La futilidad de las risas en ciertos espacios particulares, tan difíciles de clasificar y casi siempre imposibles de aprehender.
¿Quién podría tasar la risa de un niño en medio de un partido de fútbol?
¿Cuánto vale?
La distancia es corta entre ese dibujo en el rostro —esa
emoción repentina— y el horror de la angustia, la desconfianza en el futuro
apenas unos minutos después.
Hablemos de un contador.
Uno que se dedica a calcular las risas perdidas en un día cualquiera.
¿Cuántas llegan y se deslizan en silencio?
¿Cuántas se ahogan sin dejar rastro?
Sería un trabajo como tantos otros.
Uno más en la larga lista de oficios estériles.
La burocracia de la risa.