cacería, de fútbol, es entretenido escucharlo.
-Ah
sí, a ese le gustan mucho los gallos, en la casa tiene varios, eso ha ido a
galleras al Fresno y La Dorada y hasta a Manizales, explicó Alcides.
-Pobrecita
la muchacha con la que se va a casar entonces, porque si va a seguir así
entonces esa muchacha va a sufrir mucho. Cómo es de horrible eso, uno fines de
semanas enteros en una casa dizque porque el marido anda buscando lo que no se
ha perdido en quién sabe dónde y con un gallo debajo del brazo.
-Tan
exagerada, mija, eso no es así, las galleras grandes y lejos no son todos los
días, eso es de vez en cuando.
-Claro,
por eso era que usted antes vivía perdido todos los fines de semana.
-Eso
fue hace mucho, ya tiene tiempo de ser mentira.
-Si,
hágase el bobo que así se queda, menos mal que a mí no me han temblado las
piernas para nada, porque si no me le planto en serio y le pongo su tatequieto
ahí seguiría jodiendo con gallos.
-Uy,
don Alcides, cómo así.
-La
vida de casado tampoco es fácil, mijo, tiene sus compliques, pero de todas
formas lo ayuda a uno a poner los pies en la tierra y le sirve para ponerse
metas, es más lo bueno que lo malo, por eso es que yo le digo, usted tiene que
ir pensando en organizarse, ir buscando novia y casarse, así como guama. Casado
es más fácil. Con decirle que a un soltero no le dan una finca para que la
administre.
-No, yo no creo que me vaya a convencer, yo
todavía no quiero casarme. Es que casarme es algo que yo nunca he considerado.
Además, yo no estoy buscando finca, ya estoy con esta, que tampoco es mía.
Bueno además si yo estuviera seguro de que me voy a quedar acá siendo un
agricultor hasta lo consideraría, pero yo todavía no sé, yo no sé qué va a
pasar luego, ahora estoy de caficultor, pero no sé hasta cuándo.
-Lo de
la finca es lo de menos, mijo, si usted quisiera quedarse con esta finca no es
sino que le diga a Mario que con la plata de esta cosecha le paga la cuota
inicial y listo, dígale que se la deje que usted la va pagando. Las primeras
tres cosechas de esas mejoras van a ser buenas, luego empieza a mermar, pero no
importa, usted se pone juicioso y se mentaliza hasta que termine de pagar. Pero
como le digo, usted solo la tiene difícil, le hace falta una mujer, aunque
claro, si usted está pensando en irse, en volver a la ciudad, si es mejor que
no se acelere.
-Vamos
a ver qué pasa, don Alcides, vamos a ver, dijo Simón, de todas formas, cuando
me vaya a casar hasta la confirmación me va a tocar hacer.
-Cómo
así papito, cómo así que usted no se ha confirmado, eavemaría mijo, eso sí es
el colmo, uno no puede ser tan dejado, como dejan pasar algo tan importante,
bendito Dios, menos mal me está diciendo, este mismo fin de semana hablamos con
el cura, según entiendo a la gente así descuidada como usted tiene que hacer
como tres o cuatro días de cursillo, una catequesis acelerada y después lo
confirman el mismo día que confirman al resto de pelaitos que si fueron a
catequesis cada ocho días.
Simón
escuchó con atención lo que le decía su vecino, se imaginó por un instante bien
vestido en medio de adolescentes haciendo fila en una iglesia de pueblo repleta
de gente esperando a que el obispo con gorro gracioso y bastón en mano le
tocara con un dedo la frente. El muchacho lo imaginaba y no descartaba del todo
la posibilidad de hacer lo que su vecino recomendaba.
-De
pronto hasta me animo, don Alcides, si es con catequesis resumida, mucho mejor,
aunque usted no dice pues que ya está que se viene el café y que durante los
días de cosecha no queda tiempo de nada.
-No
mijo, no me venga con esos cuentos, para lo importante siempre hay tiempo y la
confirmación es una cosa de una sola vez, para eso no hay es excusa, mejor
dicho, el domingo que el cura baje a dar misa hablamos con él. No importa que
usted no se quiera quedar a vivir por acá, o que no se quiera casar, no
importa, para eso hay tiempo, lo urgente es que se confirme, eso sí para mañana
es tarde.
-Tan
urgente tampoco es, don Alcides, no es algo de vida o muerte.
-Es
algo serio, mijo, es algo que importa, si me hubiera dicho eso desde que llegó
ya estuviera confirmado.
-Hágale
don Alcides, averigüemos a ver qué pasa, de momento me voy a dormir.
El
muchacho entró a la pieza y le dio las buenas noches a Carmen que estaba sentada
en la cama viendo televisión.
-Oiga,
mijo, antes de que se vaya, hoy llamó Mario y dijo que por ahí dizque va a
venir un amigo suyo.
-Cuál
amigo.
-Ese
con él que uste ha hablado, uno que se la pasa yendo allá a la tienda de Mario
a preguntar por usted.
-ah, David,
el escritor, puro cuento, a ese le gusta hablar mucho, pero ese no viene por
ahí. Estamos muy lejos. Aunque sí sería bueno verlo.
-Yo
cumplo con decirle, porque Sara me dijo muy convencida que viene, dizque ellos
le explicaron cómo llegar, hasta apuntó en un papel las indicaciones, me dijo
Sara.
-Ah
bueno, ojalá sí venga, así lo pongo a coger café, dijo Simón riéndose.
El
muchacho se acostó en el catre y revisó el libro de María Mercedes Carranza un
rato antes de quedarse dormido. Le hacía ilusión ver a su amigo, ya habían
pasado muchos meses sin saber de él, sin saber de ningún otro.
Días
después en el cafetal Alcides y Simón estaban en el cortando unos racimos de
plátanos que le habían vendido a un comerciante de La Victoria. Simón no tenía
ni idea de dónde quedaba ese pueblo y Alcides le explicó en donde quedaba.
-Se
acuerda donde compramos los colinos, por esa misma carretera sigue uno y agarra
la vía para La Victoria, por ahí mismo sale uno a La Dorada, a Honda y a
Mariquita, eso es bueno por allá, tierra caliente, nos hace es falta una moto o
un carro para que vayamos y usted conozca, ahora no se puede, porque si nos
vamos quien coge el café, pero en esos tiempos malos que se meten, por allá en
julio, apenas es el tiempo para ir por allá.
-Entonces
va tocar comprar moto, don Alcides, tenemos que aprovechar la cosecha a ver si
queda algo.
-No,
mijo, usted si es pendejo, no ha entendido nada, deje de hacerse ilusiones,
mucha plata no queda, además, usted tiene es que pensar en usar esa plata pa
comprar la finca, pa comenzar a comprarla.
-Si me
voy a ganar poquita plata, así como dice usted, entonces es más fácil comprar
una moto que una finca.
-Es
verdad, motos hay de muchas, se consiguen baratas y buenas, pero si usted se
pone a ver nosotros con una moto no hacemos nada porque, si nos vamos a ir a
pasear por allá en la tierra caliente usted y yo entonces en donde llevamos a
Carmen. Ese el problema de las motos, en cambio un carro es otra cosa, un
carrito es el preciso, ahí si nos íbamos los tres y hasta podíamos llevar a más
gente, pero pa comprar un carro toca vender la finca.
-Usted
que tiene finca, porque yo que voy a vender si ni finca tengo.
-Estamos
en la olla, hermano, por eso dicen que al pobre y al feo todo se le va en
deseos.
Alcides
iba cortando los racimos de plátano y Simón los iba sacando hasta el camino,
luego los iban a tener que cargar hasta la carretera donde el comprador acostumbraba
a recogerlos.
-Oiga,
don Alcides y si usted nunca ha tenido carro cómo fue que aprendió a manejar, o
usted quiere el carro es para aprender.
-Cómo
qué para aprender, no señor, yo sé manejar, es que uno puede saber manejar así
nunca vaya a tener carro. Yo aprendí a manejar con Mario, cuando éramos pelaos
y andábamos por ahí pegados de los choferes haciendo de ayudantes, por acá más
de uno hace eso, se cuelga de esos carros a meter el hombro y bajar y subir
carga, dispuesto pa lo que sea por cualquier moneda, tirando aguante por nada
hasta que los choferes terminan soltándole a uno el carro y enseñándole a
manejar. Imagínese uno bien afiebrado, eso apenas agarra uno esa cabrilla ya se
siente el putas y sin darse cuenta ya está uno manejando solo y listo, a los
choferes les sirve porque uno está ahí metiendo el culo y duro sin cobrar y
cuando ya aprende a manejar ellos se emborrachan sin problema y saben que uno
lleva el carro. Así aprendimos nosotros.
-Pero
cómo así, o sea que ustedes en ese tiempo no trabajan cogiendo café ni nada,
sino que se la pasaban por ahí en esos jeeps.
Mientras
hablaban Alcides seguían cortando racimos y Simón cargándolos hasta el bordo
del camino. Entre esos cafetales y mejoras Simón había aprendido a charla a los
gritos con un interlocutor a metros de distancia.
-Uno
si trabajaba, pero en los tiempos malos, a veces hasta dos y tres meses se la
pasaba uno sin conseguir trabajo entonces ahí estaban los carros, esa época es
buena porque las cosas no se piensan mucho y sin que perder uno se arriesga. A
uno a los 15 o 16 años le dice, vamos pal Putumayo a raspar coca, uno sale y se
va. Mario estuvo por allá, casi lo mata una diarrea y le tocó volverse y por
eso yo no me anime. Pero como le digo, uno pelao es sin miedo, Mario no se caga
por allá y seguro otra sería la historia porque yo de una me hubiera ido a
raspar coca y quién sabe dónde estaría ahora. Lo de los carros por acá es
normal, así aprenden a manejar muchos, por eso es que usted ve tanto pelao de
ayudante en esos jeeps.
-A mí
nunca me han gustado los carros, papá intentó enseñarme más de una vez a
manejar y yo le presté poquita atención, igual aprendí, pero soy como chambón.
Con las motos me pasa lo mismo, las manejo, pero en carretera no paso de 60
kilómetros por hora.
-Igual,
así a uno no le gusten las motos, o no le guste andar rápido, siempre hace
mucha falta una, es que es casi como una herramienta más de trabajo.
-Eso
sí es verdad, es mejor tener moto que tener ir pegado de un carro.
-Si
uno es así flojo como usted hace todavía más falta, pero mejor que moto sería
tener carro, una camioneta, imagínese usted que yo tuviera una camioneta, o que
la tuviera usted, podríamos cargar este plátano y llegar hasta la victoria y
venderlo allá, venderlo bien vendido.
-Lo único
que tenemos es la certeza de que para camioneta no alcanza.
-Más
claro no lo pudo decir usted y yo creo que vendiendo plátano tampoco vamos a
conseguir con que comprar la camioneta, por eso mejor seguimos, empiece a ir
bajando lo que está cortado para que no nos coja tanto la tarde, yo voy a ir
allí al placito a cortar un par de bananos a ver a cómo lo están pagando. Si
está muy barato nos los comemos nosotros.
Simón,
asintió con la cabeza, agarró el costal que usaba para evitar mancharse y se lo
acomodó en el hombro, cargó con dos racimos y empezó a bajar, eran más de 30
racimos y no podía bajar más de dos en cada viaje porque si los aporreaba o
desgajaba ya no los compraban.
Por la
noche después de un pesado día de trabajo, Alcides se quejó porque le habían
pagado muy poco por el plátano. Simón por su parte pasó un largo rato
estregándose con un estropajo para sacarse la mancha del cuello y los brazos. Según
Carmen a Simón le iba a tocar comprar ropa nueva porque toda la que tenía ya
estaba rota o rasgada, manchada o muy percudida. Para Alcides el error del
muchacho había sido meter la ropa buena pal trabajo, lo que si quedaban
demostrado según él era que los gomelos compraban ropa fina. En palabras de
Simón, que insistía, no era ningún gomelo, nadie le avisó que la ropa duraba
tan poquito cuando se trabajaba con ella en el cafetal. Si Mario le hubiera
dejado claro ese detalle se habría aparecido en ese lugar con un costalado de
ropa de segunda.
-Es
que no tiene una sola pinta que le sirva para hacer la confirmación, dijo
Carmen.
-No
importa, así tuviera, es que para hacer la confirmación tiene que comprar ropa
nueva, tiene que estrenar, no solo él, nosotros también, eso no es cualquier
cosa. Igual ahí aprovecha y compra un par de chiritos más, pa que tenga con que
cachaquear, afirmó Alcides.
-Es
que le está haciendo falta, esa ropa que tiene para salir al pueblo ya se la
conoce todo el mundo por acá, parece una fotografía a toda hora con esa misma
cajoneada verde y negra, menos mal que es de colores así serios y pasa más
disimulada, imagínense que fuera naranja.
-A mí
me gusta andar bien vestido, pues, comprar ropa bonita, de marca si es posible,
pero la verdad es que estando por acá ya no le veo como sentido a eso, es que
para qué uno ropa fina o bonita por acá, uno todo bien acicalado y pegado de un
jeep tragando polvo o limpiado barro, es que no aguanta.
-No,
mijo, no, no importa eso que usted dice, así el transporte le parezca chimbo es
importante organizarse, dijo, Carmen, si no fuera importante yo le plancharía a
Alcides todo lo que se pone.
-De
todas formas, si es verdad lo que dice don Alcides, si lo de la confirmación se
concreta, claro que voy a comprar ropa.
-Cómo
que sí se concreta, claro mijo, claro que sí, eso es un hecho.
-Sí es
así entonces el domingo mismo vamos y compramos, vamos con doña Carmen para que
ella también se busque la pinta, dijo Simón.
-No,
el domingo no, mejor dicho, este fin de semana no, mejor el otro, comento
Alcides.
-Por
qué, este no, preguntó Simón.
-Porque
este fin de semana celebran el día del campesino y ese pueblo se pone que no
hay por dónde.
-Claro,
el día del campesino, mijo, yo ya ni me acordaba.
-Yo no
sabía nada de día del campesino.
-Pues
claro, mijo, el día del campesino lo celebran cada año, a veces lo hacen acá en
La Soledad y otras veces allá, en Bolivia. El año pasado fue en La Soledad y no
hubo tanta gente, por eso usted ni se enteró, pero cuando es en Bolivia eso es
otra cosa, toda la gente de todas las veredas se junta. A mí me parece que eso
es una pendejada, cada año es lo mismo, rifas y concursos en los que siempre
dan los mismo premios: machetes, cocos, botas, palas, picas, casi siempre
herramienta, puras pendejadas, nada que valga la pena, nada que justifique ir
por allá y mamarse el día parado en la plaza al pie de la tarima que arman. Además
de eso traen cantantes, buscan por ahí a cualquier repelador de por acá mismo
que no le dé pena el micrófono y lo ponen a cantarse unas cuantas canciones, a
veces hacen reinados y las muchas más bonitas de las veredas se arman unos
vestidos de fantasía todos estrambóticos y sonríen y saludan, pero al final
nada serio pasa, nada que nos deje contentos a todos.
-Es
que dejarlos contentos a todos es muy complicado, don Alcides.
-Pues
sí, eso verdad, igual si nos arreglaran las carreteras, si las mantuvieran
buenas, con eso todos quedaríamos contentos.
-Ah
bueno, por ese lado sí, usted tiene razón. Esa informidad que usted está
expresando ahí es por la que los universitarios terminamos metidos en protestas.
-Pura
mierda, a mí no me va a enredar usted, ya dijo pues que me le iba a tragar ese
cuento, no señor, a mí no me joda con eso que me hace enojar.
-Es
molestando don Alcides, molestando no más, no se lo tome tan a pecho, sigamos
mejor con lo del día del campesino.
-Sí,
mejor, entonces como le venía diciendo, además de eso también reparten almuerzo
y refrigerios, ponen a la gente a hacer cola con una ficha para que reclamen
sancocho, imagínense pues, dizque sancocho, cómo si no fuera sancocho lo que
uno traga todos los días, si por lo menos repartieran lechona pues hasta
tendría sentido hacer la fila, porque lechona no se ve todos los días, pero
nada, ni eso.
-Yo
creyendo que el día del campesino era una fiesta buena, dijo Simón, pero ya con
eso usted me desanimo.
-A mí
si me gusta ver a las muchachas que participan en el reinado y las comparsas, dijo
Carmen.
-A mí
no me gusta, usted si quiere vaya para que vea que no le estoy diciendo
mentiras, de todas formas, eso es siempre lo mismo, uno todo el día por allá
parado como chimbo aparando sol a ver si de pronto se gana un machete y una
lima, no hombre, uno no está pa miserias.
-Él no
entiende que eso es una actividad cultural, dijo Carmen, algo así como un
carnaval. Cuando yo estaba en el colegio siempre salía en las comparsas.
-Nada,
ese día del campesino no sirve sino para que la gente del pueblo se burle de
los de la finca.
-Esas bobadas,
eso no tiene que ver con eso, tiene que ver con compartir e integrarse y
sentirse orgulloso de ser del campo.
-No,
mija, usted tampoco me va a enredar con eso.
-Es
que usted es muy porfiado.
-Porfiado
no, es que es la verdad ese día del campesino cuando es una payasada es una
repartiera de limosnas. Vea el año pasado la presidenta de la junta de acción
comunal del Higuerón recibió unos baldes y unos machetes, pero no los finos, no
señor, de los más malos, se los hicieron llegar para que ella se los repartiera
a la gente que fuera a la celebración del día del campesino ahí en la plaza del
caserío y la señora cogió todo eso y apenas lo vio lo devolvió y les dijo que
ni ella ni la gente de la vereda estaba mendigando. Luego se metió en un
problema el malparido con la gente porque más de uno quedó puto porque ella no
repartió eso y le tocó gestionar por ahí con el comercio y conseguir otra vez
unas menudencias de esas para rifar ahí entre la gente en un bingo y calmarles
la joda.
-Pero
cómo así, armaron alboroto por algo que usted dice que parecía más una limosna
que un regalo.
-Pues
nada mijo, que así como a uno le parece que esas cosas que dan no sirven para
nada a otros les parece que son la putería, gente resignada o buenos pobres que
dicen, así que ni modo, todos no somos iguales y aunque claro que yo tampoco
recibiría las maricadas que dan, tampoco las hubiera devuelto porque pues uno
piensa en uno, pero hay que pensar en los otros, igual como le digo, yo me gano
un puto machete de esos y lo boto mejor.
-Entonces
todos los años es así ¿nunca hace un día del campesino que sea memorable? Algo así con cantantes de primer nivel y no
sé, premios calidosos, cosas, así como lavadoras, neveras, cosas así.
-Bendito,
mijo, nunca, eso yo creo que nunca va a pasar. Pal montañero lo único que ahí
es herramienta. Sería bueno que por lo menos uno dijera que vio a un cantante
de esos famosos, Luis Alberto Posada, por ejemplo, pero igual celebrar el día
del campesino sigue siendo una mentira, porque uno que orgulloso va a estar de
ser campesino, de pasar necesidades, vivir por allá como en el olvido y tener
que asolearse pa comer. Uno es campesino porque nació por acá y hace lo que hay
pa hacer, porque qué más, eso fue lo que hubo pa uno, y yo no creo que uno
tenga que estar orgulloso de lo que le tocó.
Simón
quiso decir algo, pero se dio cuenta que no tenía nada que decir. Carmen a su
lado también se quedó en silencio. A veces las conversaciones tenían de dónde
tirar, siempre podían ir adelante, pero en ese momento Simón sintió que no, que
era mejor cambiar de tema o no hablar más.
-Voy a
dejar una ropa remojando a ver si lavo mañana, dijo Simón y se dirigió a la
puerta de la chambrana, que duerman, mañana nos vemos.
-Mañana
temprano lavamos el café que tenemos ahí en ese tanque, no se le olvide.
-Claro
que sí, don Alcides, de una.
En la
mañana, el canto de los gallos se confundía con los golpes que Alcides le daba
con un palo a una hoja de zinc para despertar a Simón. El tanque estaba lleno
de café pelado y baboso, Alcides abrió la llave para que el agua callera sobre
los granos después de ponerle un tapón al tuvo de desagüe, mientras eso pasaba
le dio un par de golpes más a la hoja de zinc.
-Yo no
sé porque es tan bulloso, don Alcides, yo estoy levantado hace rato, hasta
bañado y todo.
-Madrugador,
que bueno mijo, que bueno, que bueno que no se le peguen las cobijas, igual la
bulla no sobra, de pronto ya despertamos a alguien que sí se estaba retardando
en limpiarse esas lagañas.
-Deben
es estar mentándole la madre por no dejarlos dormir.
-Eso
seguro, no le busque por otro lado que así es, eso para madriarlo a uno siempre
hay alguien, igual si madrean es que están despiertos.
-Madrugar
no es chévere, don Alcides.
-Uno
se acostumbra y después no es capaz de dormir hasta tarde, espere a que se
acostumbre y vera, aunque con todo el tiempo que lleva por acá ya debería estar
carreterito.
-Me
sigue costando mucho.
-Yo
sé, yo sé, pero estoy hay que hacerlo temprano, espéreme le doy una juagada más
a ese café y listo, a subir a las heldas y a zarandear.
-Listo,
hagámosle pues.
-Vaya
traiga el radio pa que oigamos los resultados de la lotería a ver si me gané
ese chance, hace tiempo que no me gano nada.
Simón agarró
el radio que estaba en la mesa del corredor, lo prendió y no le gustó la
emisora y estaba sonando una ranchera que no le gustaba, movió la perilla del
dial y buscó otra emisora.
-Si me
gano el chance, no trabajamos hoy.
-Qué
hacemos entonces.
-Tomamos
cerveza.
-Bueno,
igual no pasará.
-De
pronto, mijo, de pronto, uno nunca sabe, dijo Alcides mientras movía el café en
el tanque con un revolvedor de madera.
-Sacar
ese café de ahí con estos cocos y cargarlo al hombro hasta la helda es muy chimbo,
don Alcides, esto debería tener algún mecanismo que facilitara las cosas.
-Cuál
mecanismo, mijo, esto no es nada, en comparación a lo que es sacar el café de
esos cañones sin caballo, todo al hombro, una finca por allá tan lejos de la
carretera yo no la recibo ni regalada.
-Ah
claro, con esas comparaciones cualquier otra cosa parece fácil.
-Pues
mijo, es que usted se está quejando por nada, dizque porque toca sacar el café
del tanque, una bobada, hágale mejor, vaya subiendo está caneca mientras yo le
lleno está otra.
Mientras
zarandeaban el café y llenaban una de las canecas con la pasilla que quedaba en
la zaranda el locutor dio los resultados de la lotería que Alcides estaba
esperando.
-Entonces,
ganó, nos vamos pal pueblo.
-Nada,
ni mierda, no cogí ni un húmero.
-Yo
nunca me he ganado un chance en la vida.
-Qué
va a ganar si nunca lo hace.
-Usted
lo hace casi todos los días y yo tampoco lo he visto ganar nada.
-Pero
he ganado, he ganado, a veces tengo rachas, me gano tres y más en una semana.
-Me
quedan mis dudas.
-Pregúntele
a Carmen y verá y mire a ver si agarra duro esa zaranda, hágale con ganas,
tiene más estilo Carmen para hacer esto que usted.
-Ahora
se va a desquitar conmigo porque no ganó.
La
conversación la interrumpió Carmen que los llamó a tomar tragos, Alcides le
dijo que ya iban, que ya iban a terminar. Simón acercó un coco y en el Alcides
echó la cacota.
En la
carretera un carro negro se detuvo y empezó a pitar. Desde la helda ninguno de
los dos alcanzó a identificar al conductor que no dejaba de pitar. Alcides y
Simón se miraban el uno al otros sin entender.
-Si
necesita algo se tiene que bajar, dijo Alcides.
-Mira
ese marica, fue verdad que vino, dijo Simón.
-Quién,
el amigo suyo, ese es, comentó Alcides.
-Sí
señor, ese es, respondió Simón al cuando lo vio bajarse del carro.
Simón
bajó apresurado de la helda y fue hasta el patio a donde ya había llegado su
amigo.
-Este
güevón, cómo fue que vino a dar por acá, y dizque en carro, por fin se dio
cuenta que ser escribir no sirve y consiguió trabajo, dijo Simón dándole un
abrazo a su amigo.
-Para
qué vea parce, aunque casi me devuelvo, esto está en la puta mierda.
-Pero
por qué tan temprano por acá, a qué hora salió de Tuluá pues.
-Nada,
no vengo de Tuluá, estaba en Manizales y salí madrugado de allá.
-En
Manizales haciendo qué.
-Tengo
una noviecita ahí.
-Ah,
vea pues, que verraco usted.
Después
del saludo caminaron juntos hasta el corredor desde donde miraban Carmen y
Orlando.
-Doña
Carmen, don Alcides, les presentó a David, mi amigo, el escritor, este es el
tipo intenso que estaba yendo a la tienda de Mario a preguntar por mí y con el
que hablé por celular un par de veces, dijo Simón, señalado a David. Alcides le
estrechó la mano con cierta reserva, Carmen hizo lo mismo, conmovida por la
alegría que se le notaba a Simón.
-Quiere
tintico, preguntó Carmen, sonriendo.
-Sí
señora, le agradezco mucho.
Alcides
después de saludar al escritor se sentó de nuevo en una de las bancas del
corredor y le preguntó por el viaje.
Carmen
regresó con el café y se lo entregó al escritor.
-Todo
bien, si señor, mucha curva y la carretera de Manzanares para acá está muy
mala, mucho hueco. Muy rico este tinto, señora, muchas gracias.
-Pero
ese carro es alto, eso no sufre con los huecos, dijo Alcides señalando el
carro.
-Es
verdad, pero de todas formas, con eso huecos le toca a uno andar lento.
-Oiga,
David, y ese carro qué, de dónde lo sacó, fue que verdad consiguió plata.
-Para
que vea mijo, los que en vez de andar en la calle reclamando maricadas nos
dedicamos a trabajar conseguimos.
-En
serio, marica, sea serio, no me venga con cuentos, usted es un escritor, qué
más vago quiere.
-ja,
duro, me pegó duro ahí, dijo el escritor soltando una carcajada.
-Ese
es de mamá, cómo la ve pues, ahora papá tiene carro y mamá también tiene. Casi
ni lo usa, dizque la estresa manejar, dice, entonces cuando le conté que iba a
venir por acá en moto me dijo que me trajera el carro y yo pues ni corto ni
perezoso, ahí mismo me monté.
-Pero
ahí no lo puede dejar, tiene que moverlo un poquito, bajarlo hasta ahí donde
está el guamo, ahí le queda bien orillado y no le estorba a la ruta, comentó
Alcides.
-Ah
bueno, de una vez lo voy a acomodar, es que como vi a este desde la carretera
por allá encaramado me emocioné, dijo el escritor poniendo la mano en el hombro
de Simón. Si no lo hubiera visto ahí, seguro sigo derecho.
Después
de acomodar el carro el escritor bajó su maleta y sacó de ella una bolsa con
parva, leche, queso, embutidos y hasta aguardiente que le entregó a Carmen,
Mario le había dicho lo mismo que a Simón en su momento, que no se fuera a
aparecer con las manos vacías.
-Y
usted qué hermano, cómo va todo, cómo ha hecho por aquí, preguntó el escritor
poniendo su maleta sobre el catre de Simón, oiga y en donde me va a acomodar,
no me diga que nos toca dormir a los dos acá, muy chimbo, fue que no le
avisaron que yo venía.
-Sí,
sí avisaron, pero yo no creí que era en serio. No hay problema ahora pasamos un
colcho de allí de donde Alcides, hasta una cama si quiere.
-No,
tampoco, cualquier colchoneta está bien. María Mercedes Carranza, este fue el
unió libro que se trajo, poesía, muy duro, enterrarse por acá y no traer
novelas, mucha cagada.
-La
poesía se presta más para leer y releer, aunque tampoco es que me hubiera
traído ese libro por eso, fue más bien lo que primero tuve a mano cuando
empaque.
-Toda
esa gente que estuvo con usted en la calle en esos días de paro está en Tuluá
como si nada, varios de los que se fueron cuando empezaron a aparecer los
pelaos muertos en el río ya volvieron, mucho incluso están trabajando en
fundaciones de esas de derechos humanos y todas esas maricadas. Todo se
normalizó, o bueno por lo menos no aparecieron más muertos, usted ya puede
volver, yo no sé qué hace por acá todavía.
-Ando
trabajando, eso he hecho desde el primer día que llegué.
-Pero
es que usted no es campesino, usted así se sienta cómodo sigue siendo ajeno a
esto, debería estar en la universidad haciendo el trabajo de grado.
-Yo no
me puedo ir, no ahora, la cosecha ya llegó y yo tengo que cogerla, llevo meses
cuidando ese café, la plata que tenía me la gasté acá.
-El
primero que conozco que se gasta la plata en una finca sin tener idea de cómo funcionan
las fincas.
-Los
vecinos me han ayudado mucho, esa gente prácticamente me adoptó.
-El
hijo bobo.
-No
tienen hijos, no tuvieron.
-Entiendo,
un solo hijo, adoptado y bobo.
-No
pues, tan chistoso, en serio, no ponga a joder con eso que el tema es delicado.
Bueno y usted qué, a qué está dedicado, sigue escribiendo, consiguió trabajó,
sigue montando en bicicleta, cuente a ver.
-Claro,
la bicicleta siempre, ahí traje una, me tocó desarmarla porque no tenía el soporte
para amarrarla atrás, esta nueva, una Specialized brutal, cuando la armé le van
a dar ganas de irse pedaleando de aquí hasta Manizales.
-Si
trajo bicicleta es que viene sin afán, debería quedarse y ayudarme ahora en la cosecha, trabajar de
verdad de vez en cuando no le caería mal.
-Tan
bobo, yo que voy a quedar, si yo nunca he cogido café ni nada, yo es que no sé cómo
se aguanta usted por acá, la finca está bien para pasear y estás trochas y
caminos aguantan para montar en bicicleta, pero nada más. por acá no es la
vida.
-Deje
de ser exagerado, quédese para que vea que no es como usted lo pinta.
-Muy
chévere el ofrecimiento, muy querido usted, pero así quisiera quedarme más de
un par de semanas no puedo, tengo que estar en Tuluá a final de mes para
renovar unos contratos de unos talleres de escritura que estoy dictando, en eso
ando trabajando ahora y también tengo un libro que está que sale, yo creo que
un mes o un mes y medio lo estamos presentando.
-No
pues, que haremos con la agenta apretada, el sólido itinerario de la celebridad
literaria.
-Para
que vea, parce, para que vea que si trabajo. Ahí le traje un libro, una novela
que publiqué el año pasado y le traje también un par de libros de Emmanuel
Carrère, un autor francés que me dio por leer hace poquito, me tiene agarrado,
me gusta mucho lo que hace.
-Entonces
no se anima a quedarse trabajando.
-No,
ni loco, parce, por acá no, además mire esa cocina suya, ni ollas tiene, fijo
ni come, con razón está tan flaco.
-Equivocado,
papi, muy equivocado, no cocino, pero comida es lo que sobra, camine y verá vea
el desayuno que le van a servir, dijo Simón saliendo al corredor para volver a
la casa de sus vecinos.
Mientras
los demás comían gustosos y el escritor repetía que él estaba acostumbrado a
desayunar cafecito con galletas sin saber por dónde meter la cuchara en el
plato.
-Coma,
coma sin miedo, que le sirvieron poquito, dijo Alcides.
-Hágale
tranquilo que se queda con hambre puede repetir, es que como le parece doña
Carmen, ahora en la casa se estaba quejando porque me vio la cocina desocupada.
-Ah,
no señor, no se preocupe por eso, es que Simón no cocina, él come con nosotros
y usted también mientras esté por acá.
-Muchas
gracias, mi señora, muy amable usted, pero para el almuerzo me puede servir más
poquito, es que yo como poquito.
-Pero
qué más poquito, no va comer es nada, dijo Carmen.
-No le
pare bolas, doña Carmen, él es así, cansón, usted no le de importancia, dijo
Simón. Oiga don Alcides y dizque no se va a quedar para la cosecha, que porque
él no sabe coger café.
-Cómo
así hombre, anímese que es fácil, si quiere hasta Carmen le enseña, ella es
buena cogedora, casi no se mete al cafetal porque obviamente le toca estar acá
en la casa, pero si hubiera alguien más para cocinar ella cogería café. Por acá
hasta los niños cogen café.
-Simón,
parce, no sea así, deje de estar haciéndome quedar mal con la gente, dijo el
escritor, lo que pasa don Alcides es que tengo que está en Tuluá a fin de mes
porque tengo unas clases que dar y estoy que presento un nuevo libro, sino
hasta me quedaba.
-Puro
cuento, cosas que se inventa él, ahora quiere dárselas de importante y ocupado
acá.
-Oiga,
joven, ahora que hablamos de eso, explíqueme, eso de escribir sí da plata o
qué, es que yo no conozco a ningún escritor, ni a nadie que se quiera meter en
eso, preguntó Alcides.
El
escritor soltó una carcajada y miró a Simón que también se estaba riendo.
-Qué
pena, don Alcides, no es por usted que me reí, es que es gracioso porque la
verdad es que no, con la escritura no se consigue un peso, consigue más un tipo
vendiendo chontaduros en una bandeja plástica en el centro que uno escribiendo,
y le va mejor porque tiene que invertir menos. Yo escribo, pero de lo que de
verdad vivo es de los cursos que doy y de los proyectos con los que me gano
convocatorias del estado, pero sobre todo me doy la vida que me doy porque papá
y mamá no me desamparan.
-Este
sí es un gomelo, don Alcides, dijo Simón.
-Cómo
así, hermano, qué eso es así, muy verraco, yo creía que eso era bueno, que
servía.
-No
don Alcides, nada, vender libros es difícil, la gente dice dizque que, porque
en este país no leen, pero es cuento, la gente sí lee y sí compra libros, lo
que pasa es que no compran libros de los que yo escribo.
-Pero
usted qué escribe pues, usted escribe cosas de verdad o de mentiras, por que
vea que yo trabajé en una finca y el muchacho que vivía en esa casa leía una
cosa donde un muchacho se convertía en un bicho, yo me acuerdo porque él me
contó, dizque se lo había puesto a leer en el colegio, a mí me pareció una
maricada porque uno que se va convertir en un bicho, increíble que los pongan a
leer esas bobadas en el colegio, dijo Alcides.
-No,
yo no escribo así, yo no podría escribir nunca un libro así como ese del que
usted habla, hay que tener genio para conseguir algo así, yo escribo novelas,
ficción, cosas que le pasaron a otros o a mí y que acomodó para tengan algún
sentido, para que fluyan y entretengan y den cuenta de algo. Las dos novelas
que he publicado en los últimos años son basadas en cosas que han pasado,
entonces le podría decir que escribo cosas de verdad.
-Ah
bueno, me parece bueno eso, yo no leo, no me gusta, pero creo que si los pelaos
van a estar leyendo cosas en el colegio que por lo menos sean serias y de
verdad, que aprendan algo o se enteren de algo.
-Doña
Carmen, cuénteme usted, tampoco le gusta leer.
-No
leo mucho ahora, pero cuando estudié, imagínese hace cuánto, en ese tiempo sí
leí varios libros. Me acuerdo de Vargas Vila, me gustó mucho.
-Ah
bueno, ahí le traje a Simón unos libros, entre esos uno mío, de pronto se anima
y lo lee, aunque no sé parece a Vargas Vila, igual y hasta le gusta.
-Pues
sí, si Simón me lo presta lo leo.
-Venga
le preguntó otra cosa, hombre, escritor, usted que sabe, que conoce a Simón
desde hace tiempo, dígame usted, por qué a un pelao de la ciudad que vive bien,
que no le duele una uña, que toma leche de bolsa y no tiene ni idea de cómo se
cuida una vaca, si me entiende, alguien así como ustedes, termina dizque en la
calle protestando y reclamando maricadas viendo que ni saben que es pasar
necesidad y cómo es que aun así terminan dizque metiéndole candela a una
edificio, cómo es que terminan en eso, por qué les da por eso estando en la
universidad, si allá van es dizque a aprender, qué es lo que aprenden entonces,
yo no entiendo, se lo digo porque vea, acá está este dizque sembrado café
porque le da miedo volver.
Carmen
masticaba incomoda, sin entender porque Alcides debía hablar de ese tema
pudiendo referirse a cualquier otra cosa. Simón le dio un par de sorbos largos
a su taza de chocolate, escuchaba atento y esperaba la respuesta de su amigo,
no decía nada porque esa charla ya la había tenido una y otra vez con su vecino
y al parecer sin resultado positivo porque su vecino seguía creyendo que era un
atronado incendiario.
-Uy
don Alcides, una pregunta envuelta en un reproche que podría interpretarse como
una acusación o lo que es peor, un insulto. Interesante el asunto, le voy a
responder, usted está hablando de Simón, está muy claro, y para que no le quede
duda está hablando solo de él porque yo no participo en esas protestas
callejeras, no creo que sirvan para algo. Usted trabaja duro acá, se levanta
todos los días y le pone la espalda al sol y al agua, ve el noticiero en el
televisor, se queja, seguro se queja, todos nos quejamos, pero sigue acá
haciendo lo mismo, mañana podría irse para Tuluá como hizo Mario y no lo hace.
El campesino pasa muchas necesidades, no debería ser así. Simón también cree
que no debería ser así, por eso le come cuento a cualquier que le diga que las
cosas pueden cambiar y que hay que salir a la calle a protestar, muchos como él
están las mismas, creyéndole a cualquiera. Eso es normal, usted también lo
sabe, usted debe acordarse lo que contaban los abuelos de la Violencia, esos
problemas entre conservadores y liberales, pura gente que no hacía más que
creer en lo que les decía alguien. Eso hizo este, eso hacen los estudiantes y
la gente que usted juzga, cree, cree en lo que le dice un profesor, en lo que
le dice un compañero, cree en lo que pasa en otra parte. El problema que veo yo
es que usted juzga a los que protestan y nunca ha estado en una protesta, no
sabe cómo es, no sabe que se siente estar ahí entre la gente, no sabe que es
sentir el gas lacrimógeno, no sabe que es tener a los antidisturbios encima, no
sabe cómo se siente la papa bomba que estalla a los pies, no sabe cómo es
correr con miedo a esconderse o como es sentirse envalentonado por la multitud,
no sabe eso.
El
escritor hablaba en esa mesa como si estuviera en una exposición en clase,
buscaba con la mirada a cada uno de sus interlocutores, incluso a Simón que
había clavado el rostro en el plato.
-Este
marica no quemó nada en ese desorden, don Alcides, pero si lo hubiera hecho no
sería diferente. En ultimas, véalo acá, escondido, con miedo de volver porque
lo pueden matar, aunque ya no estén matando a nadie. Imagínese usted don
Alcides, estaban matando a pelaos como este, por ser pendejos. Ahí en esas
protestas había hijueputas criminales, siempre los ahí, pero mataron a puros
pelaos muy similares a Simón. Si usted se pone a ver, todo es mucho más
complejo de lo que parece. ¿Quién los estaba matando? No sabemos todavía, nadie
nos ha dicho.
La respuesta
del escritor se había alargado, todo en la mesa lo había escuchado en silencio,
Simón no intervenía y Carmen tampoco, Alcides había estado moviendo la cabeza
de arriba abajo y de un lado a otro mientras escuchaba.
-Por
eso es que es escritor, porque es así habla mierda, se pone serio y todo, que
verraco, de todas formas le digo una cosa, una persona seria, responsable y con
obligaciones no va a estar por ahí en la calle gritando maricadas y agarrándose
con la policía, puede que yo no haya estado en una protesta de esas, si
pudiera, si eso fuera por acá, yo tampoco estaría ahí metido, y no necesito
haber estado para saber que eso es una alcahuetería, cualquiera con sentido
común lo ve. Y le digo más, a mí un hijueputa me quema la casa a mí y así sea
joven y crea y reclame y lo que usted quiera, yo lo persigo y le casco y nos
matamos si toca porque con lo que es mío no se va a meter nadie.
-Y así
es siempre, David, mejor no darle largas a la charla y dejarla ahí, porque
usted no va a ser capaz de convencerlo de nada.
-Porque
ni yo, ni yo que ni siquiera terminé la primaria estaría metido en esas
protestas, imagínese usted dizque universitario y vea donde está, voleando
machete como yo.
-Pero
la protesta era por causas justas, buscaba un cambio, dijo David.
-Pues
cambio sí tuvo, porque mire, de universitario a montañero, respondió Alcides.
David
soltó una gran carcajada y hasta un trago de chocolate se le escapó de la boca,
Carmen también se rio al ver al escritor casi ahogado y como la risa es
contagiosa los cuatro terminaron riéndose.
-Bueno,
muy rico el desayuno mi señora, muy amable, ahora sí, vamos pues y me muestra
la finca, yo necesito ver qué es lo que ha hecho por acá.
Simón
y el escritor salieron del corredor y bajaron a la carretera para dirigirse a
los tajos. Alcides permaneció en la casa al lado de Carmen.
-Don
Alcides, vamos, dijo Simón.
-No,
mijo, vayan ustedes, yo tengo que trabajar, vayan que más tarde seguimos hablando.
Simón
y David se alejaron y Alcides agarró el sombrero y empezó a organizarse para
irse también al tajo.
-Yo
creo que ese tal escritor si lo va a convencer de irse, de volver a estudiar,
es que eso es lo tiene hacer, dedicarse a lo de él, eso de venir por acá a
sembrar café es un arrebato de muchacho no más.
-No,
mijo, yo no creo que se vaya, él vive contento por acá, ya se acostumbró.
-Qué
tan contento podrá estar, yo no creo, él debe estar es resignado, eso, dado al
dolor.
-Nosotros
estamos contentos o resignados.
-Usted
qué cree, mija.
-Que
estamos contentos, que vivimos bien y decir que no será ser desagradecidos.
-Ah
bueno, entonces así es, estamos contentos, pero estamos hablando es de Simón no
de nosotros, y él es un pelao de ciudad que es universitario y se nota que
quiere cosas diferentes a estar por acá.
-Me da
pesar que se vaya, yo ya me acostumbré a tenerlo acá, me va hacer mucha falta,
dijo Carmen, con cierto lamento.
La
mujer permaneció en silencio mirando a su marido, esperando que asintiera, que
estuviera de acuerdo con ella, que dijera lo mismo, que a él también le iba a
hacer falta. Pero Alcides no respondió, se mantuvo inexpresivo, agarró una
estopa la metió en el coco que tenía en el patio, le dio un beso a Carmen y se
alejó.
En las
mejoras el escritor subía por el camino observando asombrado todo lo que Simón
le mostraba que había sembrado.
-Yo
creí que usted tenía acá cualquier 500 a 1000 mil matas sembradas. Usted se
vino por acá fue a expiar las culpas a punto de trabajo, eso o que don Alcides
lo cogió de cuenta y lo exprimió.
-Un
poco sí, con él es trabajando, lo otro sí es una maricada, ningunas culpas,
nada de eso, simplemente me tomé el asunto en serio. Usted hubiera visto esto
cuando llegué, era un monte, me tocó tumbar palos de café viejo y desyerbar
para poder sembrar, es que ni le cuento todo lo que me ha tocado voltear para
levantar estas mejoras porque usted no me creería, todo a punta de las
indicaciones y las orientaciones de don Alcides.
-Increíble,
parce, muy verraco usted, yo no sería capaz, es que sí a mí un día me tocara
esconderme ni loco me vendría para el campo, yo pegaría para el extranjero de
una vez. Aunque me resulta más sorprendente que usted sea capaz de entenderse
con su vecino, cómo ha hecho, es que a leguas se nota que ese señor es todo lo
que usted ha considerado intolerable.
-Usted
lo dice por lo que dijo ahorita al desayuno, pero es una impresión engañosa, yo
que he tenido tempo con él sé que es más complejo, de hecho, tiene mucho de
parecido a su papá, con él seguro sí se llevaría mejor.
-sí
señor, es como papá, por eso le digo, cómo hizo usted con él, porque con papá
nunca fue capaz.
-Tendría
que preguntarle lo mismo a él, cómo ha hecho para aguantarme y enseñarme a
trabajar y ser como un papá para mí sin dejar de creer que en el fondo soy un
malandro incendiario.
-Las
relaciones humanas con una cosa muy rara, uno no termina de entenderlas, aunque
eso es lo bueno, en parte vine por eso, desde que usted se metió en todo ese
royo y le dio por venirse para acá he venido estudiando la posibilidad de
novelar esto, hasta he tomado notas.
-La
relación sería más rara si no existiera Mario, es por él que yo estoy acá, don
Alcides le cree a Mario, en parte es por eso que me han ayudado con todo,
porque si Mario confía en mí entonces se supone que ellos también lo pueden
hacer.
-Entiendo
lo que dice, Mario tiene que ver, eso es obvio, pero igual hay algo más, no es
solo eso, si usted le hubiera caído mal a esta gente si no les hubiera generado
nada de confianza seguro no lo estarían ayudando.
-Pues
sí, eso también es cierto, todo es más complejo.
-Oiga
y entonces, cuando empiece a coger la cosecha, esa plata que resulte es para
usted solo o le toca partir con Mario o con don Alcides.
-La
plata que quede, si es que algo queda, porque don Alcides dice todo el tiempo
que no queda nada, es mía, Mario no ha puesto un peso y los vecinos tampoco,
por eso le digo que no me puedo ir si coger la cosecha, tengo que recuperar lo
que me gasté. Lo que metí sembrando acá, lo que me he gastado en la casa, en
comida.
-Cuál
comida si ni nevera tiene en esa cocina.
-Tan
bobo, parce, que no cocine no quiere decir que no coma, obvio me he gastado
plata en comida, yo pago lo que me como en la casa de los vecinos.
-Yo
nunca me lo imagine a usted en estás, dizque con una finca, es que, parce, a
usted hasta ir de campamento le daba pereza. Muy loco todo, si usted fuera de
esos tipos que todo el tiempo está hablando de las matas que tiene en la casa
sería más fácil de creer.
-Para
que vea, parce, uno nunca sabe en dónde va a terminar. Anímese y se queda
cogiendo la cosecha conmigo.
-Nada,
ni viendo todo lo que sembró y así me diga que es fácil me pienso quedar a
trabajar, vine a saludarlo, a ver con mis propios ojos en que se metió, a
montar en bicicleta y a escribir, ahí traje el computador porque tengo que
adelantar algunas cosas.
-Usted
debería dejarme esa bicicleta, yo creo que a mí me sirve más por acá, hace
tiempo que no monto.
-Tan
pendejo, no le digo pues que es una Specialized nueva, yo no le voy a dejar a
usted una máquina de ese precio por acá, no tiene cuando, me hubiera dicho con
tiempo y le hubiera traído una viejita que tengo en la casa que para hacer
vuelticas por acá si aguanta.
-Entonces
yo no me merezco nada bueno según usted, me toca es contentarme con los
sobrados, muy chimbo usted. Es más, esa bicicleta debería es dejármela de
regalo de confirmación.
-Cuál
confirmación. Confirmación de qué.
-Cómo
que de qué, pues de la iglesia.
-Usted
no había hecho la confirmación, cómo así, yo hice eso cómo a los 12, un amigo
de mi papá fue el padrino, un personaje ese señor, usted hasta lo debe conocer.
-Mi
padrino va a ser don Alcides.
-En
serio, parce, usted se vino por acá fue a jugar a la familia.
-Tan
marica, cuál jugar a la familia, no se ponga a molestar con eso que se enoja mi
mamá.
-Usted
se trajo las cenizas de su mamá para acá.
-No,
están el cementerio, allá en Tuluá.
-Bueno,
pues muy lindo y todo lo que usted quiera el arrebato ese de hacer la
confirmación, pero yo la bicicleta no se la pienso dejar.
-Usted
no era así, David, qué le pasó, ser tacaño no es lo suyo.
-No,
papí, no, conmigo no, así me diga tacaño la bici no se la dejo.
-Quédese
entonces, espere a que haga la confirmación y me acompaña.
-Cuándo
es, ya le dije que tengo cosas por hacer en Tuluá
-Debe
ser por ahí dentro de tres semanas.
-Tengo
que hacer un par de llamadas para correr unas fechas, igual fresco que si no me
puedo quedar de todas formas yo vengo, mientras este saliendo con la muchacha
de Manizales es posible que siga viniendo.
-De
veranadero si le sirve, pero para quedarse a trabajar si no, que verracos los
escritores.
-No me
joda, Simón, diga mejor cuánto tiempo más me va tener caminando, ya estoy
aburrido, camine para la casa otra vez, ya vi que sembró café y yuca y plátano
y que ha trabajado mucho, ya le creo, vamos mejor y bajamos la bicicleta y la
armamos y nos damos una vuelta, o vamos pal pueblito y nos tomamos unas
cervezas.
-Entonces
no trabajo hoy, pues.
-Parce,
no tiene afán, priorice, está volviendo a ver a un amigo después de un montón
de meses, eso es lo importante, eso es lo primordial.
-Tramador,
parce, siempre queriendo ganar de labia.
-Pero
entonces, vamos o no.
-Pues
sí, camine.
Caminaron
de regreso, David adelante y Simón atrás. David se miraba los tenis y se
quejaba porque los había ensuciado. Simón recordó su primer día en ese lugar, se
vio también pisando con cuidado, como si el suelo estuviera hecho de algo más
que tierra y piedras. Recordó la cara de Alcides, esa mirada descalificadora,
ese pesar que era casi desprecio. Entendió, solo ahí entendió cuan ridícula era
la imagen y que tan comprensivo había sido su vecino que llamaba a todos los
muchachos de ciudad gomelos perezosos.
En la
casa Carmen vio a su vecino y a su amigo reírse como niños mientras armaban una
bicicleta. Ella adelantaba el almuerzo y como siempre hacía les grito desde el
corredor que si querían tinto. Ambos aceptaron el ofrecimiento. Carmen lo veía
distinto, su amigo llevaba ahí un par de horas y ella veía en Simón otro
semblante, veía a otra persona. Era verdad lo que decía Alcides, el muchacho no
estaba hecho para quedarse en una finca.
-Doña
Carmen, mañana vamos a ir al pueblo a comprar la ropa para la confirmación,
David nos va a llevar en el carro, entonces podemos ir por la tarde, después
del algo, hay que aprovechar que tenemos carro disponible, dijo Simón.
-A ver
qué dice Alcides, si dice que sí, claro, porque acuérdese que el dijo que está
semana no, que mejor la otra.
-Pues
qué va a decir, que sí, él lo que quiere es evitarse los tumultos del día del
campesino y vamos a ir es antes, o sea que sí, lo dejamos que maneje y todo a
ver si todavía se acuerda, dijo Simón y de paso nos tomamos unas cervezas que
quiere gastar el escritor.
En la
expresión de David se notaba que la sugerencia de su amigo de estar soltándole
el carro a otros no le gustaba mucho, disimuló tomándose un trago de tinto y
dejó que Simón siguiera hablando.
-Y
cómo vio las mejoras de Simón, sí se animó a quedarse trabajando con él,
preguntó Carmen.
-Se
nota que el hombre ha estado trabajando mucho, eso es innegable, yo de fincas y
de cultivar no tengo ni idea, pero con lo que él me cuenta y con lo que se ve
me quede sorprendido, es que yo a este de cafetero no me lo imagine nunca.
Imagínese usted ese salto, mi señora, este si es verdad que dejó la universidad
y se fue pal monte, Camilo Torres le quedó chiquito.
-Deje
de decir bobadas y respóndale mejor a doña Carmen lo que ella preguntó, qué si
se va a quedar o no.
-Pues
eso hago, le voy a responder, pero si usted no me deja hablar entonces como
hago.
-No,
pues, tan sufrido el escritor, dijo Simón.
-Vea
doña Carmen, no me voy a quedar, yo no estoy hecho para coger café, lo mío es
escribir, por eso le doy la primicia de una vez, voy a escribir una novela que
hable de un universitario que pasa de las calles y las protestas a sembrar café
y ser un campesino trabajador.
-Así
es el todo el tiempo doña Carmen, hablador y mentiroso, no le pare bolas.
-Pues
es buena idea escribir un libro que ocurra por acá, para que otra gente sepa que
existimos.
-Vea,
sí ve, doña Carmen me da la razón, no es ninguna mentira, o es que usted cree
que yo no soy capaz de escribir una novela partiendo de esto que estoy viendo
acá y de su experiencia.
-Seguro
sí es capaz, tiene que ser capaz, porque a eso es a lo que se dedica usted, lo
raro sería que le quedara grande.
-Pero
si se queda a trabajar va a estar más empapado del tema para luego escribir,
dijo Carmen.
-Oiga,
si oye, trabajo de campo, papi, eso sí creo yo que le puede quedar grande.
-No
lleva dos años por acá y ya se cree duro, no parce, no, si me tocara trabajar
por acá tampoco me le correría, pero el punto es que no me toca, lo que dice
doña Carmen es cierto, por eso me voy a quedar dos semanas y puede que me meta
al cafetal un día o dos.
-Será
una novela mala, no le busque.
-Usted
qué va a saber, espere y verá, yo me doy mis mañas.
-Al
que no le va a gustar esa novela es a su papá, le va a decir que escribió un
libro solo para lavarle la cara a ese puto terrorista urbano de mierda que lo
único que hace es acabar con el país.
-Eso
es poquito, papi, ese señor quedó putisimo con ese desmadre que ustedes
armaron, ese edificio que quemaron parece que hubiera sido de él porque cuando
lo menciona se apasiona y termina hecho un energúmeno.
-A los
ojos de su papá todos lo que salen a la calle con una pancarta en la mano o
gritan una arenga son criminales.
-Pues
sí, pero acá el tema no es mi papá, el tema es la novela y si le gusta o no le
gusta es lo de menos, ya ha leído otros libros míos que tampoco le han gustado.
Carmen
volvió a la cocina y dejó a Simón y al escritor hablando de sus asuntos
mientras armaban la bicicleta. No recordaba cuando había montado en una
bicicleta por última vez. Cuando Alcides llegó a almorzar los muchachos ya
estaban en la carretera probando los frenos que según decía Simón estaban
desajustados.
Alcides
dijo que él nunca había tenido una bicicleta, contó que aprendió a montar en
una monareta que tenían unos vecinos. Para Carmen fue la misma historia, en su
casa el papá nunca compró una bicicleta y ella sus hermanas montaban en la de
un primo que las visitaba en vacaciones, él les había enseñado a todas. Simón
les explicó a sus vecinos que además de escritor David tenía un almacén de
bicicletas y se la pasaba montando. Alcides agarró la bicicleta y la miró de
cerca, la levantó y el peso de la misma lo dejó boquiabierto, le preguntó al
escritor si podía montar y este asintió. Alcides se subió y pedaleó con cierta
dificultad, como si le estorbaran las botas o le pasara factura la falta de
práctica. Subió hasta La Soledad y volvió a bajar, estaba haciendo calor, le
entregó la bicicleta a Simón y se limpió el sudor de la frente. El escritor le
preguntó a Carmen si ella también quería probarla, Carmen se negó y le dijo que
la guardaran mejor y se sentaran a almorzar y entró a la cocina para empezar a
servir.
-Mijo,
Simón dice que mañana vamos por la tarde a comprar la ropa para confirmación.
-Yo no
tengo plata, ese café todavía no está seco, dijo Alcides.
-No
importa, don Alcides, vamos con el escritor, él nos va a regalar el estren para
ese día, afirmó Simón, mirando divertido a David.
-Entonces
él es el padrino, dijo Alcides, serio.
-No
señor, el padrino es usted, yo ya no le había dicho pues que iba a ser usted.
-Cuándo,
yo no me acuerdo.
-Claro,
el mismo día que hablamos con el cura.
-Ah
bueno, vamos pues, no le adelantamos al día del campesino, pero si yo voy a ser
el padrino yo compro la ropa.
Simón
ya sabía que su vecino era terco y no quiso intentar convéncelo de otra cosa,
siguieron comiendo y hablando del escritor y sus impresiones después de ver las
mejoras que su amigo había sembrado.
-Pues
yo de fincas no entiendo nada, pero oyendo hablar acá al personaje mientras le
seguía el paso por esa loma me quedó claro que trabaja con gusto. Y para que
vea usted Simón, en eso si estarían de acuerdo mi papá y usted y don Alcides
seguro también, es mejor si se trabaja con gusto.
-Pero
no todo el mundo puede.
-No me
explique maricadas, Simón, yo ya sé que muchos hacen lo que les toca y que para
sentir gusto no hay espacio. Solo digo que usted trabaja acá con gusto y que
eso es más de lo que yo hubiera podido esperar.
Alcides
no dijo nada, pero asintió, a veces estaba incomodo, la plata no alcanza, la
cosecha no era suficiente o la pagaban mal, sin embargo, lo que hacía le
gustaba, la tierra le importaba y sentía que la entendía. Tal vez Simón había
empezado a sentir eso que sentía él, sí era así el muchacho no estaba perdido,
no estaba en el lugar equivocado.
Siguieron
comiendo en silencio hasta que Carmen les ofreció dulce de guayaba. El postre
comentó el escritor, animado, diciendo que sí quería. Alcides y Simón también
aceptaron. Según Carmen cuando la cosecha comenzará no iba a quedar tiempo de
estar haciendo dulces. La cosecha ya iba a llegar, faltaba poco.
En la
casa con el colchón tirado al lado del catre y las cobijas dobladas a lado de
un par de almohadas David se acomodó y sacó el computador del maletín, le pidió
a Simón que le conectara el cargador.
-Quiere
que le lea las notas que tengo de la novela, son corticas. He pensando en él
orden de los capítulos que serían tres, comenzando con la llegada del muchacho
de la ciudad al monte y terminando con el regreso del muchacho a su día a día.
-Por
qué volvería el personaje, porque no se queda.
-No
sé, parce, como le digo, de momento son notas solamente. Por ejemplo, si el
personaje se fuera a quedar tendría que tener un motivo, algo que lo haga
quedar.
-Quedarse
no será un motivo en si mismo. Es decir, el muchacho se queda en el monte
porque no quiere volver a la ciudad, de momento no le provoca, no siente que
deba volver, no cree que eso es un motivo.
-Podría
ser, claro que para eso habría que empezar a escribir, aunque a mí me gusta más
la idea de que el muchacho vuelve, no la ciudad de la que se fue, pero sí a
otra.
-Usted
no tiene más de qué escribir.
-Siempre
tengo mucho de qué escribir, tengo libretas llenas de notas, temas muy
variados, entre tantos este me interesa.
-Comprendo,
parce, pero igual no me lea nada mejor. Luego mejor si de verdad la escribe
entonces la leo, me voy a cepillar.
-hágale,
yo voy a terminar de revisar un texto que tengo que enviar mañana. Yo creo que
me toca ir al pueblo a buscar internet.
Simón
fue al patio y se cepillo en el lavadero, caminó de un lado a otro y con la
mano que tenía libre bajó de la cuerda el par de camisetas y los pantaloncillos
que tenía colgados. Estaba grande la luna y el cielo despejado.
-Oiga,
Simón, venga, quiere ver fotos del edificio que quemaron. Eso lo hicieron de
nuevo y quedó irreconocible, parce, acá tengo varias.
Simón
entró al cuarto y dejó la ropa en un baúl viejo que también le había prestado
Alcides.
-Muestre.
David
se levantó del colchón sosteniendo el computador en la mano izquierda mientras
con la derecha movía el cursor. Simón observo la pantalla en silencio. Tenía
tan clara la situación de esa noche que viendo esa fotografía se podía ver a él
corriendo de un lado a otro.
-Sí
ve, quedó mil veces mejor que como estaba. Y las fotos de eso quemándose, si se
acuerda. Esas las están usando todavía. Por ahí hay un pelao haciendo campaña
al concejo y usa esa imagen.
-Qué
dice, para que la usa.
-Dizque
la llama de la esperanza sigue viva.
David
esperó que Simón dijera algo y no dijo, siguió observando las pantallas del
computador.
-Vemos
una película acá tengo varías, o qué, o ya se quiere acostar. Vivir acá sin
televisor ni nada, yo no sería capaz, muy aburridor.
-Pero
qué películas tiene, algo bueno o esas vainas aburridas y lentas en las que no
pasa nada, yo no sé a usted porque le gusta eso.
-Tengo
comedias.
-Hágale,
ponga una de esas, pues.
-Eso,
parte, espere y vera.
Simón
se acomodó en el catre y David se sentó al lado, se recostaron en la pared y
pusieron en el computador en medio de los dos.
-Quién
hizo esas fotos del edificio.
-Las
saqué yo.
-Traiga
esa cámara el día de la confirmación, para que nos quede la foto de ese día.
-De
una, parce, de una.
En la
casa del frente Carmen y Alcides apagaban las luces de la casa para acostarse a
dormir.
-Será
que le pasamos muy poquitas cobijas a ese muchacho, de pronto le da frío.
-No
creo, Simón le preguntó que si necesitaba más y él dijo que no.
-Yo
creo que lo van seguir visitando, si ya vino este seguro vendrán más.
-Pues
sí sigue ahí seguro sí, hay que armarle otra cama allá.
-Que
pesar cuando diga que se va a ir, dijo Carmen acomodando la cabeza en la
almohada y cerrando los ojos.
-Sí,
da pesar, pero bueno, así es. dijo Alcides, en tono muy bajito.
Carmen
no respondió, se quedó si saber sin lo había escuchado.
