lunes, 6 de noviembre de 2017

Préstamo

Carlos se mira el antebrazo y ve un puntico rojo pequeñito que siente caliente. Se pregunta que lo habrá picado mientras se rasca sin dejar de caminar. Carlos está en el parque de las banderas y su papá lo está esperando en el centro, tiene menos de cuarenta minutos para llegar y camina apresurado. Si no llega a la hora acordada su papá se va, su papá no espera a nadie. Carlos lleva dos meses sin verse con su él y hoy necesita verlo porque le va a prestar una plata que necesita para surtir un negocio de comida para mascotas que le compró barato a un conocido que se va a vivir en otra parte.
Del tiempo que lleva en los rines ya perdió la cuenta, no tiene ni con que pagar el bus y caminar no le molestaría tanto si no fuera porque el calor parece irritarle más la picadura que tiene en el antebrazo. No deja de caminar y cada cierto tiempo mira el punto rojo que siente como si palpitara. Para comprar el negocio tuvo que vender la moto y la bicicleta, el televisor y un reproductor de DVD, una cadena de plata y un reloj. Vendió lo poco que podía vender.  Lleva una semana trabajando en el negocio, haciendo milagros con la plata del realizo diario. Compra lo que va vendiendo para no dejar acabar el surtido pero el surtido es poco y tiene que dejar ir a los clientes porque le faltan más de la mitad de las marcas de comida por las que le preguntan. 
Llamó a su papá y le contó que tenía un negocio y le dijo también que andaba sin un peso y que no tenía como surtir y que para trabajar bien en un negocio de esos hacía falta plata porque todo tocaba comprarlo por bultos. El papá de Carlos le dijo que si sabía que para tener un negocio de esos hacía falta plata entonces para qué lo había comprado. Carlos le dijo que el negocio tenía buena clientela que estaba bien ubicado y que se lo habían dejado muy barato y que él necesitaba ponerse hacer algo.
El papá de Carlos le dijo que él le prestaba la plata para que surtiera el negocio, que le diera unos días hasta que él fuera al pueblo. Carlos abrió el negocio al otro día con una sonrisa de oreja a oreja, iba a tener que seguir remendando el surtido pero por lo menos ya sabía que iba a ser por poco tiempo.
El papá de Carlos vive en una finca cafetera alejada del pueblo. Él siempre dice el pueblo aunque hace rato que los otros hablan de una ciudad pero el papá de Carlos no ve ciudad por ningún lado y dice pueblo como si le hiciera un favor a esas cuatro casas, como si quisiera evitarles la vergüenza de ser lo que no son. La finca la compró después de que murió la mamá de Carlos, al principio iba una vez al mes y con el paso de los meses fue viajando más seguido hasta que se terminó quedando allá.
Carlos va de vez en cuando a la finca pero no se amaña, no le gusta ver que su papá es más fuerte y más verraco que él aunque este más viejo y más cansado. Le incomoda ver como en la finca unos tipos rudos y ásperos cargan bultos y suben y bajan lomas y arrean mulas y caballos ariscos con la facilidad con la que él oprime los botones del control del televisor. A Carlos no le gusta sentirse inútil aunque sabe que lo es y en la finca de su papá y en la de cualquiera lo primero que siente no es el aire limpio sino la impotencia.
La frente de Carlos se cubre de sudor, el calor de la mañana calienta como si fuera el medio día, se limpia con el antebrazo que no le pica y mira el reloj, va bien de tiempo y lo único que le molesta es la picadura que parece estar creciendo y tiene un huequito diminuto en el centro como una boca.
El papá de Carlos trajo de la finca una camioneta llena de café, veinte cargas en total. Cuando llegó a la cafetería del centro su papá aún no había llegado. Se sentó tranquilo y pidió un tinto que se alcanzó a enfriar sin que él le diera el primer sorbo por que no dejaba de mirarse y apretarse la picadura deseando que algo saliera de la boquita como cuando aprietan un barro; una de las meseras lo vio y le dijo que no se apretara eso que se le iba a enconar. El papá de Carlos llegó sudoroso también y enojado porque le había tocado ayudar a descargar la camioneta porque si no esos hijueputas se iban a echar todo el día bregando a cómprarme esas pepas, luego se tocó el bolsillo y miró a Carlos con complicidad y le dijo que fresco que ahí tenía la plata.
Después de las preguntas habituales entre la gente que se encuentra después de un tiempo si verse Carlos le dijo a su papá que si quería ir a conocer el negocio. El papá le dijo que si él estaba ahí a quién había dejado en el negocio, ahora no me vaya a decir que se consiguió otra vieja para que lo vuelvan a dejar en la inmunda. Carlos sonrió pero como sin querer y le dijo a su papá que no, que el negocio estaba cerrado. Pues menos mal porque ya le iba a decir que se consiguiera la plata por otro lado pensando que otra vez estaba por ahí mal enredado. Carlos negaba con la cabeza sin decir nada. Bueno y de esa otra que volvió a saber, se desapareció con la plata y ya ni más. Carlos le dijo que no había vuelto a saber nada y que así estaba mejor, en el tono de su voz se notaba que no quería hablar del tema.
El papá de Carlos sacó la plata del bolsillo, Carlos miró todo esos billetes y no se pudo quedar callado, oiga pa pero a usted le está yendo es muy bien, le dijo. El papá dejó de contar los billetes y le dijo que no creyera que eso no era tanta la cosa que ahí se conseguía uno lo justo que esa plata era del café que acababa de vender y que de ahí tenía que irse a pagar trabajadores, a pagarle al mayordomo de la finca y comprar un abono y va tocar llevar la camioneta al taller porque está como jodiendo, eso a la hora de la verdad no queda un peso. El papá volvió a los billetes y los siguió contando, luego le pasó a Carlos unos cuantos y le dijo que ahí le daba tres millones que más no podía prestarle que se defendiera con eso y Carlos sonriente le dijo que tranquilo que con eso estaba bien que muchas gracias.
Carlos le volvió a decir a su papá que si quería ir al negocio pero el papá le dijo que no, que tenía muchas vueltas que hacer y usted sabe que a mí no me gusta que me agarre la noche por acá en el pueblo. Carlos le fue a dar  un abrazo a su papá y la picadura quedó a la vista del papá que la miró con susto. ¿Qué le pasó en ese brazo? le dijo el papá. Yo no sé, como que me pico un bicho ahora que venía para acá, le dijo Carlos. El papá lo agarró del brazo y detalló la picadura, frunció el ceño como si esa expresión le permitiera ver mejor, oiga eso no es cualquier maricadita le va tocar pegarse una fumigada con de ese veneno que le echamos a la broca, le dijo el papá. ¿Veneno para la broca? Preguntó Carlos extrañado. Si señor veneno pa´ la broca, de eso es esa cosa, ahí le debe tener ese brazo lleno de huevos. No pues no me faltaba sino eso le dijo Carlos mientras salían juntos de la cafetería. 

Fragmentos 2

La futilidad de las risas en ciertos espacios particulares, tan difíciles de clasificar y casi siempre imposibles de aprehender. ¿Quién pod...