Luis
salió del trabajo a las seis de la tarde. La tela de su uniforme ya no absorbía
una gota más de sudor y el peso de la prenda, mayor al de la mañana, castigaba
los músculos del cuerpo cansado. Sus hijas lo esperaban y, por eso antes de
darse el baño que anhelaba y tanto le urgía, corrió a la casa de ellas.
Llevaban
menos de un año separados y Luis parecía mucho más afectado que sus hijas por
la ruptura. Tocó la puerta y no obtuvo respuesta. Al interior de la casa se
veían luces encendidas y se escuchaba el televisor. Volvió a tocar un poco más
fuerte, repitiendo una y otra vez el contacto entre sus nudillos maltratados y
rasguñados por el trabajo y el hierro frío de la puerta.
Pasados
unos segundos, varios, apareció la mamá de sus hijas. Abrió con algo de
dificultad y apoyada en la puerta se acomodó un tacón del pie izquierdo que
tenía a medio poner.
-Yo
creí que nadie iba a abrir, ya me iba era a ir, reprochó Luis.
-Hum
mijo, pero mire a ver si primero saluda, le respondió la mamá de sus hijas, sin
darle mucha importancia al hombre.
Le dio
la espalda sin invitarlo a entrar y mientras regresaba a su cuarto les gritó a
las niñas, que le bajaran el volumen a ese televisor y que el papá había
venido. Luis permaneció en la entrada esperando a sus hijas. Las niñas
sonrientes lo quisieron abrazar y Luis se los impidió. Estaba muy mugroso y
sudado, acaba de salir del trabajo, les explicó. Había estado fumigando toda la
tarde y nos las quería dejar oliendo a veneno.
Las
niñas entendieron lo dicho por su papá sin darle muchas vueltas y se dejaron
venir cual avalancha con sus historias. Hablaban al tiempo buscando cada una capturar
toda la atención de Luis. Se atropellaban las voces de las niñas mientras él
miraba el pasillo esperando ver de nuevo a la mamá. En tacones y con el cabello
planchado un martes a las siete de la noche, ¿qué pasaba ahí? se preguntaba
Luis, ¿para dónde iba a ella?
Una de
las niñas queriendo estar segura de que su papá las estaba escuchando le puso
las manos en las mejillas a Luis y le giró la cabeza buscando que la mirara a
ella y a su hermana que estaba al lado. El movimiento no fue brusco, pero sí
fue suficiente para que Luis entendiera que lo dicho por sus hijas reclamaba su
completa atención.
Hablaban
de la escuela y de la fiesta de disfraces que iban hacer a final de mes. Una de
las niñas quería ir disfrazada de Mujer maravilla y la otra quería disfrazarse
de enfermera. Una de las niñas dijo que su mamá les había dicho que le dijeran
al papá que les pagará él el alquiler de los disfraces.
Algo
de lo que las niñas habían dicho se le escapó, pero había escuchado lo más
importante, la mamá de las niñas le había dejado a él el alquiler de los
disfraces, con eso le quedaba claro el porqué de la llamada de sus hijas. Luis
les pidió a las niñas que esperaran hasta el fin se semana que le pagaran la
quincena, él venía y las recogía para ir por los disfraces. La respuesta
tranquilizó a las niñas que ya teniendo su urgencia solucionada quisieron
volver a la sala. Antes de irse Luis esperó a que la mamá de las niñas saliera,
pero no lo hizo. Cerró la puerta y se fue para su casa, la elegancia de la mamá
de sus hijas lo intrigaba, estaría esperando al novio seguramente. Iba a tener
que preguntarles a las niñas si quería salir de dudas.
Encontrar
los disfraces tomó tiempo. Al ver la variedad de opciones en el almacén las
niñas decidieron ampliar sus posibilidades y los disfraces que tenían en mente
cuando salieron de la casa ya no parecían ser los más apropiados. Las manos
iban veloces deslizando ganchos por los percheros de barra, las voces infantiles
resoban por el local preguntando por tallas y los ojos parecían abandonar sus
nosotros observando los maniquís
Luis
esperó con paciencia. Se sentó y repitió a cada pregunta de las niñas una única
respuesta, que eran ellas las que se iban a disfrazar y que con cualquier
disfraz estaban lindas. La pasividad de Luis no ayudaba. Por fortuna para las
niñas las empleadas del lugar fueron de más ayuda que su papá y les recomendaron
los disfraces más apropiados según su edades y estaturas, color de ojos y cabello.
Luis asentía con una pequeña sonrisa,
como aprobando los disfraces que más le gustaban, pero sin participar del todo.
Al
final la hija mayor se llevó el disfraz de Mujer maravilla como lo había dicho
desde el principio. La menor se decidió por un overol de piloto de la formula
uno. Luis estaba seguro de que la niña había escogido ese disfraz porque era
imposible dejar de mirar el casco que lo acompañaba, las calcomanías y el color
lo hacían muy llamativo. Lo cierto era que estar todo el tiempo con el casco
puesto no iba a resultar muy cómodo, o por lo menos eso creía Luis y su hija
mayor estaba de acuerdo, cosa que no le importó a la menor que estaba dichosa
con su elección.
Cuando
Luis recogió a las niñas esperó ver a la mamá, pero ella no salió, las niñas
estaban listas y apenas lo sintieron llegar se arrojaron al andén. Cuando iba a
salir con sus hijas uno de sus hermanos le prestaba el carro para que no las
moneara a las dos en esa moto, le decía.
Antes
de volver a la casa comieron helado y estuvieron en el parque. Luis había
pensando en preguntarle a las niñas por su mamá a ver qué le decían, pero se
aguantó y solo cuando regresaron y ella les abrió la puerta y Luis la vio
peinada y maquillada, supo que necesitaba saber desde cuando tenía novio su
exmujer.
La
mamá de las niñas le dijo a Luis con cierto enfado en la voz que su demora le
había hecho coger la tarde, que la estaban esperando desde la cinco y vea la
hora qué era y ella sin poder salir por estar esperando a las niñas. Luis, sin
despegar los ojos de las piernas que dejaba a la vista la falda que ella no
paraba de jalar hacía abajo con sus dedos largos, quería saber para dónde iba a
la mamá de sus hijas. Pero en lugar de preguntarlo le dijo que si estaba tarde
era culpa de ella por no haber avisado que no se podían demorar. Luis se había
expresado con calma, no con desinterés. Ella se notaba incomoda, era
inocultable que ver a Luis la irritaba.
Las
niñas en medio de los dos sacaron emocionadas los disfraces de sus bolsas para
enseñárselos a su mamá que se olvidó de el afán que tenía cuando vio el overol
de su hija menor.
-Pero
Luis, usted si es que, mejor dicho. Es que no lo puede dejar uno que se
encargue de nada, ni de alquilar un disfraz es capaz. Cómo fue escoger esto
para la niña. Esto es un disfraz de niño. La mujer hablaba estrujando con sus
manos el overol. Había dejado de jalarse la falda y el ceño fruncido le iba a
bajar a los labios.
La
niña interrumpió a su mamá arrebatándole el overol. Lo guardó en la bolsa junto
al casco que no quiso sacar y se fue corriendo al cuarto. La otra niña fue tras
ella sonriente, parecía divertirse con la situación y con la seguridad que le
daba saber que su disfraz no era el causante de ningún problema.
-En
serio Luis, por qué le alquiló eso a la niña si ella había dicho que quería
disfrazarse de enfermera. Bueno y si no iba a ser el de enfermera pues le
hubiera conseguido por lo menos uno de niña.
-Yo no
fui el que lo escogió, ni le dije tampoco que tenía que traerlo, ese fue el que
ella quiso, el que le gustó. A mí también me gustó, está lindo y se le ve
bonito. Y allá dijeron que es unisex. Yo no entiendo porque una niña no se
puede disfrazar de piloto. Si quiere ese día la maquilla para que sea una
piloto maquillada.
La
mamá de las niñas sabía cómo era Luis, por eso entendió perfectamente que esa
ultima frase tenía que ver más con ella que con su hija. Su ceño seguía
fruncido, y se había vuelto a jalar la falda con impaciencia.
Luis
estaba esperando que ella le respondiera, que dijera algo que le diera pie para
preguntar por qué se estaba arreglando tanto. Con quién estaba saliendo. O algo
por el estilo. Quería saber, pero no era capaz de preguntarle de frente. Esa
tarde o más bien noche tampoco hicieron falta las palabras porque mientras Luis
esperaba que ella hablara llegó la camioneta blanca en la que ella se fue.
-
¿Cómo así que se va, y entonces las niñas? Preguntó Luis, de pie en el anden al
lado de la puerta.
- Pues
las niñas no van. No demora en llegar mi hermana, usted váyase tranquilo. Bueno
o si quiere quédese un rato, usted verá. Oiga y sepa que si me queda tiempo
esta semana voy y cambió ese disfraz por uno de niña.
La
mamá de sus hijas cerró la puerta de la camioneta y Luis no alcanzó ni a ver al
tipo que manejaba. Se quedó en la sala con las niñas y vio la televisión con
ellas. Hubiera preferido no entrar, pero como seguía sin saber bien qué pasaba
quiso aprovechar para preguntarle a las niñas. Le dio vueltas en su cabeza a la
pregunta mientras veía Las chicas super poderosas en la pantalla. Al final único
que hizo fue comentar que el novio de la mamá tenía una camioneta muy bonita.
Las niñas se apresuraron a aclarar que la mamá no tenía novio. Luis quiso saber
si la mamá estaba saliendo mucho y las niñas lo confirmaron.
La tía
de las niñas no demoró en llegar y Luis no quiso estar más ahí. Manejó hasta la
casa de su hermano para devolverle el carro. Le ardían los ojos y tenía hambre.
Su ex mujer estaba pasándola bien en ese momento quién sabe con quién y en
dónde. Y él, aunque en ese instante lo que quería era estar en un bar tomándose
una cerveza iba a tener que irse para su casa porque tenía las monedas contadas
para aguantar hasta la próxima quincena y además tenía que madrugar a trabajar.
Durante
las semanas que siguieron Luis no esperó a que llegara el fin de semana ni a
que sus hijas lo llamaran para ir a visitarlas. No esperó tener un motivo que
explicará o justificará su visita. Empezó a presentarse después del trabajo, se
sentaba en la acera a hablar con las niñas esperando saber algo de su mamá,
esperando encontrarla con alguien, pero la mayoría de las veces no la encontró
ni a ella. Se dio cuenta de que sus hijas se la pasaban o solas o con la tía.
Luis
tenía una buena relación con su cuñada que no tenía ningún inconveniente en que
él estuviera metido en esa casa todas las noches. A veces Luis llegaba con
empanadas o con pan caliente, con buñuelos o pandebonos. Se sentaba al comedor
y comían los cuatro. La tía de las niñas hacía un chocolate espumoso igual al
de su hermana y Luis lo saboreaba como si estuviera viviendo en el pasado, como
si estuviera todavía casado con una mujer enamorada.
Que la
mamá de las niñas estuviera saliendo tanto no parecía afectar en nada la
normalidad en la casa, todo parecía funcionar bien para sus hijas y para la tía
que las cuidada. Por uno días las visitas de Luis cesaron pero su curiosidad no
se extinguió. Quería saber quién era el novio de la mamá de sus hijas, quería
encontrárselo de frente para verlo bien, quería que fuera ella quién le dijera
que estaba saliendo con alguien. Pero primero se le alargó la jornada laboral
antes de poder confirmar sus sospechas.
Por
dos semanas el nuevo horario lo tuvo ocupado hasta las diez de la noche. El
compromiso de su jefe había sido terminar el embellecimiento de dos parques
públicos de la ciudad y los turnos se habían alargado para poder cumplir a
tiempo con la entrega. Luis sembraba carboneros, cedros, fresnos, yarumos. Sus
compañeros sembraban césped, maní forrajero y hasta veraneras. Sembraban lo que
el cliente había pedido intentando armonizar el espacio y conseguir el efecto
de jardín privado que el cliente buscaba.
Durante
esos días solo habló con sus hijas por teléfono, siempre les preguntaba por la
mamá sin conseguir mayores detalles. Un compañero de trabajo le dijo que él era
un marica a toda carrera, que no tenía sentido seguir esperando a que esa vieja
le parará bolas otra vez. Que esa relación ya se había acabado y él tenía que
empezar a verse con otras mujeres.
-Si
ella ya está buscando marido otra vez usted tiene que hacer lo mismo y
conseguirse una esposa. Eso de quedarse solterón no es pa usted, además uno
viejo y sacudido, sin un malparido peso, qué gusto le va a sacar a la soltería.
Nosotros no estamos sino para tener por lo menos la seguridad de que en la casa
nos espera alguien.
Luis prestó
atención sin opinar ni contradecir a su compañero. No le parecía que estuviera
equivocado, aunque tampoco creía que él estuviera tan viejo y menos tan
aburrido. No creía que su prioridad en ese momento residiera en la necesidad de
conseguir una esposa. Lo que le interesaba era saber que estaba pasando con la
mamá de sus hijas. Por qué las estaba dejando solas. Lo que deseaba era que se
mantuviera abierta esa puerta al pasado. Una posibilidad factible de volver con
ella.
Luis
dejaba que su compañero hablara, le tenía confianza y le servía tener con quién
hablar, aunque lo que le dijeran no lo convenciera. El compañero siguiendo con
sus consejos estaba seguro de que un par de amigas que tenía para presentarle
le iban a gustar.
-No es
si no que me diga que sí y yo se las llamó. Vea con una vez que usted salga con
cualquiera de las dos, la que más le guste, se a va dar cuenta que yo tengo
razón. Dígame pues.
Luis
no sabía que responder. O no se decidía a hacerlo, sabía que, aun respondiendo
que no, su compañero igual le iba a cuadrar esas salidas. En ese momento y
mientras el compañero exigía una respuesta con el celular en el mano listo para
marcar, sonó el celular de Luis.
Le
tomó un tiempo saber con quién hablaba y de qué le estaba hablando. No entendía
nada de lo que le decía la mujer al otro lado del celular. Le explicaba que se
había pasado una semana de la fecha de entrega de los disfraces y estaban
necesitando que los devolviera a más tardar el viernes si no quería perder el depósito.
Sin poder ocultar lo confundido que estaba Luis le respondió a la empleada del
lugar que no había ningún problema y le dio las gracias por llamar.
La
mamá de las niñas no había devuelto los disfraces, ni le había dicho que los
devolviera. Era posible que lo hubiera olvidado por estar ocupada con sus
salidas. Tampoco se lo habían dicho sus hijas, no se lo había recordado ni a
ellas. Tal vez sí, tal vez era cierto lo que decía su compañero, él ya no tenía
oportunidades, nada iba a volver a ser lo que había sido.
-Dígame pues, le cuadro una salida con una de
las amigas mías o qué, no le eche mucha mente a eso, que tampoco es nada raro,
usted sale con ella y si no se siente cómodo pues no la vuelve a invitar a nada
y listo.
Luis
estuvo de acuerdo con su compañero y aceptó el ofrecimiento, más por quitárselo
de encima que por un interés real en conocer a alguien.
Al
caer la noche le pidió permiso a su jefe para salir más temprano y solucionar
el tema de los disfraces. En la casa de sus hijas esperaba que fuera su cuñada
la que le abriera la puerta, pero no.
-Qué
milagro usted por aquí, -dijo Luis.
-Ni
tanto, -respondió la mamá de las niñas.
Luis
le dijo que venía por los disfraces para devolverlo. Lo habían llamado del
almacén para reclamárselos. Ella le dijo que estaba convencida de que ya los
había devuelto. Luis le respondió que él estaba por las mismas, convencido de
que ella ya los había entregado.
-Bueno,
aunque qué los iba a devolver si el novio no le está dejando tiempo de nada,
expresó Luis.
-Ya va
a empezar con sus cuentos. ¿Cuál novio? Es que usted no se ha podido dar cuenta
de lo que pasa, no ha visto que me está tocando salir a trabajar de noche. Ojalá
fuera un novio… Ella, pálida y ojerosa, hablaba con desgano.
-
¿Cómo así que salir a trabajar? ¿por las noches? ¿Trabajar en qué? Preguntó
Luis.
-Pues
no será de mensajera, en tacones y sin moto. Sacúdase Luis, usted ha sido un
montón de cosas en está vida, pero lento no.
Luis
seguía ahí en la acera mirándola afectado, sin saber que decir. Las niñas por
las que Luis no había preguntado se acercaron corriendo, venían de la tienda
con la tía. Comían bombón y le preguntaban al tiempo que si se iba a quedar
tomar chocolate.