lunes, 27 de febrero de 2017

El día que a mi tío le cayó la sal por limpiarse mal el culo


Cuando mi tío empezó a decir que por haberse limpiado el culo con el papel que no era le había caído la sal, yo empezaba a trabajar en radio. No tenía idea de locución pero necesitaba el trabajo y en la emisora del pueblo necesitaban a un tipo como yo que trabajara por poco y pudiera hacer turnos dobles, me hicieron un contrato por un mes, ese era el tiempo que los dueños de las voces de planta de la emisora estarían en Bogotá haciendo un diplomado en radio digital. Llegué al pueblo esperando que mi tío me diera trabajo en uno de sus negocios, llevaba un año sin verlo y no tenía ni idea de que estaba quebrado o como decía él, más salado que un hijueputa. Viendo la situación en la que estaba, no quise molestarlo y maleta al hombro le dije que me volvía para la casa, pero me dijo que ya estando ahí qué me iba a volver y me consiguió el dichoso trabajo, eso cualquiera pone música, me dijo y mejor acá que allá en la casa vagando.

Estaba en sexto semestre de administración de empresas y desde el inicio de la carrera pasaba las vacaciones de mitad de año en el pueblo, trabajando en los negocios de mí tío, tenía una compra de café en la calle principal, dos cafeterías, una al frente de la iglesia y otra en la plaza, una discoteca también en la plaza, un granero y algunas casas arrendadas. Ese año mi ilusión era que me dejara trabajar en la discoteca, pero mi tío me dijo que eso era lo primero que había vendido.

En la emisora el primer día fue de inducción y el segundo me dejaron sólo para que me defendiera como pudiera. Cómo había dicho el tío, tampoco era tan complicado. Llegaba a las cinco de la mañana y ponía a sonar dos programas relacionados con la medicina alternativa y el esoterismo cada uno de media hora. A las seis de la mañana empezaba a poner música popular y cada dos canciones yo entraba al aire para dar la hora. A las seis y media leía los resultados de la lotería y los repetía cada media hora hasta las ocho junto a la pauta publicitaría. Además de eso cada quince minutos leía un titular de prensa o alguna información de interés para la comunidad, eso o anuncios cortos que pagaban los oyentes. De ocho a ocho y medía el sacerdote y una monja tenían un programa que hacían en directo y que se encargaba de controlar el dueño de la emisora. Aprovechaba ese espacio para sentarme a desayunar en la cafetería que estaba al frente de la plaza, la que antes había sido de mi tío. Se puede decir de ese era el momento más complicado del trabajo, el resto del día la música variaba de género y sólo había que hablar para dar la hora y leer una que otra publicad o servicio social.  De ocho treinta a doce del día se programaban música de plancha y pop. A las doce me iba almorzar a la casa del tío y volvía a la una de la tarde. En ese tiempo en el que yo estaba por fuera el dueño de la emisora hacía un especie de noticieros o eso decía él yo lo veía más como la oportunidad que tenía para hablar bien de sus amigos políticos que pagaban según me di cuenta más de la mitad de las cuñas. En la tarde programaba salsas y vallenatos y a la cinco de la tarde me iba para la casa y otro muchacho hacía un turno hasta las diez de la noche. A parte de hablar y manejar el computador, donde estaba toda la música, debía estar atento a una consola pequeña con muchas palanquitas de colores que no sé para qué servían. El dueño me dijo que no las fuera a mover, que no hacía falta y me señaló una que era la que yo debía usar, era una palanquita roja ubicada en la parte inferior izquierda, cuando iba hablar debía subirla de resto debía mantener abajo. Esa fue toda la explicación técnica que me dio el dueño, además de eso él se pasaba a cada rato para ver que yo no hubiera movido ninguna otra cosa en consola.

Antes de irme a dormir me quedaba hablando con mi tío, a veces en el jardín y otras veces mientras caminábamos por las calles del pueblo, a veces tomábamos tinto en una cafetería, bueno mi tío tomaba tinto porque yo tomaba kumis en unos bazos largos que llegaban a la mesa derramándose, el señor de la cafetería que estaba en la vía al cementerio batía el kumis con cuchara de palo y según él por eso se ponía así de espumoso y subía hasta el techo, bueno eso y que él era un experto de los kumis. Mi tío me decía que no le parara bolas que él era un habla mierda.

En esas noches en la cafetería mientras yo me atiborraba de buñuelos y de cucas mi tío empezó a hablar de lo que por esos días lo tenía paranoico, el cuento ese de estar salado por haberse limpiado el culo con el papel equivocado. Yo no entendía lo que me quería decir con eso, cuando lo oí por primera vez, creí que era una exageración de su situación, que era así como decir que estaba tan cagado que no era capaz de limpiarse por completo o algo así, o que era tanto que ni el mejor papel alcanzaba. No me imaginé que tras el cuento del papel había una historia.

En meses pasados en La Dorada se había popularizado un brujo que se denominaba doctor en las artes ocultas de la escuela nacional parasicológica de España con especialización en control mental del instituto suramericano de Brasilia. Según los comentarios que eran muchos, Marcos el sabio les brindaba asesoría más allá de los límites de la razón a todas aquellas personas que quisieran tener buena suerte, mejorar sus negocios, ampliar sus ganancias económicas; en ultimas el eslogan de Marcos era: “el éxito está dentro de nosotros, sólo debemos dejarlo salir”. Amigos y conocidos de mi tío que había ido hasta La Dorada a ver a Marcos aseguraban que sus vidas habían cambiado, que los negocios habían mejorado y que la plata se estaba viendo. Mi tío que siempre ha estado movido por la envidia aunque en dosis pequeñas, me dijo que al ver él que todos estaban contentos hablando maravillas del tal Marcos ese, pues también se fue a que lo asesorará.

Marcos el sabio atendía en una casa grande a las orillas del Magdalena, cuando mi tío llegó a las diez de la mañana ocho señores estaban sentados en una sala de espera similar a la de un hospital. le pago a una especie de secretaría los cincuenta mil pesos de la consulta y lleno un formulario donde ponía los datos personales y respondía unas preguntas ligeras.  Mi tío creyó que las mujeres no le prestaban atención a esas cosas porque no vio a ninguna pero charlando con algunos de los que esperaban se enteró de que atendía a hombres y mujeres por separado y que a ellas les daba cita después de las tres de la tarde, en esa misma conversación le explicaron que después de entrar en el consultorio del sabio se podía tardar cinco minutos o dos horas, que no tenía consistencia y que el sabio Marcos daba a cada caso un poco más del tiempo que considerara necesario. Hijueputa y uno acá con el mero desayuno, le dije yo a los tipos que estaban ahí, uno de ellos sonrió y me dijo que no me preocupara que una señora que vendía tinto y fritanga pasaba a cada ratico.

Me vino a tocar el turno a la una de la tarde, yo estaba ansioso por ver que era lo que me iban a decir, la gente salía del consultorio sonriente, se despedía amablemente casi con afecto como si el hecho de que estuviéramos dentro de esa casa nos convirtiera en una familia. No sabía qué me iba a encontrar al entrar porque nadie me había descrito ni al tal Marcos ni su consultorio ni nada, todos los que me hablaban de él me contaban lo bien que les estaba yendo, y lo bueno que había sido visitarlo, pero ninguno me había dicho si el tipo era gordo o flaco u alto o sí tenía plumas en la cabeza como un chamán o culebrero. Yo ahí sentado estaba que me metía allá, la curiosidad me impedía esperar cómodamente en la silla como lo hacían los demás.

Estando adentro me lleve una decepción la verraca, ahí no había nada que diferenciará ese consultorio del de un medico particular. Tenía un afiche de cuerpo humano, y otro como del cerebro, había un escritorio pequeño con libros y periódicos sobre él. Delante del escritorio había una silla para el cliente y detrás otra para él, las dos iguales. Yo me había imaginado otra cosa, algo más como santos y velas y olor a incienso, pero no, no nada de eso estaba. Y el tipo, el sabio Marcos era como cualquiera de nosotros, lo más normal del mundo. Un tipo flaco y alto llevaba puesta una camisa blanca y jean azul, zapatos negros y el cabello corto peinado hacía atrás. Se levantó de la silla cuando me vio entrar, me dio la mano, y me invitó a sentarme, con un tono de voz frágil despojado de acento.

Me miró por un momento sin decir nada y yo jugaba con mis manos que él no veía porque las tapaba el escritorio. Me dijo que no estuviera nervioso, que no tenía por qué estarlo, según él era evidente que yo no estaba ahí porque creyera en sus conocimientos, que lo mío era pura curiosidad. Yo no le dije nada, pues qué le iba a decir, sí era verdad. El tipo hablaba pausado como si las palabras que pensaba decir estuvieran anudadas y el tuviera que soltarlas para poderlas usar. Me dijo que lo que pasaba dentro del consultorio sólo me interesaba a mí y que por eso mi compromiso como el de todos los que entraban era mantener en secreto de lo que pasaba ahí, yo empezaba a desconfiar pero asentí. Me mostró una puerta y me dijo que ahí estaba el baño que lo único que tenía que hacer era entrar y dar del cuerpo con toda naturalidad, como si estuviera en mi casa, me dijo que el papel lo tirará también al inodoro y que no fuera vaciar el baño y que cuando terminara saliera para seguir con la consulta.

Me metí a ese baño sin saber que pensar, era la primera vez que en la vida alguien me manda a cagar y también la primera vez que yo hacía caso así tan dócil, era un baño como cualquiera con azulejos blancos, sin espejo, con toallas blancas al lado del lavamanos. Me bajé los pantalones y me senté ahí, no podía dejar de preguntarme si todos los que entraban hacían lo mismo o sí solo me lo estaba pidiendo a mí. Pensaba en las mujeres que venían y las caras que ponían cuando las mandaban a cagar.  Ahí cagando y la verdad es que no tuve problema con eso, supongo que si no me hubiera mandado al baño yo seguro lo hubiera pedido prestado antes de irme, pensé en los cuerpos de los tipos esos que habían encontrado en los cafetales de Gaviotas ahí más abajo del pueblo, las autoridades dijeron que había sido torturados y dos de ellos se había cagado encima, no sé porque creí que tal vez ese tipo afuera del baño fuera un paraco, nada de raro tenía, los maparidos estaba en todas partes. Cuando terminé me fui a limpiar y el papel que había era rosado, de ese puto papel barato que siempre he odiado y no lo quise tocar, busque en el bolsillo un paquete de pañuelos desechables me limpié y tiré los pañuelos en el inodoro como el sabio Marcos había dicho, luego salí.

El sabio Marcos estaba sentado frente al escritorio hojeando un libro, se levantó cuando me vio salir y fue directo al baño, se quedó mirando al inodoro y me preguntó qué había hecho. No le entendí, el tipo seguía mirando, luego salió y me pidió que fuera vaciar el inodoro. El tipo me dice que no hay que hacer, que perdimos la consulta y que si solo fuera eso pues no había problema, pero según el tipo yo lo arruine todo. Y yo estoy ahí viéndolo sin saber de qué va todo y le pido que me explique. El sabio Marcos me dijo que lo que él hacía era interpretar la forma de los bollos en el inodoro. Yo me reí, pero el tipo seguía serio entonces vi que no era chiste. Leían la mano, el tabaco, el cuncho de la tasa de chocolate, y él leía las formas de los bollos y podía ver el futuro, saber que vueltas podía dar la vida y aconsejar si era conveniente o no realizar inversiones o cerrar negocios. Cuando me explicó eso no me reí. Según el tipo yo debía limpiarme con el papel que estaba en el baño con el rosado. Le pregunté por qué y me dijo que no me podía decir. Valiente sabio entonces, le dije. Me dijo que justo por eso había cosas que podía saber y entender él, no yo. Me fastidio que me dijera eso, y entonces qué, ahora qué hacemos. Me dijo que nada, que ya me podía ir, que ya lo había arruinado todo, que seguro había cambiado mi futuro y que no se me hiciera raro que las cosas me empezarán a ir mal. Eso fue lo último que me dijo el hijueputa ese y yo me vine en el carro contándoles a todos los pasajeros que venían ahí que el sabio Marcos era una farsa. Y desde ahí todo va mal, pero fue inmediato, lo primero que me dijo Alva cuando llegué a la casa fue que se habían metido a la finca y se habían llevado cien reses. Después de hacerle el feo al papel rosado solo pierdo plata.

Al terminar el mes de trabajo en la emisora yo estaba pensando cuatro kilos más culpa de las noches de Kumis en la cafetería del amigo de mi tío y mi tío al terminar ese mes me había hecho un recuento de todos los negocios fallidos y la plata perdida pero envueltas en paranoicas historias de suerte maldecida por el tal Marcos. Además de eso se había convertido en un creyente del esoterismo y demás cuestiones parecidas, se bañaba con ramas, prendía velas de colores, compraba amuletos y me decía que estar salado era una cosa muy malpardida de dura. Pero sabe que papito salado o no si yo me llegó a quedar sin un peso mato a ese hijuputa del Marcos, en algo se tiene que entretener uno si vuelve a ser pobre.

Con el dueño de la emisora todo terminó bien, me dijo que si quería trabajar en las próximas vacaciones tenía que pulir detalles de la dicción, a eso se había dedicado él al tercer día de oírme leer los resultados de la lotería y a cada tanto entraba al estudio y mientras la música sonaba el me daba consejos para mejorar, en ultimas no que no entendí porque me tuvo trabajando un mes completo cuando era obvio que tenía el tiempo y la disposición suficiente para  cubrir a sus empleados mientras ellos estudiaban.


El último día de trabajo estuve como lector de noticias del medio día en ese espacio que el dueño de la emisora llamaba noticiero, esa era como la prueba final, quería saber si había aprendido algo de todo lo que me había dicho. Tome el periódico y leí un par de noticias políticas y cuando pasé a la página de judiciales leí una noticia titulada “detenido falso vidente en La Dorada” el vidente del que hablaba la nota era el sabio Marcos acusado de extorsión, falsedad en documento público y estafa. Leí la nota y me sonreí imaginado a mi tío en la casa oyéndome en el radio mientras Alva le azotaba la espalda con ruda. 

martes, 7 de febrero de 2017

Bolita de mocos

Es que no me gusta que su mamá le diga así al niño, no veo por qué. Luego se queda diciéndole a sí el resto de la vida. Así fue en la casa de una tía mía, ella a toda hora le decía a uno de mis primos “negro” y así se quedó, toda la familia lo siguió llamando “el negro” debe haber gente que no sabe ni como se llama él. Yo había visto un par de veces al famoso “negro” que ni siquiera era negro, un tipo amable y muy conversador, de un humor un tanto soez que mezclado con su imprudencia podía poner a la gente a su alrededor en situaciones bastante incomodas; en especial cuando empezaba hablar de la carestía de la comida y de la gasolina entre otras cosas de primera necesidad como la mamada, es que subió la mamada decía muy serio.

Le dije a Sofía que dejara de ser tan exagerada que mi mamá no le iba a decir al niño “bolita de moco” toda la vida, que era un chiste no más, que de todos modos era verdad que cada que uno miraba a Carlitos él estaba con los dedos metidos en la nariz. Sofía no me miró pero yo entendí que estaba furiosa. Tomó el control del televisor y cambió de canal, me dejó sin saber si el participante que ya se había ganado 20 millones de pesos se arriesgaba a responder la pregunta de los 50 millones. Me gustaba ver “¿Quién quiere ser millonario?” para saber cuántas preguntas era capaz de responder, pero no me iba bien. No le dije nada a Sofía para no iniciar una discusión, me levante del sofá y me fui a buscar a Carlos que estaba en su cuarto coloreando los dibujos de una cartilla de Toy Story.

Le dije un par de cosas sobre las escenas que aparecían en la cartilla, habíamos visto juntos las películas y a él le gustaba hablar de ellas, en especial del señor cara de papa que le parecía un personaje muy llamativo porque se podía quedar sin cara, quiero un señor cara de papa, me decía. Yo esperaba con ansias que tuviera un par de años más para sentarnos a ver Volver al futuro. Me hacía ilusión que me dijera que quería un DeLorean. El niño estaba concentrado en su actividad y rápidamente dejo de prestarme atención.

Volví a la sala con un vaso de agua en la mano y Sofía estaba viendo un canal de noticias, me senté y no le dije nada, seguía enojada y se le notaba. Mire por un momento el noticiero luego me acerqué a la ventana y vi que en la casa del frente las vecinas iban de un lado para otro como desesperadas, una de las vecinas le dijo a la otra que ya habían llamado a la ambulancia y que nada que llegaba. Estaban desesperadas y gritaban, tanto que yo las oí y las oyó también Sofía que de inmediato me preguntó que qué pasaba y le dije que no sabía pero que era en la casa del frente. Una de las vecinas bajó corriendo las escaleras y salió a la calle estaba esperando la ambulancia que no aparecía, una vecina de al lado le preguntó qué pasaba y la señora le dijo que la nuera iba a tener el bebé ahí en la casa. Llamaron a Sofía a gritos desde la calle y desde el mirador de la casa del frente. Sofía bajó corriendo las escaleras sin saber muy bien de que se trataba el revuelvo, el bullicio sacó de su cuarto a Carlitos que quería saber que pasaba, le dije que en la casa del frente había una señora enferma y que la mamá había ido para ayudarlas.

El niño y yo nos quedamos en la sala, tomé el control y cambié de canal, puse sábados felices, Carlos se sentó a mi lado y vimos a los cuenta chistes, esperábamos a que volviera Sofía para que nos contara lo que pasaba. Al frente habían cesado el revoloteo de las vecinas que yo veía desde la sala por la puerta del mirador que tenían abierta.

Carlos me dijo que pusiera muñequitos que ese programa estaba muy maluco, buscamos el canal que le gustaba y me preparé para aburrirme mucho, él empezó a preguntarme los nombres de los personajes a ver si los recordaba y se reía cada que acertaba la respuesta, siempre le decía mal el nombre de uno de los animalitos de la pantalla para darle la oportunidad de corregirme y burlarse de mi ignorancia.

Cuando llegó la ambulancia teníamos todos los peluches del programa que estábamos viendo regados por la sala, el niño quería que recreáramos en la sala lo que estaba pasando en el capítulo que estaban dando pero el sonido de la sirena le importó más que el juego, nos asomamos a la ventana y vimos cómo los enfermeros subían en una camilla a la mamá y al bebé, Sofía les ayudaba. Carlitos me preguntó por qué no había venido un helicóptero a recoger al bebé y yo le dije que porque no había pilotos cerca y me dijo que él ya sabía manejar que era piloto de avión, nave espacial, y helicóptero desde hacía tiempo. Me reí y le dije que los hospitales no tenían con que pagarle a un niño piloto.

La ambulancia se marchó y Sofía se quedó en la calle hablando con las vecinas que se notaban más tranquilas aunque incomodas y descontentas con lo que había pasado. Ellas subieron primero y luego subió Sofía, Carlitos y yo permanecimos asomados por la ventana y vimos como unas de las vecinas, la tía del recién nacido, cerraban la amplia puerta del mirador y apagaba la luz. Sofía se notaba inquieta cuando entró y se le frunció el ceño apenas vio los peluches regados por toda la sala. Le pidió a Carlitos que recogiera los juguetes, él me miró como esperando a que dijera que íbamos a seguir jugando pero yo le dije lo mismo que la mamá, él empezó a recogerlos mientras preguntaba qué había pasado con el bebé. Al igual que el niño yo esperaba que Sofía dijera algo pero ella parca le dijo a Carlos que el bebé estaba bien y que lo habían llevado al hospital para que estuviera mejor y los médicos lo cuidaran a él y a la mamá. No le dijo nada más. Yo me quedé ahí pidiéndole detalles con la mirada pero sabía que no iba a hablar mientras Carlitos siguiera ahí.

El niño llevó los juguetes a su cuarto y se sentó de nuevo a colorear las cartillas, Sofía se sentó a mi lado en el sofá y miramos la televisión, de nuevo sábados felices, ella estaba distraída y yo suponía que pensaba en el bebé así que no le dije nada incluso me aguanté la risa que me sacó uno de los cuenta chistes.

Cuando por fin habló me dijo que cuando ella llegó el niño ya había nacido y que una de la señoras lo sostenía en sus brazos asustada sin saber qué hacer, la mamá lloraba acostada en un mueble de la sala porque no les había dado tiempo ni de llegar a la cama. Ella recibió el bebé y vio que tenía el cordón enredado en el cuello, no había llorado y lo hizo cuando le retiro el cordón. ¿Se estaba asfixiando? la interrumpí yo. Si se hubieran tardado un poco más con el bebé así seguro sí, dijo Sofía que siguió hablando. Las señoras estaban muy enojadas, que en el hospital eran unos hijueputas, que la muchacha había ido esa tarde porque tenía dolores y que de allá la habían devuelto que porque aún le faltaba tiempo y vea el tiempo que le faltaba, le faltaba tanto que se les había nacido ahí, eso decían las señoras y que Sofía las oía pero no les decía nada.

Sofía llevaba varios años sin ejercer la enfermería, desde que nació Carlitos ella se había dedicado por completo a él en sus dos primeros años y después empezó a estudiar de nuevo. Le pregunté cómo habían sabido las vecinas que ella era enfermera y me dijo que doña Teresa otra vecina al oír los quejidos de la mamá y al verlas tan desesperadas subiendo y bajando las escaleras esperando la ambulancia las había mandado a buscarla.

Deje de hacerle preguntas, de interrumpirla, se le notaba en el rostro que no le gustaba que yo quisiera aclarar mis dudas buscando profundizar en ciertos detalles. Al parecer debía conformarme con lo que ella quisiera contarme y lo cierto es que así era, ella era la enfermera, la que había visto el bebé, yo no tenía derecho sino a seguir viendo sábados felices.

Sofía dijo que era muy gordo, la oí pero no la interrumpí y me di cuenta que seguro ella si quería contar con más detalles lo que había pasado pero yo en mi torpeza no sabía hacer las preguntas, supuse que hubiera sido más importante para ella que le preguntará si el bebé era grande o pequeño antes que interesarme por saber cómo se habían dado cuenta las vecinas de que ella era enfermera. Yo llevaba más de dos años tomando fotos en cumpleaños, matrimonios y bautizos y cuando algún posible cliente le preguntaba a uno de mis vecinos por un fotógrafo ninguno era capaz de dar razón. Ni siquiera cuando era un cliente y me describía diciendo que sí sabían dónde vivía David Gonzales un tipo gordo que era fotógrafo mis vecinos sabía dar razón, pero si sabían que Sofía era enfermera aunque ni ejerciera.

Sofía me notó distraído y habló más fuerte, me volvió a decir que era un niño gordo, que la muchacha no era de Tuluá, que era de Bogotá pero vivía en Cali y que como no tenía familia cerca se había venido a tener el bebé acá para que la suegra le cuidara la dieta. Que el marido de ella el hijo de la vecina venia en camino pero aún no le habían avisado nada de lo que había pasado.

La dejé por un momento mientras iba ver qué hacía Carlos que seguía coloreando. Sofía no me contó mucho más, aunque tampoco era que hubiera mucho más, una mujer había tenido un bebé en su casa sin la ayuda de un médico, además de eso estaba la ineptitud y la negligencia de la gente del hospital que era la responsable de todo según las vecinas, a mí me daban ganas de saber si la mamá del bebé también puteaba a los médicos en medio de dolor y la sorpresiva situación o si por el contrario había quedado tan asustada que ni hablaba. No pregunté nada porque Sofía parecía desganada y como ensimismada. Cambié de canal, de pronto sábados felices tenía algo que ver con su congoja.


Pasado un rato sin que Sofía hablara me dio por preguntarle por el nombre del bebé. Me miró pero no me respondió inmediatamente. Yo seguí pasando los canales. Dijo que no sabía cómo lo iban a llamar, que no se le había ocurrido preguntar. Le dije que la abuelita seguro lo llamaría inesperado, impaciente, o milagro, o sorpresivo, o una cosa de esas. A Sofía no le gustó nada mi comentario, se levantó del sofá y me dijo que no la jodiera, que cogiera oficio, que estaba preguntando y mostrando interés sólo para llegar al tema del nombre. Estaba agitada y levantaba la voz. Le quise explicar que era un chiste no más y que no lo había planeado pero ella no me dejo hablar. Si su mamá no deja de decirle bolita de mocos al niño se puede ir olvidando de que tiene nieto porque no se lo vuelvo a dejar ver, mire a ver cómo le hace entender que el niño se llama Carlos, como mi abuelo. Sofía terminó de decir eso y se fue de la sala, la oí tirar la puerta del cuarto, me había dejado por fuera. Me puse a pensar en mi mamá regañándome, diciéndome que solo a mí se me ocurría meterme con esa médica frustrada, que si era que yo no tenía pelotas , que yo me dejaba mandar, que si ella le decía al niño así era de cariño. Pensé en eso y se me quitaron las ganas de ver televisión, apagué el aparato y me fui a acostar a Carlitos. 

Fragmentos 2

La futilidad de las risas en ciertos espacios particulares, tan difíciles de clasificar y casi siempre imposibles de aprehender. ¿Quién pod...