lunes, 16 de octubre de 2017

Ají

Hay peleas tan fáciles de evitar que permitirlas no deja de ser una muestra exacta de lo que es la maldad pura y dura volando invisible alrededor de los implicados. Pura mierda, dizque maldad, uno si queda con unos vicios muy bobos. Maldad, ese era el calificativo que usaba mi abuelita para cualquier otra cosa que no fuera rezar el rosario y eso que si uno se dormía rezando era porque tenía al diablo sobándole los cachetes con la cola. Pero más que un vicio es como una obsesión porque voy a contar algo concreto y termino es hablando de mi abuelita y de la costumbre camandulera de la familia.

El cuento con la pelea es que esta semana casi a las cinco de la tarde venia caminando por la calle 22 con la mano izquierda en el bolsillo del pantalón rascándome disimuladamente una gueva porque todavía me da pena rascármelas así sin importar que me estén viendo o no. Venia del trabajo un poquito más temprano de lo normal porque la ruta nos rindió y bueno ahí en la fritanga de la esquina de la quinta un tipo en pantaloneta ancha y sin camiseta y una muchacha en short y un tatuaje de un demonio de Tasmania mal hecho en una teta, se comían una empanada; la estaban compartiendo, ella la mordió primero y dijo que estaba caliente, pudo haber dicho que estaba maluca pero no, dijo que estaba caliente y se la entregó a él y él antes de morderla buscó uno de los pocillos con ají y antes de llenar la empanada de ají ella le dijo que no le echará ají que la dejará así que a ella el ají no le gustaba y él la dejó terminar de hablar y después le echo el ají a la empanada que estaban compartiendo como si no la hubiera escuchado y le dio un mordisco y le ofreció el resto de la empanada que quedaba y ella no la quiso recibir, se cruzó de brazos y volvió la cara y estuvo así por un momento mientras de reojo vio como él ser terminó la empanada y ahí volteó y le dijo algo que no alcance a oír porque la señora de la fritanga me preguntó que cuantas empanadas quería.

Me hice el que le echaba ají a una empanada para estar más cerca de la pareja. Ella le dijo que siempre era lo mismo con él que hacía lo que se le daba la gana que por qué le tenía que echar ají a una empanada que se estaban comiendo los dos si sabía que a ella no le gustaba el ají y el tipo parecía divertirse, como si ella estuviera hablando en broma y esa actitud del tipo parecía molestarla más. El tipo le dijo que no había problema que compraba otra empanada y listo se la comía ella sola sin ají. Que no que ella no quería una empanada que ella lo que quería era que él la escuchará que claramente le había dicho que no le echara ají y él le había echado, que siempre era lo mismo con él, que lo que ella decía valía un culo, lo miró fijo y le temblaban las manos. Parecía que no iba a decir más pero luego le dijo que la empanada la había comprado ella, lo dijo en un tono más bajo, como con pena.

Cuando le di el primer mordisco a la empanda con ají entendí al tipo. Como no le iba a echar ají si es que estaba buenísimo, esas empanadas sin ají eran un bagazo, es que si se tratara de calidad en esa fritanga lo que cobraban era el ají, fácilmente podía uno llegar allá cargado de cartón y comérselo con ese ají, es que tampoco es que haya mucha diferencia entre una empanada de esas y un pedazo de cartón. Que cosa tan dura tener que ver como una empanada maluca genera una pelea de pareja en la que lo menos importante es el sabor de la empanada. Si alguno de los dos hubiera dicho que la empanada estaba muy maluca yo le hubiera dicho a la señora de la fritanga que la culpable de la pelea era ella y que una mala sazón también podía acabar con el mundo, pero no, no dijeron nada.

Lo que sí dijo el tipo o mejor gritó el tipo era que si le iba a echar la plata en la cara que se comiera una mierda que ella no lo iba a venir a humillar por putos 500 pesos que la que había dicho que se comieran una empanada a ver si estaba buena había sido ella y que acaso qué creía pues que él se iba a quedar toda la vida sin trabajo que no que él no se iba a quedar andando pelado toda la vida. Ella miraba al tipo manotear, yo miraba la camiseta que el tipo había tenido sobre el hombro tirada en el piso. Si yo hubiera sido esa muchacha le hubiera dicho al tipo que si seguía andado por ahí con el pecho al aire con esa camiseta en el hombro no iba a conseguir ningún trabajo, o bueno sí, un trabajo en la playa siendo salva vida pero como estábamos en Tuluá y el mar quedaba lejos lo que quedaba más cerca era la galería para que bulteara todo el día así sin camiseta, pero la muchacha no le dijo nada de eso porque seguro la muchacha no tuvo una abuelita como la que tuve yo que no nos dejaba andar por ahí sin camiseta porque era muy malo.

Por ahí por la fritanga pasaba gente pero el único interesado en la pareja era yo o eso parecía porque el único que estaba ahí comiendo empanadas y parando oreja era yo, a bueno y la señora de la fritanga también.

La muchacha le dijo que no se hiciera la víctima y se agachó y recogió la camiseta y se la entregó, ella no lo estaba humillando ni le estaba echando nada en cara, le estaba diciendo que le había pedido que no le echara ají a la empanada y que él se había hecho el güevón  y que si quería conseguir trabajo entonces que comenzara por ponerse la camiseta y ahí me brillaron a mí lo ojos de la emoción porque la muchacha le dijo lo que le hubiera dicho yo y entonces ahí me cambié de bando y empecé a apoyar a la mucha sin importar que fuera una berrinchuda que armaba un problema de la nada solo porque le habían querido mejorar la empanada y sin importar que dijera que no le gustaba el ají sin siquiera haber probado el que preparaba esa señora en esa fritanga que estaba tan rico; es que uno no podía ir por ahí diciendo que no le gustaba el ají pensando que en cualquier parte picaba del mismo modo o peor creyendo que solo picaba, aunque también es verdad que si es ají pues tiene que picar.

El tipo le dijo que puede que a veces él no escuche lo que ella dice pero que también es que ella era muy alharacosa y que le gustaba joder, es que como va a decir que no le gusta el ají si no lo ha probado, le dijo el tipo. Y yo ya no supe que hacer, ya no sabía de qué lado estar porque de pronto uno decía una cosa que me gustaba y luego otro decía otra cosa que también me gustaba y era como ver una pelea mía conmigo pero ahí entre esa pareja y yo le pague las empanadas a la señora y me fui porque ya para qué me iba a quedar ahí si no iba a ser capaz de ser hincha de ninguno.

Ella era pura alharaca y bulla y él un descamisado sin atractivo que lucir andando sin un peso y él no la escuchaba y ella no probaba el ají a ver si estaba rico y los dos peleaban ahí y luego qué, luego arreglaban como arreglan siempre las parejas, que terminan culiando para reconciliarse, ojalá esa pareja haya terminado en esas y no agarrando cada uno por su lado.

Si no hubiera sentido que esa pareja peleaba al gusto mío me hubiera quedado a ver como terminaba. Mi abuelita tanto que hablaba del mal y de ser buena persona y para el chisme no había quien le ganara y había que verla enojada cuando uno se averiguaba los chismes primero que ella. Pero con lo de la pareja no fue chisme fue más un ejercicio de observación, aunque tampoco me gusta comer solo.


Yo de haber sido el tipo también le hubiera dicho que menos mal no le gustaba el ají porque de pronto el picante la enojaba, aunque no, mejor no porque ese es un comentario muy bobo, mejor que el tipo no le dijo eso. No le hubiera echado ají a la empanada y no hubieran peleado, por lo menos no ahí y no por eso y me hubiera tocado comer solo. Abuelita el ají es pura maldad, que ganas de decirle eso a mi abuelita.

martes, 3 de octubre de 2017

Otra vez David Senna

David Senna el cuentista mayor de Tuluá ampliamente reconocido en la universidad de Tuluá lleva meses sin escribir un solo cuento. No se repone del susto que se pegó después de oír en una entrevista a un escritor que tiene cara de gamín y voz de hijo de presidente con sotana y cama en un monasterio jesuita de la ilustración, el escritor dijo que la ficción no debía ser instrumentalizada, que la ficción era la ficción y que él sabía mucho de critica porque leía a críticos literarios y además leía a Lacan y a Heidegger y que los entendía y todo y que en el país apenas estaban empezando a escribir cosas decentes y que él sospechaba que tenía que ver con su deseo de que así fuera porque él era un intelectual.

David Senna se sintió como un culo porque él era un cuentista que no leía así como los otros escritores a esos señores filósofos porque le deba mucha pereza y se quedaba dormido y se cansaba de no entender y además porque David Senna creía que él era como un juglar vallenato y que lo que importaba era contar las historias que uno iba conociendo por ahí en el camino en medio de las fiestas y los rones y patiadas por carretera destapada cuando uno se gastaba hasta lo del pasaje y que lo que importaba eran los cafetales y las riñas de gallos y los atracos en los buses y burlarse de los que leen a Harry Potter y mirar feo a los que lo llamaban costumbrista.

David Senna ya no sabía que escribir porque lo inmovilizaba imaginar que el escritor ese de la entrevista de pronto lo leyera y escribiera de él en una columna de opinión y que dijera que él era uno más de esos cuentista infumables que escriben sin nunca haber leído nada y que no reflexionan la literatura y que no piensan en la forma y que lo que importa es la forma. 

David Senna quería escribir pero no podía y entonces pensó que se iba a sentar a escribir un cuento super original en el que un escritor dice que no le importa lo que piensen y digan de él entonces monta una banda de punk y escribe novelas muy punk y les manda fotos de él en bola a sus seguidoras por redes sociales virtuales y les dice que rico que todo muy sabroso y que le manden fotos en bola también que sí que así es y que nada importa porque todos son muy punk.


Pero no, David Senna sabe que no puede escribir eso porque sería un cuento muy chimbo y que entonces mejor no va a escribir nada hasta que se le ocurra algo bueno que escribir y que mientras tanto va a leer teoría a ver si aprende tanto como esos escritores que leen y saben de crítica y se las dan de beligerantes y piensan y salvan al mundo, literario. 

Fragmentos 2

La futilidad de las risas en ciertos espacios particulares, tan difíciles de clasificar y casi siempre imposibles de aprehender. ¿Quién pod...